sábado, abril 17, 2010

Freakonomics, de Levitt y Dubner

¿Qué tienen en común un maestro de escuela y un luchador de sumo? Este es el sugerente título del primer capítulo. Y, sí, los demás tienen títulos igual de sugerentes. Es éste un libro de economía que no lo parece. Fruto de la colaboración de uno de los economistas más atípicos de los últimos tiempos (en la línea de Becker, a quien considera su maestro) y un periodista aficionado a la economía, este volumen nos propone multitud de preguntas extrañas (de ahí lo de freak), esas a las que casi nunca un economista serio les dedicaría atención. Pero Levitt, en algún momento de su historia académica decidió que tal vez, usando las técnicas de la economía, podría encontrarles respuestas. Claro que lo único que necesitaba era contar con los datos adecuados para poder aplicar sus técnicas. Cosa que no siempre resulta sencilla.
La edición que tengo es una traducción de la edición estadounidense de 2006, revisada y aumentada de la primera edición de 2003. Esto significa que los autores tuvieron tiempo de corregir algunos errores (concretamente en el capítulo 2) y añadir algunos post del blog que mantienen en la web del New York Times. En ellos se transluce la preocupación de los autores por descubrir cual es el hilo conductor de la obra. Aunque finalmente parecen sentirse satisfechos al concluir que no lo hay, y que está bien que no lo haya. Sin embargo, a mi me parece que si que existen al menos un par de hilos conductores: el primero es la búsqueda de las motivaciones humanas más profundas, de los incentivos que se ocultan en las acciones de los humanos en su vida diaria; el segundo es mucho más interesante, la búsqueda de preguntas que sean lo suficientemente complicadas y sugerentes como para buscarles respuestas.
A lo largo del libro, los autores nos demuestran que en muchas ocasiones, las respuesta están mucho más cerca de lo que parece, tan sólo hay que tener la suficiente imaginación (aquí hay otro hilo conductor) para lograr que los datos nos cuenten lo que queremos saber.
Un ejemplo. para saber si el dinero es en realidad el que gana elecciones, Levitt ideó la forma de aislar el efecto dinero, del efecto candidato, y encontró que la premisa no es cierta, y que antes que el dinero debe haber un buen candidato.
Así que si te gusta la economía, o sólo si te gusta hacerte preguntas, este es un libro que no deberías perderte...

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad


Hace unos años emprendí la tarea de leer todos los clásicos de la literatura universal, luego de haber leído una gran parte de la novela latinoamericana desde los 60. El reto, creo que sobra decirlo, no fue cumplido: ni tengo la paciencia necesaria, ni mi curiosidad es capaz de retener mis ojos por mucho tiempo en una misma cosa. De aquella época quedaron una pequeña colección de clásicos (sobre todo de la literatura latina), algunas lecturas muy provechosas (como la del Quijote –cuando hube de hacerlo en el colegio, me apañé con una edición infantil y lo que recordaba de la serie de dibujos animados–).
Hace unos meses, cuando vi en el catálogo del Círculo de Lectores una edición ilustrada del libro de Conrad (por Ángel Mateo Charris), y recordando el placer cuasi orgásmico que sentí al ojear la edición de lujo de Las mil y una noches del mismo Club, no pude por menos que comprarlo. Los que alguna vez me han leído ya sabrán que estoy a la espera de que aparezca en el mercado español el iPad, convencido de que el libro como soporte de lectura masivo está a punto de morir, barrido por las ediciones digitales. Y puede que les llame la atención el deleite que me produce el papel. A lo mejor no lo entienden, pero es como el drogadicto que sabe que su adicción no tiene futuro, pero no puede dejar de hacerlo (salvando todas las distancias).
En fin, una vez comprado y satisfecho el ansia de mirarlo, me dispuse a leerlo. Un marino inglés narra a lo largo de una noche los meses que se pasó al mando de un vapor en lo más profundo de la selva africana, a las órdenes de una compañía francesa que explotaba el marfil de aquellas tierras. A lo largo del relato, el protagonista no sólo recorre el río, sino que explora también la propia naturaleza humana y los motivos que impulsaban a los europeos a aquellos rincones. Su objetivo es otro hombre: uno atrapado por las tinieblas de la jungla: un hombre que es respetado y temido por los europeos y que se encuentra enfermo.
Imagino que en su día, la novela debió resultar desazonadora para los lectores británicos, pero hoy resulta hasta cierto punto "infantil". Los párrafos en los que se describen los ataques indígenas, o la negrura de la selva han perdido algo de lo que debió ser su primigenia oscuridad, ya que para alguien que ha visto imágenes de muertos y muertes sangrientas tanto en la tele como en el cine, los supuestos horrores ya no lo son tanto.
En conclusión, una novela a la que en parte le pesan los años, pero que describe de manera magnífica la naturaleza del ser humano, ya que esta apenas ha cambiado a lo largo de la historia.
Mi calificación: 7,5 sobre 10.

martes, abril 06, 2010

Elegí un mal día para dejar de escribir

Hoy no era el día. Un correo de mi jefa pidiendo algo para ayer. Un correo de una colega queriendo cerrar temas. Un BEF por escribir, esbozado apenas en la cabeza. Una jornada para la semana que viene en mente. Hoy, repito, no era el día. Pero un correo de un amigo recibido la semana pasada no paraba de darme por saco en algún lugar del cerebro (posiblemente en la parte más primaria del mismo). El mensajito decía tal que así:


