martes, julio 27, 2010

Perdiendo la virginidad, varias veces

Acabo de estar de vacaciones, así que ésta no será una entrada al uso, al menos así lo espero. A lo largo de las dos semanas que he permanecido casi desconectado de la realidad y de la red, el mundo, como no podía ser de otra forma, ha seguido moviéndose (ya lo predijo Galileo). En este tiempo España ha ganado su primer mundial de fútbol, momento que pude vivir envuelto en una algarabía –pero qué bien suena esta palabra–, de personas, gritos y sudor en la carpa que al efecto montaron en Almería. Los que me conocen saben que no soy futbolero, y que en el fondo me da lo mismo quién gane la liga, pero este suceso trasciende lo meramente deportivo. Me explico. Yo, que nací en las postrimerías de 1968, crecí bajo dos grandes losas: la amenaza del paro y la droga, por un lado, y el sentimiento de pertenecer a una generación anodina. Nosotros no habíamos vivido ninguna guerra, ni una posguerra, y no hicimos una transición que pudiera servirnos de amalgama, de recuerdo común. A lo sumo, éramos la primera generación de jóvenes crecidos sin las trabas de la dictadura, aunque los protagonistas del proceso eran nuestros padres. En lo deportivo, fuera de los triunfos de algunos deportistas individuales, a lo más que habíamos llegado era a una medalla de plata olímpica en baloncesto (inolvidable aquel partido) y a un subcampeonato de Europa en fútbol (aunque lo más recordado fuese el 12 a 1 a Malta, que nos clasificó para la fase final, con enormes dosis de dramatismo, emoción y épica). El resultado de todo aquello fue una generación criada en libertad, que supo crear una música fantástica, pero que ni en lo político ni en lo deportivo lograba pasar de los cuartos de final. Nuestros hijos, por el contrario, están creciendo en una España que gana mundiales de fútbol, baloncesto, balonmano y hasta waterpolo. Para ellos no va a existir el pesimismo de los cuartos, o el conformismo de la derrota que se espera como segura. Ellos han vivido victorias comunes. Ya sé que tampoco son guerras, ni posguerras, pero no me cabe la menor duda de que estos acontecimientos forjan el carácter. Ellos forman parte de la España de los vencedores, de la España que se integra en el mundo y que compite en igualdad de condiciones con el resto de países. Ellos no le tendrán miedo a la derrota y mirarán (espero) al futuro directamente a los ojos. Incluso alguien de 41 años, como yo, no puede dejar de sentir que en cierta forma que verte así, vernos así, es una liberación, la rotura de un techo de cristal: un himen metafórico.
Otra de las barreras rotas estos días ha sido la del libro digital. Aunque ya había leído algunos artículos y dosieres en el ordenador, jamás había enfrentado la labor de pasar las páginas de un libro con botones. El aparatito a través del cual he pasado esta frontera no ha sido un lector digital al uso, sino el iPad de Apple, autorregalo de reyes y que es algo más que un mero lector. A raíz del creciente éxito de los dispositivos de lectura digital he mantenido con un compañero de trabajo un interesante debate sobre las implicaciones de esta nueva forma de leer. En resumen, él mantenía que estos nuevos aparatos perderán el hábito de la lectura tal y como lo conocemos. Piensa que la pantalla implica una nueva forma de escribir, más breve y más hipertextual. La gente dejaría de ser capaz de leer una novela completa. Mi postura era que el soporte libro está llamado a desaparecer (o a quedar como un segmento minoritario), pero que el hábito de leer y la propia lectura no tienen porque cambiar. En resumen, lo que cambia es el soporte, no el contenido. Una buena novela seguirá siendo valorada por su calidad, no por los enlaces o fotos, o vídeos que incorpore. Después de haber leído una novela decimonónica (El tesoro misterioso) en una pantalla, mantengo mi opinión. El libro digital no es Internet, en la que, ahí si estamos de acuerdo, la hipertextualidad es ya una condición de partida.
Finalmente, otra de las virginidades perdidas este verano tiene que ver con el mercado laboral. Hasta ahora, las jubilaciones y prejubilaciones que conocía eran de personas a las que consideraba mayores (seguramente de forma errónea). Hace unos días me enteré de la próxima prejubilación de un buen amigo (me gusta creer que después de 20 años podemos considerarnos amigos). Cierto que tiene 20 años más que yo. Pero ese "viejo oficial" aún puede conmigo cuando se trata de una carrera de fondo, aún mantiene sus cualidades de análisis al completo y acumula un capital de experiencia y relaciones que para mi los quisiera. ¿Qué estamos haciendo? ¿Nos vaciamos de capital humano y nos congratulamos por ello? Él se prejubila y, a cambio, contratan a un joven: bajan los desempleados y la población activa –lo que es bueno para el descenso de la tasa de paro–. Al mismo tiempo, estamos sustituyendo a un trabajador caro por otro barato, y más dispuesto para la empresa. Pero también cargamos a la sociedad con el coste de una persona totalmente capaz y productiva. Me asusta (cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar) que esta sociedad no sepa poner en valor la experiencia, que seamos capaces de desactivar el talento, la visión histórica y la variedad de puntos de vista.
Por mucho que ahora seamos campeones, por mucho que la tecnología cale en nuestras vidas, el conocimiento sigue siendo uno de los garantes del éxito a largo plazo: ¿Por qué jubilarlo?

