Inmigrantes, activos y creativos

Este es el texto de una conferencia que he preparado para el presidente de la Cámara y que debe haber dictado esta mañana en un Congreso sobre inmigración. El plus que tenéis aquí es que vais a poder visualizar los gráficos. Los congresistas no han tenido esa suerte.


Hasta hace poco hablar de migraciones en España significaba hablar de los problemas de la emigración, o de sus ventajas. En cualquier caso, significaba hablar de flujos de salida de personas.
Sin embargo, en los últimos años esta realidad ha cambiado de forma significativa y veloz, sobre todo veloz, ya que en poco tiempo nos hemos aupado al primer puesto presencia relativa de extranjeros a nivel europeo y al segundo puesto a nivel mundial, sólo por debajo de los Estados Unidos. Por suerte o por desgracia, España ha sufrido entre la segunda mitad del siglo XX y la actualidad algunos cambios estructurales que muchos de nuestros vecinos hicieron en el espacio de un siglo: la desagrarización de la economía o la transición demográfica desde el régimen antiguo al moderno de bajas tasas de natalidad y mortalidad. Con las migraciones nos ha pasado igual y en apenas el tiempo de una generación hemos pasado de país de emigrantes a tierra de inmigrantes.
La velocidad de cambio queda reflejada en el crecimiento del número de extranjeros desde la elaboración del último censo de población, hace tan sólo 6 años, en 2001. Entonces había registrados en España 1.548.941 residentes extranjeros. Hoy son (según el último padrón) 4.482.568. Es decir, un 189,40% más, o lo que es lo mismo, una tasa de crecimiento acumulativa para cada uno de los años del período del 19,38%.
Este proceso de incorporación de extranjeros a nuestro país ha venido a coincidir en el tiempo con uno de los períodos de expansión de nuestra economía más largos y prósperos de nuestra historia. Un período en el que las tasas de crecimiento del PIB han estado por encima de la media europea, logrando un fuerte acercamiento a la media de la Unión Europea, y situándonos como octava economía mundial. Evidentemente, de no haber mediado esta situación, los problemas para integrar a estos extranjeros habrían sido mayores y, probablemente, España hubiera sido más una estación de paso que una estación términus.
En cualquier caso, los resultados de este doble proceso de crecimiento de la economía y de la población inmigrante nos dibujan un panorama inconcebible hace tan sólo diez años. Hoy, el 9,9% de nuestra población es extranjera. Además, dado que aunque el fenómeno migratorio se produce a escala internacional, los efectos concretos se manifiestan a escala territorial. Así. La distribución de esa población inmigrante no es uniforme en todo el territorio nacional, encontrándose casos muy por debajo de la media y otros muy por encima, como es el caso de Almería, en el que la población inmigrante es ya el 17,9% del total. Cifra que contrasta fuertemente con el 6,6% andaluz.
No hace falta que señale que, obviamente, los extranjeros se han concentrado en las zonas de mayor dinamismo económico y en el litoral, en el que el fenómeno residencial genera una población extranjera de alto nivel adquisitivo muy interesante, y que la mejor manera de medir el fenómeno es hacerlo a nivel local, en el que nos encontraremos sorpresas realmente inesperadas.
Pero, ¿qué características definen a nuestros inmigrantes y qué contribución cabe esperarse a nuestro capital humano?
La primera cuestión relevante es que la mayor parte de nuestra inmigración es de carácter económico, como se pone de manifiesto tanto en su distribución territorial como en su distribución por edades. Así, mientras el porcentaje de población total de la población total española que se encuentra entre los 15 y los 64 años es del 69,0% –una aproximación a la población potencialmente activa–; en el colectivo extranjero el porcentaje es del 81,1%, con apenas diferencias por sexos (81,6% para los hombres, 80,4% para las mujeres). Por tanto, aquí se define una de los primeros efectos sobre el sistema económico nacional, como es el engorde de la fracción de población en edad de trabajar. Dicho de otra forma, nuestra economía ha dispuesto de más trabajadores potenciales, de mayores posibilidades de elección. La traslación de esa realidad a la dinámica de nuestro mercado de trabajo se ha traducido en un crecimiento casi ininterrumpido de nuestra tasa de actividad desde el 52,6% que presentábamos en el primer trimestre de 2001 hasta el 59,1% del tercer cuarto de 2007. Nuevamente, esta incidencia ha sido mayor en los lugares en los que la inmigración se ha señoreado, como es el caso de Almería, en donde esa variación se produjo entre el 53,3% y el 62,9%.


