martes, noviembre 30, 2010

Un resumen apresurado de la campaña almeriense


Seguimos de resúmenes. En esta ocasión es para el diario digital Noticiasdealmeria.con.

Las siguientes líneas tienen como objetivo manifiesto provocarles el interés por la consulta del Análisis de la Campaña Hortofrutícola de la provincia de Almería que presentó la Fundación Cajamar el pasado 25 de noviembre.
Como todo el mundo sabe, en los últimos años, la economía española logró importantes ritmos de crecimiento, acompañados de una reducción de la tasa de paro que podríamos denominar histórica. Sin embargo, gran parte de ese empleo y de ese crecimiento se produjo en un mercado inmobiliario (y aledaños) sobrecalentado y con posibilidades de crecimiento de la productividad física muy reducidas. Durante esos años de boom, apenas nadie se acordaba de la agricultura y de la agroalimentación en general. Sin embargo, ahora que las tornas se han dado la vuelta, este sector se vuelve a mostrar como un sector refugio y como el reducto de competitividad que siempre fue para España. Hoy, lo agroalimentario vuelve a estar de moda.
Pero de lo que se trata ahora es de mirar hacia atrás y buscar en los acontecimientos pasados las claves para mejorar nuestro futuro.
Posiblemente, en este pasado ejercicio, la variable climática más influyente fue la lluvia. Las precipitaciones más que duplicaron las del ejercicio precedente (que ya había sido especialmente húmedo). Este meteoro incidió de forma negativa en las cosechas, principalmente durante la campaña de otoño, en la que los problemas relacionados con el exceso de humedad, produjeron menores rendimientos y peores calidades. Afortunadamente, a lo largo de la primavera esta circunstancia fue modificándose de manera favorable. En términos de temperaturas, el arranque de la campaña fue bueno, las lluvias se concentraron entre diciembre y marzo, pero la prolongación de un clima cálido en Centroeuropa provocó una coyuntura de malos precios es esas fechas que se prolongó a lo largo de esa primera mitad con los efectos de las lluvias. Afortunadamente, la primavera ayudó a compensar los malos comienzos y tanto las producciones de ciclo largo como las siembras de primavera se encontraron con unas condiciones climáticas y de mercado mucho más favorables.
Otra de las cuestiones a tener en cuenta para explicar lo sucedido a lo largo de los meses pasados, es la progresión de los métodos de control biológico. La mayor parte de las producciones han continuado en una trayectoria ascendente, en la que destaca el pimiento que cuenta prácticamente ya con el 100% de su superficie bajo protocolos de control. Sin embargo, tal y como ya se señalaba en el Informe anterior, esta nueva técnica de cultivo supone un reto tanto para los agricultores como para la industria auxiliar, un reto que les exige un esfuerzo de adaptación continua. La adopción de esta filosofía, inducida por el consumidor, supone la reaparición de algunas enfermedades ya superadas y la adopción de estrategias diferenciadas para las nuevas. De momento tanto unos como otra están respondiendo de forma ejemplar, demostrando una flexibilidad y un dinamismo realmente envidiables.
Los condicionantes mencionados implicaron que la producción se redujera en un 3,47%, hasta alcanzar las 2.788.222 toneladas. Descendiendo al análisis por productos se detectan dos tendencias que podríamos denominar de retirada. La primera, evidente desde hace años, es la de la judía verde, que en esta campaña acumuló un nuevo retroceso (en esta ocasión del 20,3%). La segunda es la del melón, que acumula ya 6 campañas consecutivas de descensos, siendo el último de un 14,27%. Nuestro producto principal, el tomate, se ha visto este año perjudicado en su campaña de otoño por las lluvias y los problemas de calidad y producción, mientras que el miedo a la incidencia de la Tuta motivó una menor siembra en la campaña de primavera. Por el contrario, berenjena y pepino sobresalieron por sus aumentos de producción. Respecto a la superficie total cultivada, creció ligeramente, un 1,14%. Mención especial merece el comportamiento de la lechuga, que en esta campaña ha alcanzado unos niveles muy elevados de producción (situándose ya como el sexto producto en volumen y valor) y unas buenas cotizaciones.
Aunque las cotizaciones a principios de campaña siguieron la tónica del final de la anterior, poco a poco, la merma de producción y una demanda de consumo que no se reducía en demasía, propiciaron una mejora de los precios unitarios, de modo que el valor total de la producción ascendió a 1.442,7 millones, un 2,3% más que en 2009. Con respecto a la media de las 10 últimas campañas, que pueden ver en la pantalla, los resultados de los principales productos no son precisamente favorables y enmarcan algunas de las conclusiones que veremos a continuación. El precio medio apenas ha variado (0,51€), proviniendo el aumento del valor (4,7%) de la mejora de las cantidades producidas y volviendo a resaltar la tendencia claramente recesiva de judía verde y melón.
Por su parte, la demanda externa (la que provoca nuestras exportaciones) contribuyó de forma decisiva a la mejora de las cifras económicas de la campaña. La recuperación más temprana de las economías europeas nos ha venido a echar una mano al incrementar el consumo de productos extranjeros. Así, los registros de la campaña fueron de récord: 1.526,5 millones de euros y 1.696.065 toneladas o, lo que es lo mismo, el 60,8% del total producido. Como siempre fueron los mercados europeos los que mostraron una mayor acogida a nuestras producciones, si bien con respecto al ejercicio precedente, Alemania perdió algo de protagonismo y Francia recuperó el segundo puesto como comprador que le había arrebatado Holanda.
