¿Es Google un nuevo Gran Hermano?

Hasta hace muy poco tiempo, cuatro días como quién dice, yo pensaba que el malo malísimo de la película llamada Internet era Microsoft y su afán megalómano por controlarlo y comprarlo todo. Había indicios más que claros de la pretensión de la empresa de Redmon por controlar no sólo el software de todos los ordenadores, sino también sus contenidos y, por ellos, a los propios usuarios.
En realidad no he dejado de creer en ello, lo que sucede es que en este vertiginoso mundo que es Internet, en el que pasado, presente y futuro se confunden continuamente, de pronto el que parecía malo parece tonto y el que parecía bueno comienza a dejarse ver como un villano simpático, y listo, muy listo. Eso es lo que me ha pasado con Google.
Al principio Google era un buscador más de Internet, un buscador sencillo, potente y rápido, muy rápido. Y era gratis. Y solía introducir detalles simpáticos en su web. Era una herramienta estupenda, pero un mal negocio, no tenía ingresos. Luego introdujo la publicidad, incorporando anuncios relacionados con las búsquedas. Y poco a poco fue siendo más y más cosas, hasta convertirse en el principal enemigo de Microsoft en el dominio de la Red. Eso sí, siempre fiel a su estilo: sencillez y potencia. Ahí están sus buscadores especializados, su herramienta de búsqueda de contenidos en el disco duro (hasta ese momento coto cerrado de Microsoft), el programa de mensajería GoogleTalk, el GoogleMail (con más memoria disponible que ninguno), el GoogleEarth (espectacular programa de imágenes por satélite). Y todo ello gratis, al menos en apariencia. El usuario no tiene constancia de que le cobren un precio pero, en el fondo, lo paga. Lo paga porque se convierte en un propagandista de las excelencias de la empresa, lo paga porque (y esta es la verdadera clave) le damos pistas de las redes sociales a las que pertenecemos.
Lo pista más evidente es la forma en la que se distribuyen las cuentas de correo Gmail. Sólo se accede por invitación. Inicialmente alguien te invita, y ellos te dan la posibilidad de distribuir 4 nuevas invitaciones, luego se convierten en 25 y, más tarde en 100. Y nunca se agotan. Resultado, las primeras se reparten en un círculo cercano de amistades (son bienes escasos), y las demás suelen ir a parar a amigos y, más tarde, conocidos. De esta forma la compañía se va haciendo una idea de la cantidad de redes a las que uno pertenece y de a cuántas. También así pueden identificar a las personas multinodo, aquellas que son puntos centrales de muchas redes, aquellos que tienen influencia sobre más gente.
Otra pista, el sistema adsense. Un sistema en el que cualquier propietario de una web puede contratar con ellos la gestión de la publicidad. Para multiplicar su efecto entre una de las comunidades más vivas de la red (los blogs o bitácoras) Google compró Blogger, una plataforma muy amplia que albergaba a gran cantidad de bitácoras e integró de manera sencilla y transparente en él su sistema de anuncios adsense. Así no sólo sabe en qué redes te mueves, sino cuáles son tus intereses y los de gente similar a ti.
El resultado es que terminan conociéndote más que tu madre. ¿Cuál es el objetivo? Ajustar al máximo el tipo de anuncios que puedan interesarte, multiplicar el impacto y el rendimiento de los anuncios. Pero, y e aquí la pregunta que me ronda la cabeza en los últimos tiempos, ¿hasta cuándo aguantará Google sin vender al mejor postor toda esa información que ha ido recopilando sobre nosotros? ¿No terminará siendo Google más opresiva en su presencia que la propia Microsoft? Y lo que es peor, ¿qué hago yo ahora con tantas invitaciones disponibles?

Comentarios

  1. Ha llovido mucho desde este artículo, pero está más vigente que nunca.

    No se si conoces Insights (http://www.google.com/insights/search/#).
    Teniendo en cuenta que lo que se ve es lo que muestran gratis, no me quiero ni imaginar la información que deben estar manejando estos señores.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

No son los cerdos, es la confianza

Trump: Bienvenidos a la era autista

Soltando amarras... de La Línea