Otro efecto positivo ha sido, que duda cabe, el alivio momentáneo de nuestro sistema de pensiones, que se ha visto agraciado con un superávit circunstancial y que nos está dando un margen temporal de maniobra que debiéramos estar usando en prevenir el futuro, en el que cada vez más jubilados van a depender por más tiempo de un menor número de trabajadores cada uno.
Por otro lado, la mayor disponibilidad de mano de obra ha servido para ralentizar el crecimiento de los costes salariales, que en los últimos tiempos de elevada inflación se han situado por debajo de la misma, cuando lo que hubiera cabido esperar era un repunte de estos costes.


Otra de las características básicas de la inmigración es su nivel de cualificación que, a tenor de los orígenes mayoritarios (Marruecos, Rumanía o Ecuador), presenta un nivel relativamente bajo. Este hecho nace y alimenta nuestro perfil de crecimiento económico de la última fase de expansión, basado en sectores de baja productividad y con necesidades de formación más bien escasas. Sin embargo, este ajuste relativamente adecuado entre oferta y demanda de trabajo nos pone en una situación de cara al futuro de cierta debilidad, ya que los sectores en los que debe especializarse España, por mor de los empujes de la globalización y la competencia internacional, deben ser de elevada incorporación de valor añadido, los cuales suelen requerir una mano de obra de alta cualificación que ni tenemos ni hemos logrado atraer en medio de esta inmensa riada inmigratoria.
Así que de cara al futuro, las tensiones sociales que hasta ahora han permanecido más o menos larvadas podrían comenzar a aflorar si no logramos que surjan oportunidades de empleo en sectores de futuro y si no somos capaces de reajustar nuestro capital humano hacia esos nuevos sectores, lo cual se consigue a corto plazo solo invirtiendo ingentes cantidades de dinero en formación.
No obstante lo dicho, también es cierto que los inmigrantes son mucho más que mano de obra. Sus hijos estudian con los nuestros en las escuelas y se convierten así en algo más nosotros. Su cultura y tradiciones poco a poco irá tendiendo a fundirse con la nuestra e, incluso, sus pautas de consumo terminan afectando a las nuestras. Por ejemplo, es por la demanda de los inmigrantes que en las fruterías españolas apareció el plátano macho, o que en las carnicerías de nuestros supermercados hay cada vez más especialidades rumanas, ofertas gastronómicas que estamos incorporando a nuestras cestas de la compra.
Otra vertiente importante y hasta ahora poco estudiada es el peso de los inmigrantes en el proceso de creación de empresas. Desde el servicio de estudios de la Cámara de Almería llevamos unos años haciendo un simple ejercicio de cálculo: medir la tasa de creación de empresas de carácter individual de los extranjeros (identificables por la X del NIF) y ponerla en comparación con la del conjunto de la economía provincial. El resultado es el que cabía esperar. Dado que el proceso migratorio no es gratis y, en las primeras cohortes, es mucho más peligroso y concierta mayores incertidumbres, es de esperar que los primeros en emprender el camino a la búsqueda de oportunidades sean los más emprendedores de entre sus comunidades e, incluso, aquellos que han sido capaces de reunir el capital necesario para iniciar el viaje.
Un perfil así indicaría una menor aversión al riesgo que los pobladores nacionales y debería quedar reflejado en la tasa de empresarialidad como, en efecto, sucede. Así, entre 2001 y 2005, la tasa de los extranjeros supera cada año en más de 10 puntos porcentuales a la media provincial, dejando claro que su contribución va más allá de la mera presencia como mano de obra barata.
Por último, a nadie se le escapa que uno de los principales motores de nuestra economía en los últimos tiempos ha sido el sector de la construcción de viviendas, que se ha visto impulsado por un conjunto de factores variados que van desde las cuestiones demográficas, hasta las de política monetaria, pasando por cuestiones de carácter sociológico, como es la multiplicación de los divorcios. Durante estos años, la movilidad del sector inmobiliario ha sido espectacular y, una parte importante de la base ha estado en las manos de los inmigrantes, que se han sumado como compradores de las viviendas de nueva construcción, pero, sobretodo, en el de las viviendas de segunda mano, sin cuya expansión no hubiera sido posible el gran crecimiento sufrido por el mercado de vivienda nueva.

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