jueves, julio 22, 2010

Tres vidas de santos, de Eduardo Mendoza

Vuelvo a Eduardo Mendoza, tras el chistoso periplo de Pomponio Flato, con un registro, esta vez, más serio. Este tres vidas de santos es, en realidad, y como el mismo autor aclara, la suma de tres relatos breves, realmente independientes, pero cuyo nexo es la existencia entre sus páginas de vidas ejemplares (no necesariamente desde el punto de vista religioso).
En el primero de los tres relatos, "La ballena", uno no sabe quién es realmente el santo: el obispo varado en Barcelona, alguno de los padres del narrador, su tío loco o la propia tía, gran matrona del clan. Al final de la historia, el narrador parece inclinarse por uno de ellos en concreto, aunque, desde mi punto de vista, el obispo venido a menos es el personaje más peculiar y más cercano a la santidad, aunque lo sea por su descenso a los infiernos. Es Santo porque expía su pecado renunciando a su púrpura y a sus privilegios (inicialmente obligado por las circunstancias); porque tras actuar durante años como un cobarde, decide resarcirse y redimirse y, porque, aunque esto está menos claro, es posible que sus días finalizaran viéndolo convertido en un mártir.
"El final de Dubslav" no deja lugar a la duda, es Dubslav el único protagonista y el único llamado a la "santidad". Sus méritos: estar, pero no ser. Un hombre que sabe que tiene los días contados, inicia un viaje de reconocimiento personal, o sólo de curiosidad, que le lleva a uno de los rincones más peligrosos de África. Allí conversa con el chamán y vislumbra alguna de las ceremonias indígenas que le revelan la insustancialidad de su vida. Esa iluminación final, le acompaña hasta el estrado de la entrega de un premio que, en realidad era para su madre. Y... ;-)
Finalmente, "El malentendido" es un relato sobre literatura. Dos personajes que apenas se comprenden entran en contacto en una cárcel. Ella, profesora de literatura; él, carne de presidio. Pero ella se da cuenta de que él puede ser algo más, porque alcanza a comprender que algo falta en los resúmenes que ella reparte a sus alumnos. Ella no espera nada especial de él. Él cree que ella no tiene nada que enseñarle. Y el tiempo les distancia, hasta que vuelven a coincidir, ella, profesora de universidad a punto de jubilarse y él, autor de éxito. En las últimas páginas asistimos a las revelaciones de uno y otra, secretas, como las confesiones de los pecadores, íntimas, y descubrimos que en este caso los santos son ambos, aunque por razones distintas.
De los tres, el que más me ha gustado ha sido probablemente el último, aunque de "La Ballena", la existencia de ese obispo indígena es un verdadero descubrimiento, un personaje que tal vez hubiera merecido una novela para él solo.
En suma, estupenda lectura en la que Mendoza vuelve a retomar el camino de la literatura, aunque sólo sea la de corta distancia.

martes, julio 06, 2010

Historia y medio ambiente, de Manuel González de Molina

Hace unos años (allá por la mitad de la década de los 90) me impliqué en un proyecto de tesis que, desde la perspectiva de le economía ecológica, pretendía analizar el conflicto por los recursos naturales que se producía en el litoral almeriense, entre el turismo y la agricultura protegida. El proyecto se quedó en eso: un proyecto, pero mi biblioteca se vio enriquecida con un importante número de volúmenes dedicados a la ecología, la economía ambiental, la ecológica y hasta la bioeconomía. Muchos de aquellos libros los leí y otros cuantos fueron sólo ojeados o leídos en parte, así que, en cierta parte tenía una deuda con ellos.
Me he propuesto, sin prisa y con pausas, volver a revisar todos aquellos libros y a dejar en esta bitácora mis comentarios al respecto. El paso de los años posiblemente me haya convertido en un lector distinto al que se acercó a esos textos por primera vez. Muchas de las suposiciones o corazonadas de entonces son hoy profundas convicciones y, otras, evidentes errores; aunque espero mantener en parte cierta capacidad de sorpresa.
Para comenzar he elegido un pequeño ensayo de Manuel Gonzáles de Molina. Mi edición es de la editorial Eudema, aunque la portada que he encontrado en Internet es de otra editorial. Posiblemente relativa a alguna edición del libro. "Historia y medio ambiente" es, ante todo, una reflexión en torno al papel que el medio ambiente debe tener para el historiador, aunque se presenta como un intento de definir el ámbito de la por entonces aún incipiente historia ecológica. No se trataría de una mera descripción de la evolución de los ecosistemas relacionados con el hombre, ni una descripción de los limitantes que el medio impone en cada momento histórico a cada sociedad; es más bien una historia de la coevolución del medio y del hombre, ya que tento el uno como el otro se influyen y se modifican m(al menos en lo que a las respuestas sociales se refiere).
Ya he dicho que el texto no se queda ahí, ya que el autor repasa desde los condicionantes sociales hasta económicos y tecnológicos que han llevado al planeta al estado de crisis ecológica en el que se encuentra. En el fondo, el libro es en si mismo una pieza de historia ecológica en el que se buscan explicaciones en el devenir humano para el momento presente, apuntando (en la línea de lo que defiende Naredo) que la clave está en el proceso filosófico y social que condujo al triunfo del pensamiento mecanicista: desde la nueva relación con Dios impuesta por la tradición judeo-cristiana, pasando por los avances de la ciencia (y la física en particular), hasta llegar al triunfo del mercado como mecanismo de asignación de bienes y como elemento de estudio cuasi único de la economía.
En suma, un estupendo ensayo para los que tengan curiosidad por saber que es eso de la historia ecológica y para quienes se aproximen al estudio de los ecosistemas y de las sociedades desde un punto de vista amplio o multidisciplinar (la única forma adecuada de hacerlo, por otra parte).