La campaña 2009/10 presentó una novedad importante con respecto a las anteriores. Esta fue el recorte de los costes de producción, calculado globalmente en un -4,3%. Muchos de los principales ahorros estuvieron relacionados con la crisis económica y el clima de deflación que se vivió en España durante gran parte de 2009, como los fertilizantes, los gastos financieros o el transporte. Otros, sin embargo, tienen que ver con motivaciones productivas. Por ejemplo, el agua redujo su coste, no  tanto por causa de sus precios, sino por la menor necesidad de compra de la misma, al proporcionar la lluvia un alivio en este capítulo. Asimismo, los gastos en control biológico se vieron recortados por dos razones. La primera una demanda menor, al haber optimizado los agricultores el uso de los insectos auxiliares y, la segunda, una mayor competencia en el mercado de los suministradores, que contribuyó a reducir los precios. Sin embargo, las tendencias de fondo siguen siendo alcistas y desde comienzos de la presente campaña la mayor parte de ellos han vuelto a tasas positivas.
Lo comentado hasta aquí es un mero resumen de los datos. A lo largo de las 90 páginas del Informe, los lectores podrán encontrar mucho mayor detalle. Incluso, en el capítulo de los anexos descubrirán un par de novedades. La primera relacionada con una nueva fuente de información que se suma este ejercicio, como es el Panel de Consumo Alimentario, del que se extraen unas líneas de tendencia de consumo y gasto muy reveladoras. La segunda es la presentación de algunos de los principales resultados de algunos ensayos llevados a cabo en la Estación Experimental de la Fundación. Como muchos de ustedes conocerán, el motivo de la portada de este año y el fondo de esta misma presentación es el Invernadero Inversos, que ha demostrado un comportamiento muy favorable en las condiciones de producción almerienses. Y lo hemos elegido porque creemos que simboliza muy bien uno de los principales retos que afronta nuestra agricultura.
Llegados a este punto, como decía al principio, tal vez sea conveniente pararse y examinar la situación en la que nos encontramos. El mundo está cambiando rápidamente al paso que dicta la Globalización. Hace unos días hemos asistido en el G20 al enésimo enfrentamiento entre China y EEUU a cuenta de los tipos de cambio de sus respectivas monedas. Los emergentes, de repente, se han colado en las mesas de decisión del más alto nivel y todo indica que han llegado para quedarse. Por otro lado, la crisis golpea en la línea de flotación de la coordinación de políticas monetarias y, mientras EEUU sigue apostando por la expansión del gasto, los europeos, a medias por convencimiento, a medias por exigencias de los mercados nos vemos obligados a reconducir nuestras finanzas públicas. Por otro lado, la demanda mundial de alimentos crece, y seguirá creciendo a medio plazo. Pero lo hará en países que hasta hace poco se situaban en la periferia. Porque los países desarrollados envejecemos. Aunque también exigimos cada vez más de nuestros alimentos, y diversificamos los formatos y costumbres de consumo, y seguimos teniendo mayor capacidad de compra. Los próximos años van a resultar cruciales para muchos sectores. Como se ve en el gráfico, la tendencia de la producción agraria mundial es creciente, pero a día de hoy uno de los mercados que mejor paga sus alimentos sigue siendo el europeo. Consecuencia: la presión competitiva en nuestro ámbito va a seguir creciendo, y los acuerdos con Marruecos, las conversaciones con el Mercosur y las tendencias del mercado invitan a pensar que posiblemente eso sea lo único que no cambie.
¿Qué supone todo esto para el agricultor almeriense? En realidad nada que no esté experimentando ya: mayores agobios competitivos. Si analizamos la marcha de la producción hortícola provincial, podemos situar el momento de mayor expansión de la producción en el período 1993-1998. Durante estos años, el crecimiento de la producción es realmente espectacular. Si nos seguimos fijando, veremos que el salto fue posible gracias al aumento de la superficie y, en mayor medida, de los rendimientos. En cierta forma, el último gran impulso al crecimiento de la superficie se dio en esos años, pues luego apenas ha variado. Sin embargo, lo que realmente permitió ese crecimiento fue la entrada en vigor del Acta Única y la desaparición de los restos de protección de la Comunidad Europea. Los rendimientos físicos (los kilos por hectárea) han crecido muy deprisa, al mismo tiempo que, lentamente, los precios medios (los euros por kilo) se han ido reduciendo. La consecuencia es que los ingresos medios, los euros por hectárea, se han comenzado a deteriorar desde mediados de la década de los 90, hasta llegar a suponer en la última campaña apenas el 60% de su valor en 1975 –medido todo en términos reales, es decir, eliminando el efecto de la inflación–. Si las tendencias se mantienen, tarde o temprano, los ingresos medios se terminarían cruzando con la de los costes crecientes y terminarían las explotaciones en pérdidas. Si consideramos que la capacidad de los agricultores y sus cooperativas para presionar al alza los precios o a la baja los costes es muy limitada; la única vía que nos queda es la ganancia de productividad. Es decir, mejorar los kilos por hectárea. Y, con ello, reducir el coste medio. Pero necesitamos un factor impulsor de éstos, algo que, como en los 90, los haga alcanzar rápidamente un nivel superior. La respuesta, como entonces, estará con mucha seguridad en la tecnología.
Si tenemos en cuenta que el 20% de los invernaderos de la provincia se pueden considerar “viejos”, la mejora de las estructuras podría contribuir a dicha mejora. No sólo porque las nuevas estructuras como la de la portada sean más productivas por sí solas, sino porque permiten avanzar en las técnicas de manejo de los cultivos. Como ya les he mencionado en la exposición y como seguramente remarcará Jerónimo a continuación, en este campo aún tenemos mucho margen de mejora. Evidentemente, en el reto de la competitividad, los rendimientos físicos son una parte importante, pero no la única. Nuestros competidores aprietan cada vez más y nos ganan terreno en el campo de la judía o del melón. Como decimos en el texto del informe: “las líneas de trabajo de futuro deben también intentar minimizar las actuales debilidades (como la relativa atomización de la oferta, o la incapacidad de negociación frente a la gran distribución) y aprovechar las posibles oportunidades que surjan en el entorno”.



