Reflexiones en torno a la energía

Nuestra civilización está fuertemente basada en la explotación y el consumo de combustibles de origen fósil. Estas fuentes de energía permitieron un grado de mecanización antes impensables en los procesos productivos y auparon a una parte del mundo a unos niveles de bienestar desconocidos en la historia de la humanidad.
Sin embargo, tanto el petróleo, como el gas natural o el carbón tienen ciclos de reproducción a niveles de tiempo geológico. Es decir, desde la perspectiva humana son recursos agotables, pueden acabarse. De hecho, aunque desde hace años se viene manteniendo que las reservas de petróleo están garantizadas para 50 años, lo cierto es que el número de hallazgos de nuevos yacimientos en el mundo han ido reduciéndose paulatinamente, lo que podría ser un claro indicador de que nos comenzamos a encontrar en la parte descendente de la curva de Hubbert (véase gráfico). En cierto sentido, nuestro modo de vida es un gigante con pies de barro.


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Fuente: BP, Memoria Anual.
Al trascendente hecho de la necesidad que tenemos del consumo petrolífero (49,9% de la energía primaria y 58,8% del consumo total de energía final en España durante 2007), hay que sumarle en no menos estratégico de la falta de estabilidad de los lugares en los que se encuentra. Muchos de los principales proveedores de crudo del mundo presentan sistemas de gobierno poco estables o directamente gansteriles, lo que conlleva un serio riesgo para la garantía de suministro. Garantía que se vuelve más importante en la medida que van quedando menos reservas probadas.


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Fuente: BP, Memoria Anual.
A este mix de situaciones, ya de por si explosivas, hay que añadir un par de circunstancias nuevas que aumentan la incertidumbre sobre el suministro. De un lado el consumo creciente de China e India –podemos igualmente decir los BRIC–, que ha provocado interesantes cambios en los equilibrios de poder en amplias zonas del planeta, y que han generado un aumento de la presión sobre la producción que está en la base de los crecimientos del precio del crudo de los últimos años. De otro lado se encuentran las implicaciones medioambientales. Desde hace unos años, el foco mundial apunta directamente a las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), particularmente CO2 como principales causantes del cambio climático de origen antropogénico. Sin ánimo de polemizar al respecto, lo cierto es que esto se ha traducido en la firma de acuerdos como el protocolo de Kyoto que persiguen la reducción de las emisiones de GEI, de las que el sector del transporte es uno de los principales generadores.
En resumen, el petróleo es hoy una fuente de energía contaminante, incierta, que se obtiene en lugares inseguros y cada día más cara. Ante esto, muchos gobiernos, y entre ellos los europeos, están adoptando estrategias de diversificación energética. El mix de energías propuestas sobre la mesa engloba desde las energías renovables, hasta la nuclear. Una de las opciones más consideradas es la de los biocarburantes, que se posicionan como una alternativa viable a corto y medio plazo para la sustitución de los derivados del petróleo en los transportes. Así, el bioetanol y el biodiésel han entrado a formar parte de nuestro vocabulario común.
Las ventajas de estos biocarburantes se centran en su naturaleza de renovables (tienen su origen en vegetales) y sus menores emisiones de CO2 (aunque en realidad eso depende del balance final entre el proceso de producción y el de consumo). La Unión Europea ha optado claramente por este tipo de carburantes, fijando un objetivo global de alcanzar al menos un consumo del 10% del total del transporte en el año 2010 (Plan de Acción en Energía, 2007). Así, la producción de cereales susceptibles de ser transformados en bioetanol y de plantas con semillas oleaginosas (de las que se obtiene biodiésel) han encontrado un mercado emergente y expansivo en el que colocar sus productos.
Pero, a veces las cosas no son tan simples como parecen a simple vista y comienzan a aparecer relaciones que no eran explícitas, aunque sí evidentes. Por ejemplo, en los últimos meses hemos asistido a la demonización de los biocarburantes por sus efectos negativos en el aumento de los precios de los alimentos a nivel mundial. Los biocarburantes, que hace apenas un lustro eran la panacea energética, hoy son acusados de provocar hambrunas y deforestación en los países subdesarrollados.
Detrás de la evolución de los precios de los alimentos y del propio petróleo hay razones de mercado puras, es decir, relacionadas con las presiones que la demanda genera sobre la oferta, pero también hay otras razones que van desde la pura especulación (realizada por fondos internacionales que buscan nuevas oportunidades tras la caída del sector inmobiliario en Estados Unidos, Gran Bretaña y España), hasta medidas gubernamentales de protección. Así, por ejemplo, las medidas de prohibición o limitación de las exportaciones por parte de algunos países han contribuído de forma importante a elevar las expectativas de crecimiento de los precios que finalmente se han contagiado desde los mercados de futuro a los de contado.


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Evidentemente, los biocarburantes han jugado un papel en el fuerte incremento del precio de los alimentos, en las tres líneas que apunta el informe del Banco Mundial filtrado por el diario británico The Guardian: desvío de productos alimenticios al mercado energético, modificación en el uso de la tierra por los incentivos fiscales y financieros y la tercera estaría relacionada con la llegada de fondos especulativos al mercado de los alimentos. Aunque esta última razón posiblemente también se hubiera materializado, ya que el incremento de los precios de todas las materias primas por el impulso de la demanda de los países BRIC también estarían reflejándose en la alimentación. En este informe del BM se argumenta que a través de las tres vías definidas los biocarburantes habrían sido responsables del 75% del incremento del precio de los alimentos. El Gobierno de Estados Unidos, en un informe propio, le asigna un papel meramente marginal, no suponiendo ni un 3%. Posiblemente, la realidad esté entre ambas cifras.

Quizá, además, saber si es un 10 ó un 20 ó un 80 por ciento no sea el debate relevante. Si, por un lado, la senda creciente de los precios del petróleo está siendo ascendente, los incentivos de mercado deberían comenzar a ser suficientes para funcionar e el ámbito de los biocarburantes. En cualquier caso, como mencionaba arriba, debería ponerse el énfasis en producciones no coincidentes con la alimentación y en la investigación sobre la mejora de los procesos de obtención de los biocarburantes de 2ª generación, en los que se obtiene un mejor aprovechamiento de toda la biomasa.

La paradoja, o la tragedia quizá, es que nuestra civilización está enfrentándose a un problema típicamente malthusiano, cuando hace años que Malthus quedó desacreditado merced a la utopía de la redención tecnológica.

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