El peligroso olvido

Vuelve el suplemento Expectativas al diario IDEAL, y con él vuelve también la obligación de esta colaboración quincenal. No arranco el curso muy optimista que digamos, aunque espero que el tono ayude al lector a darse cuenta de que lo que nos jugamos es mucho más que un determinado porcentaje de PIB.

Cada día tengo más claro que el homo sapiens es la única especie, hasta dónde yo sé, que tiene consciencia plena de su vida y, por tanto, de su muerte. Pero esta capacidad es potencialmente inmovilizadota: ¿para qué moverme si voy a terminar muriendo? Sin embargo, en nuestro devenir diario interviene una capacidad también muy humana que nos permita seguir adelante. Es, como habrán adivinado, el olvido. Vivimos nuestras vidas sin ser conscientes a cada momento de la relativa futilidad de nuestros esfuerzos.
Olvidamos el detalle de nuestra fragilidad, que sólo volvemos a percibir cuándo alguna muerte juvenil sucede a nuestro alrededor, y nos centramos en el futuro cercano, en el que es probable que sigamos vivos. Incluso olvidamos que para la naturaleza tan sólo somos una especie más, que no somos el fin último de la evolución, sino un experimento más, el resultado de la combinación exitosa de material genético. Ni siquiera hemos sido la primera especie humana: ha habido otras. Nuestra capacidad de adaptación es asombrosa y es una de las claves de nuestro éxito, pero no por ello dejamos de tener unos límites para el desarrollo de nuestras actividades vitales.
Este comportamiento olvidadizo se traslada a todos los ámbitos de nuestra actividad, como no podía ser de otro modo. Así, el saber popular nos cuenta que más vale pájaro en mano que ciento volando (transliteración del principio económico de la preferencia por la liquidez). El olvido, por tanto, nos lleva a minimizar los riesgos de nuestras acciones, sobre todo cuando esos riesgos sólo serían visibles en el largo plazo, ese en el que ya no estaremos presentes. Así, por ejemplo, se nos olvida la relación que existe entre las masas forestales y la lluvia, o entre aquellas y el mantenimiento de los suelos. Olvidamos eso y cada año arden en la España húmeda más hectáreas que en la España seca. Olvidamos que la naturaleza ofrece multitud de interrelaciones, y así nuestros excesos pesqueros derivan en el aumento de las molestas medusas entre los turísticos bañistas.
Es, por tanto, el olvido, uno de los principales responsables de la insostenibilidad de nuestras sociedades, las cuales están irremisiblemente condenadas a su desaparición. Sólo hay un par de esperanzas. La primera, muy tenue, que implicaría, como pasa con los ancianos, que al vernos cerca del fin tomemos conciencia de nuestra debilidad y deje de actuar el olvido (aunque suele ser tarde). La segunda, a mi juicio la más exitosa, que pongamos en práctica otra de las capacidades humanas por excelencia: la solidaridad. Una solidaridad a través del tiempo que nos permita tender puentes con las generaciones venideras, con esos descendientes nuestros que no llegaremos a conocer, pero que tendrán que habitar el planeta Tierra que nosotros les leguemos.
Si esto no sucede, dentro de algunos millones de años, unos seres evolucionados desde los habitantes de las profundidades abisales actuales, se preguntarán qué pasó con aquella especie que, en función del registro fósil, fue capaz de extenderse a todos los puntos del planeta. O, a lo mejor, la naturaleza “aprende de sus errores” y da por cancelado el experimento de la inteligencia.

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