La noche mil y una

Este artículo está pensado para La Voz de Almería, es la segunda reencarnación y le ha faltado la conclusión. Por si alguien no lo tiene claro, es algo así como ni calvo ni con siete pelucas. Vamos, que posiblemente será beneficioso para nuestra economía la presencia de campos de golf, pero que sería un disparate ponerlos en cualquier parte y, sobre todo, construir todos los que hay previstos. Aunque, tal vez, el problema más brutal no sea tanto el del campo de golf como el de los miles de viviendas que se quieren construir en el litoral, ¿acaso les vamos a dar de beber sólo cerveza?


Aquella noche Sherezade esperaba más nerviosa que de costumbre la llamada del califa. No sabía el porqué, pero los nubarrones con los que amaneció el día, el cuervo en la ventana durante el tercer canto del almuédano y las aguas del río bajando rojizas eran para ella malos augurios. Sin embargo, como cada noche desde hacía mil inició su relato:
“Érase una vez, en un lugar del planeta muy lejano, hace muchos, muchos años, una región cuyos habitantes se empeñaron en una auténtica guerra civil en la que los dos bandos existentes demonizaban al contrario y defendían que no había más verdad que la suya.
“Sorprendentemente, la guerra no tenía la excusa de la santidad, puesto que todos eran fervorosos seguidores del Profeta, sino que se debía, en cierta forma, a los efectos de la bonanza que trajeron los días de paz. Unos defendían, para mayor gloria del Todopoderoso, transformar amplias zonas del desierto en áreas de verde pasto con el fin de que los viajeros y los autóctonos pudieran disfrutar de un pasatiempo importado de las tierras frías del norte, llamado Alaj Gujero. Los bárbaros del norte, ricos en oro, estaban dispuestos a desplazarse hasta el lejano reino con tal de practicar tan maravilloso juego e, incluso, llegarían a pagar por las jaimas cercanas al campo cuantiosas riquezas.
“El bando contrario sostenía que no era lógico transformar el desierto para el solaz de unos cuántos bárbaros y que el verdadero motivo de los primeros era obtener ganancias ilícitas y desorbitadas con la venta de las jaimas.
“Unos y otros se enfrentaban cada vez más abiertamente, y tras cada enfrentamiento los discursos se radicalizaban y se comenzaban a decir cosas absurdas. Cosas que, a base de repetirse, se convertían en verdades absolutas para los seguidores de cada bando. El problema era cada vez mayor y el Visir no era capaz de conciliar los intereses de ambos grupos.
“La bandera del progreso se alzó por el bando de los defensores del juego y poco a poco su mensaje fue siendo admitido por cada vez más gente. Sin embargo, muchos de sus argumentos eran falaces. Así, se defendía la mayor cantidad de vida motivada por el nuevo pasto, dando por inexistente la exuberante aunque diminuta vida del desierto. Se dijo que se luchaba contra la desertificación, cuando eso sólo hubiera sido posible luchando contra la voluntad del Más Grande y repoblando de bosques las laderas peladas. Desde el bando contrario también se mandaron mensajes falsos, menospreciando el efecto beneficioso sobre los bolsillos de los ciudadanos del reino o aduciendo la inviolabilidad de cualquier pedazo de suelo.
“Unos y otros sólo coincidían en una cosa, en la necesidad de que el Gran Visir decidiera dónde y qué se podía hacer con el suelo del reino. Pero la tardanza en la decisión provocaba el enconamiento de las posturas y un acrecentamiento del odio entre las dos mitades de la población.”
– Más, ¿qué pasó bella mía? –interrumpió el califa–. Esta historia no está a la altura de las mil anteriores y deseo verla acabada cuanto antes.
“El visir dividió el reino en dos mitades exactas, una para cada facción. En la primera, los hacedores de agujeros convirtieron el desierto en un vergel y vinieron los bárbaros del norte. Al principio todo fue bien pues gran parte del pueblo encontró trabajo en la construcción de los campos y las jaimas pero, poco a poco, comenzaron a surgir los problemas. Los caminos no estaban preparados para un tránsito de camellos tan numeroso, los médicos del reino no eran suficientes para tanto enfermo y los guardianes de la seguridad no daban abasto. Para colmo, los pozos se secaron ya que las previsiones de consumo de aguas eran todas muy optimistas. Finalmente llegó el colapso y huyeron de esa mitad los habitantes, comenzando por los bárbaros del norte que encontraron lugares más propicios y exóticos para la práctica de su deporte.
“En la otra mitad del reino no se permitió hacer nada nuevo, tan sólo continuar con las explotaciones tradicionales. Allí no se vivió la bonanza inicial de los vecinos, por lo que se produjo una fuerte migración por parte de los habitantes más necesitados hacia la mitad con agujeros. Cuando la otra mitad se colapsó pensaron que habían vencido pero su mitad era igual de pobre, puesto que los precios de sus productos básicos cada vez eran menores en sus principales mercados.”
– Eso fue lo que sucedió, mi señor.
El califa abandonó precipitadamente el lecho y mirando a la desdichada muchacha desde el umbral de la puerta llamó al verdugo. Ella murió pensando que el cuento no había sido del agrado del caprichoso monarca. Sin embargo, la realidad era bien distinta, aquel mismo día había tenido una provechosa conversación con el embajador de las gentes del norte y éste le había hablado de un curioso juego de su tierra, golf le llamó.

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