El año que vivimos peligrosamnte

Este artículo me lo ha pedido La Voz de Almería abrir la sección económica del Anuario del Poniente Almeriense 2008.

Dos mil ocho pasará a la historia de la humanidad como el año en el que los mercados financieros internacionales se hundieron y provocaron una de las crisis más rápidas e intensas de la historia y, posiblemente, la primera de alcance realmente global. No creo que me equivoque si pronostico que junto con la crisis del 29 y la hiperinflación alemana de los años 20 marcará el subconsciente colectivo de varias generaciones.
Para España, además, este año puso el punto y final a la prolongada situación de burbuja inmobiliaria cuyos comienzos se pueden rastrear hasta 1997. Una burbuja, primero negada, luego maldita y ahora anhelada. Una burbuja que permitió que un tejido económico como el español fuera capaz de asumir casi 4 millones de trabajadores inmigrantes; que durante unos meses tuviéramos tasas de paro homologables a las europeas, y que las tasas de crecimiento de nuestro PIB fueran superiores a la media de la UE. Sin embargo, para nuestra desgracia, y a diferencia de lo que sucedió con la burbuja de las punto com, el sector de la construcción no atrae grandes cantidades de trabajo cualificado (más bien al contrario) y tampoco deja tras de si una infraestructura útil para el desarrollo económico ulterior (como fue el caso de la fibra óptica, que ha permitido posteriormente la conexión de China e India a las redes de telecomunicaciones mundiales a precios de saldo). Tampoco es un sector que se haya caracterizado hasta ahora por su contribución a la mejora de la productividad general de los factores. La herencia perdurable de la construcción residencial es una planta de un millón de viviendas vacías cuyos precios son impagables por la mayor parte de los ciudadanos, los cuales se han visto, de la noche a la mañana, empobrecidos de forma alarmante.
Hoy, España, y por ende Almería, se encuentra en medio de una pinza brutal. De un lado los efectos negativos globales de la crisis financiera internacional, que se traduce primero en una congelación del crédito mundial y, después, en una depresión de la demanda global de bienes y servicios de tal magnitud que muchos analistas comienzan a plantearse escenarios de deflación para la mayor parte de las economías desarrolladas. Del otro lado, nuestra propia crisis, proveniente del estallido de la burbuja y de nuestro abultado déficit exterior (en torno al 10% de nuestro PIB) que refleja a las claras la falta de competitividad de nuestras empresas.
La situación a final de año, por tanto, es enormemente complicada y, sinceramente, en el caso español no se puede decir que no hubo suficientes avisos de lo que se avecinaba. Desde hace años, el Banco de España venía reconviniendo a los bancos para que tuvieran cuidado con las excesivas facilidades de crédito hipotecario. Numerosos gabinetes de estudios (entre ellos el de la Cámara de Comercio de Almería) advertían de los problemas que se estaban acumulando de manera soterrada y, lo que es más grave, desde hace más de un año todas las encuestas de expectativas, tanto empresariales como de consumo, estaban mostrando una tendencia claramente bajista. Pero, como ya explicaba Galbraith, nadie quiere escuchar malas noticias en medio de una vorágine de precios en la que aparentemente todos ganan. En nuestro caso ganaban los empresarios del sector inmobiliario, que veían subir como la espuma el precio de sus bienes. Ganaban los propietarios de terrenos, que esperaban enormes plusvalías de suelos imposibles. Ganaban los trabajadores, que tenían una enorme facilidad de colocación y veían incrementarse sus salarios al ritmo que crecían las necesidades de mano de obra. Ganaban los bancos, que financiaban a promotores y compradores. Ganaban los compradores de vivienda que pensaban que sus casas seguirían aumentando de precio de manera indefinida. Y ganaban las administraciones: los ayuntamientos que recaudaban unos importantes ingresos a través de las licencias de obras, así como la autonómica y central que recaudaban nuevos impuestos y reducían sus costes sociales. Por eso, cuando en el verano de 2007, el Boletín Trimestral de Coyuntura de la Cámara de Almería o el Boletín Económico Financiero de Cajamar alertaban del deterioro acelerado de la situación en Almería, nadie quiso hacer caso. Desafortunadamente, el desarrollo de los acontecimientos ha venido a dar la razón a aquellos alarmistas (analistas).
