Nodos y redes

En los últimos tiempos se ha puesto de moda la utilización de la teoría de redes para explicar muchos de los fenómenos socioeconómicos más relevantes. De hecho, se suele decir con gran atino que merced a la globalización el tejido de la red mundial se ha extendido y ha ganado en grosor de trama. A su vez, este engrosamiento de la malla favorece y permite profundizar en el fenómeno global.
La red, que actúa en los niveles energético, material y virtual permite la conexión de los mercados y de los territorios del mundo a un nivel que no tiene parangón en la historia. Este proceso, comandado por las grandes empresas multinacionales (que son las primeras beneficiarias del proceso), es el responsable de una reorganización productiva a nivel mundial, en el que las empresas asignan sus funciones a los distintos territorios en relación a su productividad diferencial y sus costes. Teóricamente, los países desarrollados son también principales ganadores, puesto que se deshacen de actividades intensivas en consumo de materiales (y/o de elevado impacto ecológico) y de mano de obra de baja calidad (o cualidad), que se relocalizan en los países pobres en los que la legislación es más laxa y los salarios más bajos. Asimismo, gran parte de la basura generada por los países desarrollados termina en sumideros del tercer mundo (paradigmático es el caso de China y la basura tecnológica).
Teóricamente, también, los nodos centrales de la red mejoran su calidad ambiental y se quedan con los empleos de mayor cualificación y salario, generándose de esta forma mejoras en ambos lados de la red. Los pobres logran nuevas actividades que (aunque dañan su entorno) inyectan renta a sus habitantes y los ricos mejoran la calidad de su entorno, logran productos de consumo más baratos y mantienen su estado de centralidad en la red, ejerciendo el poder merced a sus recursos humanos más capacitados y el control de los flujos de capitales.
Sin embargo, la extensión de la red ha traído en los últimos tiempos alguna consecuencia no esperada. Así, China e India han comenzado a fagocitar no sólo empleos de baja cualificación, sino también de elevado nivel. Al mismo tiempo, la puesta en funcionamiento de sus capacidades productivas y sus enormes mercados interiores han desatado una necesidad estratégica de garantizarse el acceso a las materias primas. Se han convertido por su dinamismo y peso poblacional en nuevos nodos (de momento secundarios) de la red. El aumento de peso de estos nuevos centros, evidentemente suponen una erosión cierta del poder de centralidad de los nodos más vetustos, que se ven obligados a intervenir para garantizarse el suministro de energía y materiales en los que seguir sustentando su nivel.
En la medida que los nuevos nodos crezcan y generen tensiones en los mercados de materias primas y de productos energéticos, los antiguos se sentirán amenazados pudiendo desencadenarse enfrentamientos entre ellos, enfrentamientos que en casos extremos podrían terminar generando regriegas militares.
Por suerte, o por desgracia, tanto los nuevos como los viejos nodos de la red tienen hoy un enemigo común, que curiosamente conforma una red paralela, esta vez de terrorismo, que intenta socavar el liderazgo de Occidente y que propugna la existencia de un Califato cuasi universal. Al Qaeda es, hoy por hoy, la mayor garantía de que las potencias emergentes y declinantes no se enfrentaran militarmente, al menos mientras exista el enemigo común. Un enemigo que es como una hidra, a la que le salen más y más cabezas cada vez que le arrancamos una, una hidra que una y otra vez teje la maraña de relaciones en la que se basa y que no conoce el desánimo pues su guerra no es de este mundo.
La historia de los próximos años vendrá marcada por la búsqueda de nuevos equilibrios de poder (económico y político), la lucha a nivel internacional contra la pesadilla del fundamentalismo religioso y la búsqueda del acoplamiento de nuestra gran red a su finita superficie de sustento: la biosfera.

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