miércoles, noviembre 24, 2010

España, la apuesta es que esta vez cae

Grecia ha caído.
Irlanda ha caído.
Portugal, aguanta de momento, pero casi todo el mundo le da como la próxima víctima de esta carnicería de especulación.
Y luego, va España. Da igual que nuestro nivel de deuda sea inferior al de Alemania. Da igual que nuestras exportaciones crezcan a buen ritmo. Da igual que nuestro PIB de señales esperanzadoras. Es lo mismo. Esos mercados que asignan eficientemente sus recursos comienzan a plantearse la posibilidad de cobrarse una pieza de caza mayor como es España. Y han apostado fierte por ello. Si ganan, ganarán mucho dinero, y si pierden, también perderán mucho, muchñisimo, como el pasado verano. Así que no es de extrañar que la cúpula de algún hedge fund se reuniera ayer en Londres para buscar soluciones al caso de España. Eso sí, sin decir cual está siendo su apuesta.
Lo cierto, y aquí tenemos un detalle a nuestro favor, es que el supuesto rescate de España sería de tal calibre que podría terminar arrastrando al euro. El saldo de deuda española en manios del sistema bancario europeo es tan grande que se repetiría con toda probabilidad el miedo bancario en algunos países centrales de la Unión y el euro (el mayor logro de la Europa unida en términos económicos) quedaría en entredicho
Hasta cierto punto me jode que Gracia, Irlanda y, en su caso, Portugal o España terminen mordiendo el polvo y sometiéndose a los designios de unos mercados que no votan en los comicios nacionales pero que terminan imponiendo políticas económicas, casi siempre de corte restrictivo y que cargan el peso del ajuste en los hombros de las clases medias. Me pregunto si es lógico confiarse a quienes han mostrado tan poco celo a la hora de mantener limpios sus propios hogares, provocando una hecatombe financiera mundial. Sé que la emisión de deuda pública es una herramienta básica de la política monetaria y que al hacer uso de ella estamos admitiendo jugar a unas determinadas reglas, pero me cuestiono hasta qué punto es limpio y justo el sistema. Cuando hace tres años comenzaron los problemas, los países acudieron al rescate de sus bancos, que habían pecado de codicia excesiva y, por tanto, se socializaron sus pérdidas (incluso en EE.UU.). Sin embargo, ahora tienen que volver a ser los países los que asuman el importe de los costes de las operaciones de salvamento. ¿Por qué no sentarse a negociar una quita como una Argentina cualquiera? ¿Por qué esos inversores que lloraban por la garantía de sus depósitos ahora se muestran tan insolidarios?
En fin, perdonen la disgresión fruto del cabreo, pero es que cuando uno lee y ve lo que lee y ve, no pueden por menos que hacérsele los ojos chirivitas al más puro estilo Lina Morgan. Volvamos a España. Justo antes del verano, el Gobierno se tuvo que envainar sus políticas sociales y puso sobre la mesa un plan de austeridad que va dando sus frutos (ayer mismo se publicaba el dato de déficit de caja y se ha reducido casi a la mitad), la reordenación del sistema financiero se está produciendo de manera ordenada y el Banco de España está gobernando con mano firme el proceso de fortalecimiento de las cajas de ahorros, la pieza más débil del sistema por su baja aversión a las hipotecas. Incluso en el estático mundo de las cooperativas de crédito el banco central está presionando para obtener resultados en el campo de la solvencia. Es decir, se están haciendo los deberes que supuestamente se nos habían pedido, sólo que ahora nos piden aún más deberes. ¿Qué nos queda? Del lado de las cuentas públicas, deberían ser las administraciones locales y autonómicas las que mostraran sus cartas y nos contaran a los mercados y a los votantes cómo piensan afrontar sus obligaciones, incluso podría ser un buen momento para plantearnos la vigencia de algunas instancias. A lo mejor eso calma a los mercados.
Pero, ¿quién le pone el cascabel a ese gato?

lunes, noviembre 22, 2010

Irlanda que estás en los cielos

Voy a aprovechar un correo que he escrito esta tarde en respuesta a otro en el que se hablaba de cómo Irlanda había pasado de ser un ejemplo de desintervención, estrategia, previsión y liberalización a tener que ser auxiliada por los contribuyentes europeos, siendo rescatada. El correo original se preguntaba hasta cuándo íbamos a estar socializando pérdidas sociales si se suponía que es mercado era el mejor mecanismo para asignar recursos, riesgos y precios... :-)