En el caso de la provincia de Almería, el desplome del inmobiliario comenzó pronto y se desarrolló de forma muy rápida. De esta forma, la mayor parte del impacto negativo que cabía esperar sobre las cifras de paro debe haberse producido ya. O, dicho de otra forma, debe quedar ya muy poco empleo que destruir en la construcción. La parte de la provincia más directamente afectada por esta situación ha sido, obviamente, el litoral, que es el lugar en el que se concentra la mayor parte de la población y de la actividad económica almeriense. Como digo, el primer frente de esta guerra se produjo en las zonas costeras, que vieron crecer sus niveles de desempleo de forma acelerada, sin que turismo o agricultura pudieran dar abasto para absorber tal afluencia de personal. Obviamente, los damnificados iniciales han sido los trabajadores de la construcción, las empresas promotoras e inmobiliarias, las entidades financieras y los ayuntamientos. Todos han visto como se paraba la máquina de los ingresos mientras que la de los gastos seguía a pleno rendimiento. Pero es que existe un segundo frente, que es el de las industrias auxiliares de la construcción, de enorme repercusión en la provincia. Cemento, yeso y, como no, mármol han sido proveedores destacados en los tiempos del boom, por lo que ahora se han encontrado con que su principal cliente está en estado de K.O., viéndose ellos también arrastrados a la espiral de decrecimiento.
Con la construcción y la industria provinciales fuera de combate, sólo nos quedan dos sectores con suficiente capacidad como para aliviar los males a los que, sin duda, tendremos que hacer frente a lo largo de 2009. Uno de ellos es el turismo. La oferta almeriense ha venido reconvirtiéndose silenciosamente durante los últimos años, acosada por la nueva ola del low cost (líneas aéreas y hoteles) y la competencia del llamado turismo residencial que en muchas ocasiones actuaba como oferta alojativa alternativa, de forma que nos hemos situado en una situación competitiva más adecuada a la que teníamos al comienzo de la presente década. Sin embargo, la más que probable situación de recesión en nuestros mercados emisores principales, mantendrá al menos durante el próximo año la actividad al ralentí. No obstante, la inseguridad creciente a nivel mundial y la propia crisis podrían activar el atractivo de la oferta almeriense, aunque a este supuesto debemos asignarle una probabilidad media-baja.
El otro sector-refugio para Almería es el de la agricultura y sus actividades anexas. En situaciones de crisis anteriores, nuestro campo permitió que la provincia siguiera acortando sus diferencias respecto a la media de riqueza nacional. Posiblemente hoy por hoy la estricta producción agrícola no tenga ya tal capacidad de arrastre, pues la situación de sobreoferta en los mercados europeos no parece presagiar aumentos de las producciones almerienses. Sin embargo, en el resto del conglomerado (en palabras de Ferraro, el sistema productivo local), hay enormes posibilidades. Hace unos años, la Fundación Cajamar publicó un estudio titulado “Complejo Agroalimentario Andaluz. Presente y futuro”, en que resaltaba un importante dato. Mientras que Andalucía era la primera comunidad autónoma en términos de producción primaria (26% del total nacional), pasaba a representar sólo el 16% de la producción industrial alimentaria. El lector podrá argumentar que nuestra especialización es en fresco y que por eso no tenemos una fuerte presencia en el sector industrial. Cierto, pero los nuevos hábitos de consumo, en los que ganan peso los alimentos precocinados y las presentaciones de 4ª y 5ª gama, suponen una oportunidad que no podemos dejar escapar. Más aún, cuando parece que la Comisión Europea ha adoptado el camino de la desregulación en términos de calibrado y apariencia de los frutos, un camino que tarde o temprano alcanzará a nuestros productos más representativos, y que hará mucho más protagonista al precio como elemento de competitividad. Almería cuenta con una base de producción que debe convertirse en nuestra palanca para una oferta más amplia y heterogénea de productos y, cada día más relevante, de servicios. Mucho se ha escrito ya sobre la necesidad de concentrar la oferta o de aprovechar nuestra posición en la cadena de distribución para convertirnos en una plataforma logística de primer orden. Por desgracia, la atomización y diversidad de los centros de toma de decisiones ha hecho infructuosos la mayor parte de los esfuerzos en esa dirección. No obstante, creo que nuestro potencial productivo aún nos permitiría jugar un papel relevante en el mercado del fresco durante un tiempo suficiente.
