Perdiendo la virginidad, varias veces

Acabo de estar de vacaciones, así que ésta no será una entrada al uso, al menos así lo espero. A lo largo de las dos semanas que he permanecido casi desconectado de la realidad y de la red, el mundo, como no podía ser de otra forma, ha seguido moviéndose (ya lo predijo Galileo). En este tiempo España ha ganado su primer mundial de fútbol, momento que pude vivir envuelto en una algarabía –pero qué bien suena esta palabra–, de personas, gritos y sudor en la carpa que al efecto montaron en Almería. Los que me conocen saben que no soy futbolero, y que en el fondo me da lo mismo quién gane la liga, pero este suceso trasciende lo meramente deportivo. Me explico. Yo, que nací en las postrimerías de 1968, crecí bajo dos grandes losas: la amenaza del paro y la droga, por un lado, y el sentimiento de pertenecer a una generación anodina. Nosotros no habíamos vivido ninguna guerra, ni una posguerra, y no hicimos una transición que pudiera servirnos de amalgama, de recuerdo común. A lo sumo, éramos la primera generación de jóvenes crecidos sin las trabas de la dictadura, aunque los protagonistas del proceso eran nuestros padres. En lo deportivo, fuera de los triunfos de algunos deportistas individuales, a lo más que habíamos llegado era a una medalla de plata olímpica en baloncesto (inolvidable aquel partido) y a un subcampeonato de Europa en fútbol (aunque lo más recordado fuese el 12 a 1 a Malta, que nos clasificó para la fase final, con enormes dosis de dramatismo, emoción y épica). El resultado de todo aquello fue una generación criada en libertad, que supo crear una música fantástica, pero que ni en lo político ni en lo deportivo lograba pasar de los cuartos de final. Nuestros hijos, por el contrario, están creciendo en una España que gana mundiales de fútbol, baloncesto, balonmano y hasta waterpolo. Para ellos no va a existir el pesimismo de los cuartos, o el conformismo de la derrota que se espera como segura. Ellos han vivido victorias comunes. Ya sé que tampoco son guerras, ni posguerras, pero no me cabe la menor duda de que estos acontecimientos forjan el carácter. Ellos forman parte de la España de los vencedores, de la España que se integra en el mundo y que compite en igualdad de condiciones con el resto de países. Ellos no le tendrán miedo a la derrota y mirarán (espero) al futuro directamente a los ojos. Incluso alguien de 41 años, como yo, no puede dejar de sentir que en cierta forma que verte así, vernos así, es una liberación, la rotura de un techo de cristal: un himen metafórico.
Otra de las barreras rotas estos días ha sido la del libro digital. Aunque ya había leído algunos artículos y dosieres en el ordenador, jamás había enfrentado la labor de pasar las páginas de un libro con botones. El aparatito a través del cual he pasado esta frontera no ha sido un lector digital al uso, sino el iPad de Apple, autorregalo de reyes y que es algo más que un mero lector. A raíz del creciente éxito de los dispositivos de lectura digital he mantenido con un compañero de trabajo un interesante debate sobre las implicaciones de esta nueva forma de leer. En resumen, él mantenía que estos nuevos aparatos perderán el hábito de la lectura tal y como lo conocemos. Piensa que la pantalla implica una nueva forma de escribir, más breve y más hipertextual. La gente dejaría de ser capaz de leer una novela completa. Mi postura era que el soporte libro está llamado a desaparecer (o a quedar como un segmento minoritario), pero que el hábito de leer y la propia lectura no tienen porque cambiar. En resumen, lo que cambia es el soporte, no el contenido. Una buena novela seguirá siendo valorada por su calidad, no por los enlaces o fotos, o vídeos que incorpore. Después de haber leído una novela decimonónica (El tesoro misterioso) en una pantalla, mantengo mi opinión. El libro digital no es Internet, en la que, ahí si estamos de acuerdo, la hipertextualidad es ya una condición de partida.
Finalmente, otra de las virginidades perdidas este verano tiene que ver con el mercado laboral. Hasta ahora, las jubilaciones y prejubilaciones que conocía eran de personas a las que consideraba mayores (seguramente de forma errónea). Hace unos días me enteré de la próxima prejubilación de un buen amigo (me gusta creer que después de 20 años podemos considerarnos amigos). Cierto que tiene 20 años más que yo. Pero ese "viejo oficial" aún puede conmigo cuando se trata de una carrera de fondo, aún mantiene sus cualidades de análisis al completo y acumula un capital de experiencia y relaciones que para mi los quisiera. ¿Qué estamos haciendo? ¿Nos vaciamos de capital humano y nos congratulamos por ello? Él se prejubila y, a cambio, contratan a un joven: bajan los desempleados y la población activa –lo que es bueno para el descenso de la tasa de paro–. Al mismo tiempo, estamos sustituyendo a un trabajador caro por otro barato, y más dispuesto para la empresa. Pero también cargamos a la sociedad con el coste de una persona totalmente capaz y productiva. Me asusta (cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar) que esta sociedad no sepa poner en valor la experiencia, que seamos capaces de desactivar el talento, la visión histórica y la variedad de puntos de vista.
Por mucho que ahora seamos campeones, por mucho que la tecnología cale en nuestras vidas, el conocimiento sigue siendo uno de los garantes del éxito a largo plazo: ¿Por qué jubilarlo?

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