La respuesta que he dado es lo que transcribo a continuación. Está un poco deslavazado, lo que se explica por la digestión costosa de una comida de abundante discusión:


Precisamente esta mañana leía un pequeño artículo en Público sobre Irlanda, y hace un momento leía en el twitter de Ignacio Escolar su pelea en Meneame con otro usuario que defendía que los problemas de Irlanda devienen del exceso de intervención. Me da la impresión de que el problema de fondo es que hemos convertido el debate económico en un debate dogmático. No nos damos cuenta de que en economía los dogmas no sirven, y que las ideas de hoy no son útiles para mañana y las de ayer apenas sirven para hoy. Uno de esos dogmas es el de la intervención: los liberales sueñan con una sociedad desintervenida, que es tan utópica como la socialista. Si no somos capaces de superar este duopolio ideológico mal camino llevamos.

Por otro lado, coincido. Lo de Irlanda ha sido un ejemplo. Me he hartado durante toda la década de los 90 de oír hablar de Irlanda como un ejemplo de planificación, o como un ejemplo de liberalización y, al final, ha terminado igual que la mediterránea Grecia de la que nadie esperaba nada bueno. Creo que la clave no está en una mala planificación, ni en la intervención ni en la desintervención. El problema de fondo ha estado en el sistema financiero. Los irlandeses apostaron por complementar a la City en los últimos años, jugando a la banca internacional. Ese juego, que ha demostrado ser una especie de ruleta rusa en la que la última ronda el revólver iba cargado entero, es el que ha puesto a todos a los pies de los caballos. Si lo pensamos bien, ni siquiera ha sido el mercado el culpable, lo han sido algunos agentes del mercado que se han dedicado a empaquetar humo, que luego era reempaquetado por otros difuminando aún más su origen fantasioso. Ha habido al menos dos errores de partida: nunca se debió permitir que los riesgos titulizados salieran de los balances de los bancos (fallo público y privado) y, tampoco debió permitirse la derivación de esos títulos una y otra vez (otra vez doble fallo). Lo que salía al mercado era pura mierda empaquetada en celofán de diseño.

Por otro lado, hay que comenzar a señalar con el dedo a los culpables. No basta con decir que la culpa es del mercado o del Estado. En uno y otro hay instituciones y al frente de ellas personas que son las que toman las decisiones y que, por tanto, son las que se equivocan. La transparencia no debería referirse sólo al proceso de formación de los precios, sino también a los procesos de producción de los bienes y servicios, así como a los procesos de regulación, Hoy contamos con más herramientas que nunca para un funcionamiento más transparente. Posiblemente el freno para su uso sea el miedo a perder el control (tanto en el ámbito político como en el público) y los problemas de desajuste de escalas (empresas multinacionales VS. gobiernos nacionales). O sea, que el problema va a ser, como bien decía A.S.P. hoy en la comida, de gobernanza.


viernes, noviembre 19, 2010

Sobre los precios hortofrutícolas


Se nota que estamos a final de año. No paran de llegar peticiones para los anuarios. Este artículo es para el Anuario de Agricultura de La voz, del que desconozco la fecha de publicación.

