lunes, julio 27, 2009

FaceBook o el delirio del cotilla

Pues si, estaba de vacaciones y no tenía demasiadas ganas de escribir. Aunque he estado leyendo y en poco tiempo os pondré mis impresiones (adelanto que estoy con lo último de Juan Velarde y el problema es que el jodido cree que todo el mundo tiene su mismo conocimiento de la historia de España y de la historia del Pensamiento Económico, vamos, que me está costando).
A principios de año escribía una entrada que se titulaba "Palabras de 2009" y en el que comentaba algunas de las palabras que suponía estarían de moda en este año. Una de ellas era FaceBook. Aunque lo pensaba más en la línea de las redes sociales en general, que de ésta en particular. Siete meses más tarde, mi impresión de que éste sería el año de la explosión de las redes sociales, se ha confirmado. En realidad, no podía ser de otra manera. FaceBook es el concepto del patio de vecinos llevado al extremo. En los últimos meses, mis "amigos" se han multiplicado, si bien algun@s apenas escriben o ponen algo distinto de la foto del perfil; y nada más. Sin embargo, otra mucha gente ha hecho de esta red el centro de su actividad en Internet. Desde aquell@s que lo usan como forma de encontrar a viejas amistades o familiares, hasta los que han visto en la plataforma una forma de fortalecer sus ventas.
En esencia, se trata de un escaparate en el que puedes escribir tus comentarios, poner tus fotos (con etiquetas de personas), tus vídeos y los enlaces a páginas o contenidos que te han llamado la atención. O sea, es el blogging llevado a su máximo exponente. Más allá de Twitter y su ruido mareante, mucho más allá de las bitácoras y a años luz de las webs personales. En FaceBook, si quieres (incluso, si no quieres y no eres demasiado cuidadoso) te desnudas. No literalmente (si no se pueden poner fotos de mamás amamantando, mucho menos, impúdicas fotos de carne sin cubrir); te desnudas porque en una sola ventana pones tus sentimientos, tus pensamientos, tus amistades y tu aficiones. Creo que ésta es precisamente la base de su éxito. Hasta hoy pensaba que la clave era el apellido "social": los seres humanos somos animales sociales, por tanto estas redes enlazan con lo más profundo de nuestro código genético, nuestra necesidad de vivir en manada. Pero hoy he abierto los ojos. En la columna de la derecha, o en los muros de tus amigos (terminología feisbuquera) cualquiera puede encontrar una curiosidad desconocida de tus contactos. Cosas del tipo: a Fulanito le gusta tal cantante hortera; Sultanita es amiga de Rulanita, o Menganito es un friki, es admirador de la saga de La Guerra de las Galaxias...
No es nuestra necesidad de contacto social, al menos no genéricamente, es nuestra necesidad de saber cosas de los demás, cosas absurdas, inconfesables o sorprendentes. Es decir, FaceBook triunfa porque usa las mismas armas que Gran Hermano o DEC o tantos otros programas de TV de los últimos años: dispara a nuestra alma, profundamente cotilla y exhibicionista.

jueves, julio 09, 2009

Kafka en la orilla de Murakami

La literatura oriental siempre me ha llamado la atención, no especialmente la japonesa, más la de origen árabe. Sin embargo, ya he realizado algunas incursiones a las letras del país del sol naciente y hasta el momento han sido muy satisfactorias.
Kafka en la orilla es una novela que desde el principio deja clara su vocación literaria. Posiblemente, demasiado clara. No es esta una lectura ligera, aunque si que es bella.
Al principio del libro pensaba que Murakami es una mezcla de fabulador medieval y escritor de culto (para minorías) pasado por un tamiz de realismo mágico, al estilo de García Márquez. Sin embargo, las historias del segundo se dejan leer mejor que las del primero.
Kafka Tamura se fuga de su casa el día de su 15 cumpleaños, huye de un hogar abandonado por la madre y la hermana hace años, huye de una maldición edípica formulada por su padre. Paralelamente, Nakata, un viejo discapacitado desde que fue protagonista en la infancia de un extraño suceso, comienza una búsqueda que promete cruzarse con la vida del joven.
Se pasean por las páginas de este libro personajes muy extraños, entre los que caben citarse Jonny Walken y el Colonel Sanders, remedos de los símbolos publicitarios de dos famosas compañías multinacionales.
A ratos la lectura se hace un poco pesada, pero se compensa con hallazgos francamente magistrales en el uso de las palabras. Si te gusta la belleza hecha palabras te gustará este libro, pero si prefieres las novelas al estilo del Código Davinchi, mejor no lo compres.
Mi calificación sobre 10: 8,0