Sin embargo, la competencia creciente, de calidad ascendente y bajos costes es una espada de Damocles sobre nuestra agricultura. ¿Cómo podemos transformar la espada que nos amenaza en un arma de defensa o, mejor aún, de ataque? La respuesta no hay que buscarla en los astros, está mucho más cerca. En ese mismo estudio que hemos mencionado más arriba, encontrábamos que Cataluña, con el 8% de la producción primaria era capaz de representar el 22% de la producción de la industria alimentaria.
Es decir, desde mi punto de vista, el futuro del sistema productivo local de la agricultura almeriense pasa por dejar de producir sólo hortalizas y convertirnos en productores de alimentos. Puede parecer una perogrullada, pero el concepto alimento va mucho más allá de lo que se recoge de la planta, o sale del invernadero. Debemos poner a trabajar a nuestro sistema de innovación (débil aún, pero existente) en esa línea. Y, de la misma manera que hemos sido capaces de construir un entramado de empresas que proveen de todo tipo de bienes y servicios al agricultor, debemos montar un sistema que se fije como objetivo satisfacer al consumidor.
No quiero cerrar estas líneas sin referirme a un par de cuestiones que van más allá de la actual coyuntura y que pueden resultar determinantes de cara al futuro. La primera es nuestro sistema educativo, tachado por The Economist hace unas semanas como anticuado. Vaya por delante que creo que la prestigiosa revista británica se equivoca, no es un sistema anticuado, es un sistema poco realista. Se trata a los niños como sujetos potenciales de traumas, a los que no se les puede suspender y a los que se les reduce la carga de obligaciones de estudio. Un niño de sexto de primaria, por ejemplo, no sabe cuáles son las comunidades autónomas españolas, y tampoco conoce apenas nada de la historia de España. Yo recuerdo que en sexto ya me sabía las regiones (entonces no había autonomías) y provincias con sus capitales, y tenía una asignatura de geografía e historia en la que se estudiaba la Reconquista (no se me olvidará jamás el A3 que tuvimos que rellenar con todas las dinastías reinantes de los distintos reinos cristianos). Por otro lado, nuestros niños hoy están acostumbrados a recibir enormes cantidades de información, se codean con las nuevas tecnologías sin apenas problemas. No son estupidos y están posiblemente más espabilados de lo que yo lo era con su edad. Nuestro sistema educativo se ha dedicado a vender eslóganes, poniéndose apellidos como centro TIC o centro bilingüe, que poco o nada suponen en términos reales.
La segunda es la crisis ecológica que se está desarrollando por debajo de nuestras preocupaciones diarias, una crisis que tiene su máxima expresión en la desaparición masiva de especies (algunos autores hablan ya de la sexta extinción masiva) y en las consecuencias previsibles del cambio climático. En este sentido, nuestro sistema de explotación del medio ambiente crece más deprisa de lo que lo hacen los rendimientos de la propia naturaleza y de nuestras tecnologías. No ser capaces de amortiguar nuestra huella ecológica como especie puede pasarnos factura mucho antes de lo que pensamos.
Como digo en el título, 2008 fue el último año que vivimos peligrosamente. A lo largo de los meses la realidad de una economía sobre-endeudada y demasiado centrada en un residencial sobredimensionado ha ido haciéndose patente. Nuestras cifras de paro han vuelto a niveles que pensábamos superados y el clima de pesimismo ha llegado a niveles históricos. En este sentido el Índice de Clima Empresarial que para Almería calcula el Servicio de Estudios de la Cámara no deja nivel a dudas. Sin embargo, me da la impresión que, de la misma manera que en los buenos tiempos la euforia no nos dejaba entrever los riesgos, ahora el ambiente depresivo no nos deja sopesar nuestras fortalezas y oportunidades.
Sabemos que 2009 será un año difícil, incluso más que éste que nos deja, pero también es una nueva ventana de oportunidad. La fase anterior ha permitido crear importantes bolsas de riqueza que ahora pueden servir para financiar nuevas iniciativas en sectores distintos. Es cierto que somos más pobres de lo que pensábamos, pero también que somos más ricos que cuando comenzó el proceso. Y tenemos la demostración de que nuestra economía se ha sabido adaptar a las cambiantes circunstancias del momento de forma acelerada: somos flexibles. Por tanto, no hay que retirarse a los cuarteles de invierno, hay que buscar las grietas que se abren en el futuro y lanzar a nuestras huestes por ellas. La única forma de poner en valor nuestro pasado es usarlo como referente en nuestro futuro.

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