Todo el mundo sabe que estamos en crisis. Esta misma mañana he acudido a un colegio de primaria de Almería para hablar a los peques de 6 y 7 años de lo que es la economía y de la forma que la economía influye en sus vidas. Aparte de lo que me he divertido con las respuestas de los niños, he podido comprobar que tienen una idea bastante aproximada de lo que es una crisis. Saben que la gente tiene menos dinero, saben que muchos mayores se han quedado en el paro y, curioso, asocian el nombre de los políticos con la idea de crisis.
Por tanto, no exagero si digo que todo el mundo sabe o intuye lo que supone una crisis y cuáles son sus consecuencias: cierre de empresas, trabajadores en paro, menor poder adquisitivo, menor consumo… Sin embargo no todos los productos se dejan de consumir con la misma intensidad. Como bien señalaban los niños, hay cosas más importantes que otras. Pero como se supone que estamos hablando entre adultos y se tiende a creer que los economistas somos gente seria que dice cosas serias que casi nadie entiende, les diré que aquellos bienes que se encuentran en los primeros escalones de la pirámide de las necesidades de Maslow son las que menos se dejan de consumir como, por ejemplo, la comida. Si echamos un vistazo a lo que ha pasado en España en los dos últimos años, nos daremos cuenta que ha sido precisamente la comida el principal banderín de enganche de la publicidad y las promociones de la gran distribución. La racionalidad que hay debajo de este comportamiento no puede ser más sencilla, dado que lo último que dejarán de comprar los consumidores es el alimento, éste es el reclamo que debemos utilizar para convencerlos de que atraviesen nuestros umbrales.
Por otro lado, aún cuando no todos los consumidores están en situación de riesgo con respecto a sus ingresos, la sensación de miedo se transmite a lo largo y ancho de toda la sociedad, y dado que el crecimiento del paro ha sido muy grande en España, casi todo el mundo conoce a alguien que ha perdido su empleo. Para que se entienda, hay un refrán castizo que lo explica perfectamente: “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. En la medida que a nuestro alrededor se producen situaciones de desempleo o de estrés por el riesgo de perderlo, nuestra sensación de miedo se incrementa y nos comportamos de forma más comedida. En España, durante muchos meses, la propensión marginal al ahorro estuvo batiendo records. Era la materialización de ese miedo extendido por la sociedad.
Este comportamiento de mayor precaución trastocó, como no podía ser de otra forma, los patrones de consumo. Capítulos como el ocio redujeron en 2009 su consumo un 2%. Los hoteles, restaurantes y cafés, perdieron, por su parte, un 5%. Como era de esperar, aquellas partidas más elevadas en la escala de Maslow, a excepción de las comunicaciones, fueron las que más retrocedieron en ese año. Por ejemplo, los transportes cayeron un 19%, el mobiliario y equipamiento del hogar otro 16%. El consumo total de los españoles cayó, pero el de alimentos y bebidas en el hogar apenas se movió (-0,5%) y el de bebidas alcohólicas incluso creció (11%), al igual que el gasto en medicinas y salud. No es extraño, en una recesión como la que estamos dejando atrás, las enfermedades se disparan, ya que el estrés y el pesimismo contribuyen a que nuestra salud empeore.
En cualquier caso, la alimentación en general perdió algo de fuelle durante 2009, pero mucho menos que el resto de sectores de consumo, tal y como decía la teoría que sucedería. ¿Qué ha pasado mientras tanto con las frutas y hortalizas? Como alimentos que son, han perdido ventas en los canales de la restauración y hostelería, pero en el hogar han aumentado de forma importante. Según el panel de consumo alimentario que elabora el ministerio de medio ambiente, medio rural y marino, el consumo de frutas frescas aumentó en los hogares españoles un 11,8%, mientras que el de hortalizas lo hizo en un 14,3%, compensado ampliamente los descensos del canal hostelero. Evidentemente, estos porcentajes están calculados sobre kilos.
Como seguramente sospecha el lector avezado, aún más si es agricultor, este aumento de consumo debería haber tenido una repercusión al alza sobre los precios de estos bienes, alza que debería haberse trasladado en parte hacia la zona baja de la cadena de suministros hasta llegar al agricultor. Pero esto no ha ocurrido, antes al contrario, los precios llevan mucho tiempo a la baja, poco a poco, pero de forma continua. Según la serie que calculamos en la Fundación Cajamar, los precios en la última campaña fueron, de media, un 40% menores que en 1975 en términos reales. Es decir, la base sobre la que se sustenta el negocio de la principal actividad almeriense está inmersa en una espiral deflacionaria a la que sólo podemos hacer frente produciendo más o haciéndolo más barato. O las dos cosas. Sobre estas cuestiones pueden, si quieren, ojear el Análisis de Campaña que edita la fundación cada año y que está disponible en su página web.
Lo que me interesa en este artículo es poner de manifiesto que, habiendo aumentado el consumo, los precios de venta al público no sólo no han crecido, sino que han bajado de manera significativa. Es evidente que la crisis tiene mucho que ver en ello, aunque este tipo de bienes deberían estar más protegidos de los descensos de precios. También es evidente que la tendencia es decreciente desde hace décadas. Digamos ya que según el panel, el descenso de los precios medios en 2009 fue del 6,3% para las frutas y del 3,7% para las hortalizas frescas, muy por debajo del IPC (-0,3% calculado sobre medias anuales). ¿Hay alguna otra razón que ayude a explicar este comportamiento? Creo que si. A diferencia de otras crisis pasadas, ésta es la primera de carácter realmente global, por haberse producido en el mismo corazón del sistema capitalista: el sistema financiero de EE.UU. Esto propicia una mayor competencia, independientemente de la coyuntura económica y favorece el descenso de lo precios. Pero también ésta ha sido la primera crisis en España en la que la gran distribución acumulaba la mayor parte del mercado nacional. La desaparición paulatina de intermediarios y de comerciantes minoristas ha provocado un acortamiento de la cadena (lo que abarata costes), pero también hemos asistido al crecimiento desmedido de muchos de los agentes finales. Hace 20 años en este país apenas nadie conocía la empresa Mercadona. Hoy es líder absoluto de ventas de productos de alimentación y gran consumo de España. El crecimiento de estas empresas ha servido para que acumulen un poder de mercado enorme, y para que impongan su ley en el resto de la cadena de suministro, desde la otrora poderosa industria alimentaria hasta, por supuesto, los menos organizados agricultores o cooperativas de comercialización.
A mi modo de ver, la gran distribución ha tenido claro que la forma de llevar a los consumidores a sus tiendas era ofrecer una cesta de la compra barata, siendo los alimentos la parte del león de la misma. Y han puesto a funcionar sus capacidades para lograr este objetivo, presionando a los proveedores hasta el límite de sus posibilidades. Éste, junto con el resto de factores, son los que provocan el descenso de los precios.
La mala noticia es que no se vislumbra ningún cambio a mejor para los productores de alimentos, fuera del hecho cierto de que la población mundial sigue aumentando y que, por tanto, la demanda también lo hará. Si Almería opta por ser un proveedor de precios bajos, tarde o temprano será barrida del mapa por la oferta de países con costes estructurales y de producción más bajos. Tenemos que caminar en otras direcciones, aprovechando el poder que nos da ser uno de los principales productores de frutas y hortalizas del mundo, poniendo en valor todos nuestros valores y conocimientos y aprovechando el desconocimiento de los que quieren entrar en los mercados.
Ya sé que es muy fácil decirlo, pero sirva como consuelo que lo hemos estado haciendo bien en los últimos 30 años, y que otros que han estado en la misma tesitura en la que nos encontramos ahora nosotros, como Holanda en los 90, fueron capaces de reinvertarse, adaptarse y sobrevivir.

domingo, noviembre 14, 2010

La evolución del talento, de J.M. Bermúdez de Castro

"Somos primates sociales, territoriales, jerárquicos y con un comportamiento sexual muy poco definido. Nuestras ricas tradiciones culturales interactúan con estos caracteres, pero no son capaces de hacerlos enmudecer".

