Bodas, cambio climático y aguas polares

El viernes pasado estuve en la preciosa boda de un compañero del departamento de Economía Aplicada. El lugar, bellísimo, en pleno Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, invitaba a la contemplación del mar, y de los efectos pirotécnicos que provocaba el viento en la superficie.

En la cena posterior tuve la oportunidad de enfrascarme en una interesante discusión con una periodista norteamericana que me planteaba la falacia del cambio climático. Ella defendía la falta de relación entre cambio climático y emisiones de CO2. Y lo hacía con bastante sentido, haciendo referencia a algunos puntos que también me hacen dudar a mi. Ambos, cabezones y discutidores natos, terminamos aburriendo al resto de los comensales de la mesa y zanjamos la conversación sin habernos convencido mutuamente (las "verdades" se nos pegan de tal forma que somos a veces incapaces de cambiarlas por otras). No obstante, pude comentarle mi forma de entender el principio de prudencia, con el ejemplo de las setas venenosas (respondió que las tiraría a la basura, lo que me tranquilizó). Su argumento final era que si Bush estaba ahora hablando del tema, ya no quedaban resquicios de duda: el cambio climático es una farsa y las empresas amigas de Bush han visto que pueden sacar dinero del tema, por eso ahora cambia de opinión. Curioso planteamiento, ¿verdad?

La cosa es que esta mañana he leído a través de Ambientum una noticia del CSIC sobre una investigación llevada a cabo para entender la relación entre las frías aguas del Ártico y el Antártico y los cambios climáticos bruscos. Esta investigación podría arrojar luz sobre la paradoja de que las previsiones de aumento de temperatura por las emisiones de CO2 sean superiores a las temperaturas reales.

Un argumento más para la prudencia:
estamos metiendo mano en un mecanismo que no terminamos de conocer, y podríamos estar a punto de meternos en un fregado realmente costoso para el género humano.

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