El juego de las cintas

Sólo me acuerdo de vez en cuando. Sólo alguna vez al año, normalmente en torno al 13 de septiembre, esa fecha que nunca podré olvidar porque fue cuando ella comenzó a olvidarme.

Me siento delante de la caja de cartón y comienzo a sacar una tras otras las cintas de cassette que alguna vez fueron mías. Ahora son de un joven que las coleccionó en los 80. Las voy mirando despacio y ocasionalmente meto alguna en el viejísimo walkman. Me gusta hacerlo de forma aleatoria. De esta forma no controlo qué recuerdos aflorarán a mi memoria: una canción del verano, un concierto, un beso, un desengaño, o un momento intrascendente.

Y, a veces, no demasiadas, suena esa canción de Danza Invisible que tanto bailamos juntos. Y ya no soy capaz de seguir con el juego de las cintas. Las vuelvo a meter en la caja apresuradamente, junto con el escozor del alma. Pero siempre se me queda algo fuera y entonces pasó un par de días tarareando Sabor de amor y echándola de menos.

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