Esta es la principal idea que subyace en el ensayo de Bermúdez de Castro. Debajo de toda nuestra tecnología, de las capas y capas de cultura, educación y refinamiento, se esconde un primate cuya biología aparece por los resquicios de nuestro comportamiento en todo momento. El libro trata de explicar cómo el talento ha sido una de las características evolutivas que han permitido al homo sapiens triunfar para adaptarse a casi todos los ecosistemas de la tierra.
De paso, aprovecha para dar una lección magistral sobre la evolución humana, haciéndonos volar con la imaginación a distintos momentos del tiempo y acercándonos con sus ejemplos y comentarios a otras humanidades.
El análisis realizado (por cierto mucho mejor la primera parte del libro que la segunda) pone en perspectiva nuestra propia humanidad y nos proporciona una cura de humildad enorme. No estamos tan lejos de nuestros primos (casi hermanos) los chimpancés y, desde luego, otros representantes del género homo debieron de compartir con nosotros muchas similitudes y muchas actitudes que considerábamos genuinamente humanos. Ahora bien, lo cierto es que, de entre todas las especies del género homo, sólo la nuestra prosperó. Evidentemente, algo sí que teníamos distinto.
La segunda parte del texto se dedica a ofrecer una aplicación de las lecciones evolutivas en el ámbito de los grupos humanos y, especialmente, en el espacio de las organizaciones. Cuestiones como el sexo, la territorialidad y la jerarquía entorpecen el buen funcionamiento de los grupos de trabajo y es papel de los líderes de los grupos salvar esos problemas para llevar a buen puerto. Tal vez lo mejor de esta segunda parte del libro sea la que dedica a explicar los comportamientos extremos del líder natural y el líder dictatorial. Rápidamente uno se sitúa entre esos dos extremos y localiza ejemplos conocidos de uno y otro tipo.
En suma, un libro que anuncia profundizar en la evolución del talento y que apenas se ocupa de ello, ya que la mayor parte del tiempo se habla de la propia evolución de la especie, y de las repercusiones que nuestra naturaleza primate tiene para nuestra conducta en las sociedades y momentos actuales (por cierto, mucho más interesante y amplio que lo que se promete en el título).
Por cierto, otro punto positivo son las citas de comienzo de capítulo, todas ellas estupendas. Sirva la siguiente como ejemplo (y así terminamos como comenzamos):
"A finales de los años 70 llegué a aceptar que el lado oscuro y perverso de la naturaleza humana estaba profundamente arraigado en nuestro remoto pasado. Poseíamos una acentuada predisposición a actuar de manera agresiva en determinados contextos; y esos contextos –los celos, la lucha por los alimentos, el sexo, el territorio, el miedo y la venganza, etc.– eran los mismos que generaban la agresión entre los chimpancés."
Jane Goodall, Gracias a la vida 

jueves, noviembre 11, 2010

Reinventar un sector


Ideal me ha pedido una colaboración para su especial del día 19 de noviembre para la Fiesta de los Premios del Mármol. Pensaba escribir no más de 2 páginas y no menos de 1, pero al final he cogido carrerilla y me ha salido una parrafada que no sé si publicarán entera. En cualquier caso, aquí esta completo:

