El egómetro virtual

Este artículo es posiblemente el fruto de un golpe de calor (al menos 34 grados y ni una sombra) mientras regresba a casa del trabajo. Y como mi afán de protagonismo es irrefrenable, lo acabo de mandar para La Voz de Almería.

El egómetro virtual
Ya tengo las vacaciones a la vuelta de la esquina, período propicio para las estupideces y los pensamientos vacuos (qué lujo poder dedicarse a tener pensamientos intrascendentes). Y este medio día, mientras sudaba camino de mi casa, se cruzaron en mi mente varias imágenes aparentemente inconexas y maravillosamente estúpidas que paso a contarles con todo lujo de detalles (que no se diga que uno no sabe contar sandeces).
Una de ellas es un invento mío (pendiente aún de patente), denominado egómetro virtual. Básicamente, es la implementación práctica de dos principios universales, a saber: a) toda nuestra vida está en Internet, tal y como demuestran las tribulaciones por las que pasa Sandra Bullock en “La Red” y, b) toda Internet está en Google, esto último sacado de la publicidad del buscador. Así que la cosa consiste en introducir el nombre de uno (mejor el nombre y los apellidos, y mejor aún, entrecomillados) en la límpida ventanita del buscador y comprobar el número de veces que ha aparecido. Una vez hecho esto, es importante comprobar lo mismo para los compañeros de trabajo cargantes, los jefes, los familiares coñazo e, incluso, los amigos. En función del resultado, nuestro ego será más o menos grande en Internet.
Claro que si uno tiene un nombre demasiado común, a esta cifra hay que aplicarle un coeficiente corrector que se obtiene dividiendo el número de veces que en la primera hoja de resultados el nombre aparecido se refiere a nosotros entre en número total de registros encontrados en esa primera pantalla. Evidentemente, no es demasiado científico, pero, ¿qué sentido tiene aquí la ciencia?
La segunda imagen que me vino a la mente fueron unas pintadas en forma de firma que plagan las paredes de nuestra ciudad. Esta manifestación, ya de por sí bastante estúpida, es el fruto de una generación imbuida del poder de las marcas. Sus autores tienen clara su marca (firma) y la dejan por doquier para lograr un buen posicionamiento en la mente de los consumidores. Lamentablemente, lo que no tienen es un producto.
Y la tercera imagen fue la aseveración de un querido amigo sobre estos grafiteros de la mercadotecnia: “hay que ser cipote para dejar la firma de uno, así cuando les pillen se sabe perfectamente dónde han pintado”. Más razón que un santo tiene mi amigo.
Y ahora viene la estupidez suprema, que es cuando esas tres ideas se mezclan. ¿Por qué no convencemos a esos zánganos que devastan el patrimonio mural de la ciudad para que se dediquen a poner su firma en los nuevos muros que ha generado Internet? De esa forma su “público” sería potencialmente más amplio y a través del egómetro virtual podrían “medirse” los unos con los otros para comprobar quién la tiene más grande (la firma, se entiende).
¿Se imaginan el casco antiguo libre de Ecolos y demás atontados del spray? El ayuntamiento y las comunidades de vecinos se ahorrarían una pasta importante y los “artistas” aprenderían una profesión con futuro (hacker de páginas web) o acabarían siendo secuestrados por agentes de la CIA y transportados en vuelos clandestinos a alguna cárcel tercermundista con derecho a hostia acusados de ciberterrorismo.
Ahora ya sólo falta que alguien tenga otra idea igualmente brillante y estúpida que nos sirva para convencerlos de que las firmas en Internet tienen más mérito y más eco que las dejadas en las paredes de los edificios. ¿Quizá una campaña mediática en las paredes recién limpiadas, tipo www.dejatufirmaaqui.com?

Comentarios

  1. “hay que ser cipote para dejar la firma de uno, así cuando les pillen se sabe perfectamente dónde han pintado”. Más razón que un santo tiene mi amigo.


    ¡Qué grande! jajajaja esto me ha matao.

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