Pensamiento de Adrian Rogers (1931):
Todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo.. 
El gobierno no puede entregar nada a alguien, si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. 
Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso... mi querido amigo...
...es el fin de cualquier nación. 
“No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola”.
 ¿Parece que tiene sentido, verdad? Es lo bueno de enunciados así: son sencillos, aparentemente racionales y difícilmente discutibles. Justo a la manera de los que la gente de Intereconomía suele lanzar en sus emisiones de radio. El problema es que por muy verdad que sea una parte del mensaje, eso no significa que el texto completo también lo sea.
En nuestro caso, suponiendo que el tal Adrian Rogers haya dicho eso, nos encontramos con un primer problema. Si el Adrian de la cita es el que aparece en la Wikipedia, y suponiendo que no se trata de un artículo "retocado", nuestro amigo nació en ... 1931. Así que, o fue un genio muy precoz, o alguien ha metido la pata y no ha traducido el paréntesis completo (1931-2005).
Supongamos que se trata de lo segundo, así que pasemos a la cita en sí: "Todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo". O sea, que si yo recibo, pongamos por caso, un kilo de tomates sin haberlo trabajado (es decir, sin pagarlos), algún otro habrá asumido el coste del mismo, bien en términos de trabajo no remunerado, bien en términos de un pago satisfecho sin contraprestación. Primera cuestión, no todo se centra en dinero, bienes y mercados. El ser humano se mueve no sólo por dinero, también está la vanitas, la vanidad, el aprecio social, o simplemente el compromiso moral (cosa que un predicador debiera tener claro). Es posible que quien me ha dado el kilo de tomates lo haya hecho porque me ha visto en estado de necesidad y por su gesto obtiene una recompensa moral (que no económica). Pero es que, incluso en el proceloso mundo del dinero, la frase podría ser igualmente falsa. ¿Por qué una sociedad avanzada suele tener un sistema de becas? ¿Es sólo por cuestiones morales o hay un interés económico por debajo? Yo estudié mis primeros años de carrera gracias a una beca que servía para mantenerme viviendo a 400 km de la casa familiar. Yo logré estudiar en unas condiciones más favorables (posiblemente no habría podido hacer una carrera tan distante de casa sin ella) y gracias a esos estudios pude acceder al mercado de trabajo en mejores condiciones. Ello me benefició a mi, por supuesto, pero también supuso que a lo largo del tiempo, mi contribución al sostenimiento del Estado vía impuestos haya sido mayor que en el caso de no haberlo tenido. Otro ejemplo histórico, EEUU "regaló" a los países europeos su Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial pero, en realidad, significó el despegue de su industria en los mercados internacionales y la exportación de un sistema cultural y de forma de vida americanos al resto del mundo. Es decir, EEUU ganó con el regalo mucho más de lo que hubiera ganado de no hacerlo. O sea, que si introducimos la variable tiempo, es posible que los regalos, o los subsidios, o las ayudas económicas, terminen beneficiando económicamente al que las da. Por lo tanto, ese todo del que habla Rogers no es real.

"Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo..." Esta parte es más complicada. Porque si llegamos a la cifra de la mitad de la población, probablemente tengamos un problema serio. Lo que se describe aquí es un juego de suma cero, lo que ganan unos es lo que pierden otros. La imagen es pegadiza, pero no es real. La economía no suele ser un juego de suma cero, sino de suma positiva y hasta negativa (si tenemos en cuenta algunas de sus externalidades). Pero lo que se presupone por debajo es un sistema de incentivos ciegos. Estamos suponiendo un extremo en el que un porcentaje significativo de la población es mantenida por el resto. Para empezar, esto es bastante complicado, más que nada, porque a poco que la democracia funcione, los votantes echarían del poder a los gobernantes, si éstos no tomaran antes decisiones para modificar el sistema de incentivos económicos. Tampoco podemos ocultar que el consumidor parásito (el free-rider) ha existido siempre. Debemos asumir que siempre habrá una parte de la población que pretenderá aprovecharse de la situación y subvertir el espíritu de cualquier incentivo. Pero esa minoría es improbable que alcance nunca el 50%. Incluso, aunque los políticos llegasen a la estúpida conclusión de que se vive mejor en esas circunstancias, otra vez el sistema de incentivos morales seguiría funcionando y los abusones verían como el resto de la población afea sus costumbres. Si eso no pasara, posiblemente estaríamos viviendo en una sociedad secuestrada por la violencia (ejercida por el Estado o por una parte de la sociedad).
Y, finalmente "no se puede multiplicar la riqueza dividiéndola". Pues vaya, todo parece indicar que las sociedades en las que las diferencias de renta y riqueza son muy extremas avanzan menos que aquellas que mantienen unas diferencias menos acusadas. También hay que reconocer que las sociedades igualitarias tienen a ser menos dinámicas, ya que no se producen incentivos para que las personas con talento despunten y contribuyan al desarrollo conjunto de la sociedad.
En fin, que el tal Adrian Rogers estaba pelín equivocado y trasluce un sentimiento individualista extremo que no se corresponde con su condición de hombre de religión. Espero, no obstante,  que en sus enseñanzas religiosas fuera más acertado. Claro que también podría ser una cita apócrifa.