Vamos a innovar comenzando por revocar el título del artículo en el primer párrafo. No hay un sector del mármol, sino más de uno. Para simplificar, podríamos hablar de al menos dos, aunque es demasiado simplista y alguien podría enhebrar el chiste fácil de que, efectivamente, son dos: los vivos y los muertos.
La gravedad de esta crisis, ya bautizada por muchos como la Gran Recesión, ha sido tal que es prácticamente imposible encontrar un solo sector que no se haya visto afectado por la misma. A nivel internacional, la quiebra de la confianza en el mercado de capitales ha producido un auténtico credit crunch, seguido de un proceso de deflación de activos financieros (o de deuda, si lo miramos desde otro punto de vista). En cualquier caso, los efectos sobre el sector productivo han sido generales y demoledores. Las entidades financieras bajo sospecha, o de países bajo sospecha, han encontrado enormes dificultades para refinanciarse, lo que se ha transfundido a lo largo de los vasos capilares del sistema (las oficinas bancarias) hasta las empresas, quedando en el arcén muchas compañías muertas por inanición financiera, y provocando efectos dominó en a lo largo de todo el sistema productivo. Como es sabido, en España sumamos a esta situación nuestra propia crisis interna. El desarrollo inmobiliario de los últimos años había generado un entorno de euforia que no se correspondía con la realidad de los fundamentos de la economía nacional. Nos embarcamos en un modelo que priorizaba la movilización de los recursos productivos (como la mano de obra), en vez de apostar por la productividad de los mismos.
Trabajadores, empresas y gobierno nos felicitábamos por las sucesivas bajadas del desempleo sin darnos cuenta de que estábamos alimentando un animal salvaje que, con toda probabilidad, acabaría por devorarnos.
Cuando hace dos años explotó la crisis financiera mundial, comenzamos a sentir como se deshacía bajo nuestros pies el edificio de arena en el que nos encontrábamos tan cómodos, y es ahora que apenas estamos comenzando a salir del profundo túnel en el que nos encontrábamos. Los últimos datos sobre el PIB (adelanto de un +0,2 interanual en el tercer trimestre de 2010) nos indican que lo peor ya ha pasado y que la economía nacional se encuentra en fase de recuperación, aunque ésta es todavía muy débil. La herencia que nos va a dejar va a ser muy complicada de gestionar: una enorme cantidad de población parada, y un tejido de pequeñas empresas prácticamente arrasado en muchos subsectores, lo que presupone que la recuperación será un proceso más lento y costoso de lo deseado.
No obstante, con unos mercados internacionales de nuevo en fase de expansión, las expectativas de futuro son menos sombrías que hace 12 meses. De esta forma, las opciones que se abren a las empresas del sector de la piedra natural almeriense son más amplias. A pesar de que la incertidumbre sigue pesando sobre la deuda soberana y privada de España, el dinero poco a poco está volviendo a fluir por el sistema, aunque de momento con unas condiciones de acceso al crédito más elevadas que hace unos años. Esta circunstancia, a la larga, tendrá repercusiones positivas sobre todo el sistema porque incidirá en una reducción de las tasas de morosidad de toda la economía y garantizará una mayor rentabilidad para el capital, tanto bancario como de los accionistas y promotores privados; pero a corto plazo también va a limitar el número de proyectos que se pongan en marcha y se van a segar muchas ideas arriesgadas con potencial.
Ahora bien, el entorno ha cambiado. Ya no estamos en el mundo de 2008. Las economías emergentes han tomado las riendas del crecimiento económico mundial. Ahora son ellas las que están obteniendo los principales réditos de la recuperación, mientras que las economías desarrolladas están saliendo de la crisis con ritmos casi anémicos. Este cambio geoestratégico no sólo va a tener consecuencias en el reparto de papeles en las organizaciones económicas multinacionales, también va a implicar un mayor énfasis en la apertura de mercados, y una mayor presencia internacional de las empresas de estos países. Compañías chinas, brasileñas, indias, mexicanas o rusas irán tomando posiciones cada vez en un mayor número de sectores, con la consecuencia evidente de un aumento de la competencia en todos los mercados, tanto nacionales como internacionales y en todos los rubros productivos.
Almería cuenta, afortunadamente, con un par de ventajas. La primera es una marca consolidada. Macael, Olula del Río y su entorno son sinónimos de piedra de calidad en los mercados sectoriales, de la misma manera que El Ejido es sobradamente conocido en el mundo de la agricultura. La segunda es la existencia de una red de empresas, instituciones y estamentos sociales que trabajan de forma más o menos coordinada a favor del sector, tanto de manera explícita como tácitamente. Sin embargo, junto a estas evidentes fortalezas, aparecen un cúmulo de debilidades que deben ser tenidas en cuenta y resueltas si se quiere superar la actual coyuntura.
Hace unos meses, el Servicio de Estudios de la Fundación Cajamar presentó el número 23 de su colección Informes y monografías, que estaba dedicado a la industria del mármol de la provincia (www.fundacioncajamar.com/informes.html). En esta publicación, basada en una encuesta pasada a una amplia muestra de empresas del sector, se llegaban a algunas curiosas conclusiones. Concretamente, en su página 8 se puede leer: “(…) casi se puede afirmar que existen dos sectores claramente diferenciados: el de las micro y pequeñas empresas y el de las de más de 50 trabajadores, en las que las cuestiones como internacionalización, diferenciación e innovación tienen verdadero sentido”. He aquí la mayor debilidad, la existencia de una dualidad tan absoluta en el tejido empresarial, que apenas hay términos medios. Los tiempos de “vacas gordas” no han alumbrado un tejido equilibrado, sino que han posibilitado el nacimiento y supervivencia de muchas pequeñas empresas cuyo principal argumento de venta era el precio y que podían seguir vivas por la enorme demanda que existía. Es de imaginar que las grandes sí que aprovecharon la ocasión para fortalecerse y supieron invertir para obtener diferenciación, volumen e internacionalización. Es como si el propio mercado se hubiera encargado de polarizar la oferta y su estructura. El resultado es que muchas de las pequeñas empresas creadas no son hoy viables y, por tanto, parte de la inversión (hablamos de la suma de muchas pequeñas cantidades) es y va a ser improductiva por años. Esto sólo se soluciona con un ajuste de capacidad que, forzosamente, va a generar mucha frustración y desmotivación entre los agentes de la comarca.
Otra de las debilidades mostradas en el estudio referenciado, y también relacionada con las facilidades de los buenos tiempos, tiene que ver con las estrategias de competitividad seguidas por la mayor parte de las empresas. A tenor de los datos recopilados, opciones como la diferenciación, la innovación o el I+D no han sido tenidos en cuenta por las sociedades mercantiles de la comarca; en parte porque no eran necesarias, en parte porque para algunas de esas políticas se requiere una dimensión que la mayor parte de las compañías no alcanzaba.
Finalmente, creo que hay señalar que la estructura financiera mostrada por las empresas en la encuesta las hacía especialmente vulnerables a una crisis como la actual, en la que se entrecruzan problemas de sobrecapacidad con las dificultades de financiación generales del sistema. En realidad es también una consecuencia de la poca dimensión de la mayoría, lo que dificulta el acceso a elementos de financiación más elaborados.
Partiendo de estas bases, resulta muy complejo plantear una clara estrategia de salida para la crisis. Creo que, a estas alturas, mucho del ajusto productivo debe haberse realizado ya. Las variaciones del empleo y del desempleo en la industria almeriense (a falta de datos de la propia Asociación de empresarios) muestran que, aunque el proceso continúa, lo hace a una velocidad de crucero mucho menor. En este sentido, la eliminación de mucha de la grasa productiva –cierto que en esta crisis, además, hemos perdido masa muscular y ósea– va a posibilitar que las empresas supervivientes estén en condiciones de afrontar los posibles crecimientos de demanda con una menor presión de la competencia a nivel local. Ahora bien, estos incrementos de demanda probablemente se produzcan antes en los mercados exteriores que en el nacional, por lo menos en lo que a la construcción se refiere. Por otra parte, ya hemos advertido del incremento de la competencia internacional proveniente precisamente de las economías que están sufriendo actualmente las mayores tasas de crecimiento y, por tanto, de ampliación de mercados. Es decir, no sólo habrá que luchar por mantener las posiciones actualmente ganadas en nuestros destinos tradicionales, incluido España, sino que tendremos que plantearnos en muchos casos acceder precisamente al pastel que se está horneando en los países emergentes.
Esta premisa implica, en primer lugar, la necesidad imperiosa de ganar competitividad. Las vías para lograrlo son cosa de cada empresa, aunque las recetas al uso hablan de desarrollo e inversión en nuevas tecnologías productivas. Pero, si jugamos a ser originales (tampoco demasiado), tal vez tendríamos que hacer caso a la definición más sencilla de innovación que circula por Internet. Innovar es cambiar algo logrando al tiempo más valor para la empresa. Revisemos nuestros procesos productivos en busca de nuevas ideas y de ahorros de coste, repasemos nuestro catálogo de productos y tengamos el valor de deshacernos de los que no nos aportan, imaginemos nuevos formatos y formas para nuestro producto y seamos conscientes de que en un mundo tan competitivo hay que ser capaz de lograr que nuestro consumidor retenga nuestro nombre en su cabeza: aportémosle argumentos.
Comprendo que el lector de estas líneas, sobre todo si es un empresario de esta industria, me echará en cara que es muy fácil decir según qué cosas cuando uno no tiene encima el aliento urgente del día a día, y que lo de pararse a reflexionar sólo se puede hacer desde la tranquilidad de un despacho en un gabinete de estudios. A ese empresario quiero decirle que tiene razón, pero que, al igual que un corredor de fondo no sólo debe tener buena forma física, sino también capacidad para desarrollar una estrategia de carrera adaptada a las condiciones cambiantes de la misma; si desea sobrevivir no tiene más remedio que parar un momento, aislarse de la angustia del instante fugaz y tomar decisiones pensando en términos de futuro. Y esas decisiones, seguramente, alumbrarán un sector absolutamente reinventado y mejor.

