Enzo Ricordi (I)

¿Somos nosotros y nuestras circunstancias? Puede, pero, ¿qué pasaría si nuestras circunstancias dependieran de otros más que de nuestros actos? ¿Qué pasaría si de pronto, todos nuestro logros, todos nuestros triunfos (secretos o públicos) se debieran a una persona desconocida? Esa fue la pregunta que me llevó a escribir este cuento, allá por 2000. Lo dejaré en varias entregas, a fin de no cansar al personal:

Enzo Ricordi siempre se definía como un hombre hecho a si mismo. Alardeaba de su posición lograda con mucho esfuerzo y solamente gracias a sus méritos, y no merced a alguna recomendación, tan usual en aquellos días. No negaba, no podía hacerlo, que en determinadas circunstancias cruciales de su vida la buena suerte se había hecho su aliada. Así, nunca podría olvidar la enorme fortuna que fue el sorteo de Selectividad. No había estudiado química y la primera bola que sacaron fue precisamente esa. Sin embargo, alguien se quejó de algo relacionado con el procedimiento y en la siguiente ocasión salió física.
Otro golpe afortunado lo vivió en el último año de carrera. Ese curso estudió duro, pero la econometría de cuarto seguía resistiéndose. El examen extraordinario de febrero no le salió demasiado bien y pensaba que nuevamente había sido incapaz de superarlo. Habló con el profesor y éste no le dio demasiadas esperanzas, así que lo que luego sucedió no pudo más que sorprenderle. Fue a ver el acta sin convencimiento, más por costumbre que por curiosidad, y se encontró aquel aprobado soñado. Tuvo que mirar aquel papel un par de veces más para confirmar que no estaba engañándole la vista: era su nombre y efectivamente estaba aprobado.
En lo personal las cosas tampoco le habían ido mal. La chica de los ojos almendrados de la tercera fila, la que consideraba inalcanzable, finalmente cayó rendida a sus encantos. Claro que previamente su anterior novio logró una beca en Londres, gracias a la cual apenas tenía contacto con Rosa. Ella, sintiéndose cada día más abandonada, acabó aceptando su perenne invitación al cine y poco a poco fueron haciéndose amigos y, más tarde novios, y aún más tarde marido y mujer.
Lo cierto es que se sentía orgulloso de lo conseguido y de cómo había logrado con apenas 35 años el éxito profesional y el reconocimiento social. No había acto en la ciudad que pudiera permitirse el lujo de prescindir de Enzo. Consejero de un banco, asesor de corporaciones extranjeras, invitado a las reuniones del Fondo Monetario Internacional y catedrático de universidad. Cuando miraba atrás sólo veía una férrea voluntad, un enorme esfuerzo y algunos golpes de fortuna.

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