lunes, noviembre 01, 2010

Una relación simbiótica

Este artículo es una petición de la Revista Poniente, para el número conmemorativo de su 25 aniversario.


Cuando alguien comienza a recordar sucesos de hace 25 años o más significa, guste o no, que comienza a tener una edad. Supuestamente, esa edad es también sinónimo de experiencia y de conocimiento, como es el caso de la publicación en la que se inserta el presente artículo. No faltar a la cita con los lectores durante un cuarto de siglo es toda una proeza, sobre todo en un país como España, en el que la lectura no es precisamente un deporte nacional. Y, sobre todo también, porque se trata de una publicación especializada en horticultura.
El asunto del que me propongo hablarles es similar a la propia historia de la revista. Estoy seguro de que los responsables de la misma encontrarán incluso algunas similitudes con su propia experiencia vital, no en vano ha sido el mismo ecosistema el que ha permitido el desarrollo de ambas empresas: la Caja Rural (hoy Cajamar) y la revista.
Desde hace unos años mantengo la opinión de que Almería es un auténtico laboratorio económico y social. Esta provincia es una rara avis en cuanto a su motor de desarrollo: la agricultura. También lo es en relación al proceso inmigratorio, por la velocidad e intensidad del mismo; o por los conflictos iniciales por el uso de los recursos naturales entre agricultura y turismo; o por la propia configuración social y el nacimiento de instituciones propias de la sociedad civil. Cualquier economista o sociólogo se frotaría las manos con un sujeto de estudio tan interesante, multiforme y cambiante como éste.
Es en ese ámbito en el que se produce la historia de simbiosis entre el sector productor y comercializador de hortalizas y la entidad Caja Rural de Almería. En los inicios de la agricultura almeriense, los productores recurrían para la financiación de su circulante al crédito comercial de las alhóndigas. Pero el paso a la comercialización en destino y las crecientes necesidades de financiación del sector volvieron a esta primera solución bastante poco operativa. Ahí entró en juego la Caja. Con el gen agro inserto en su ADN, Caja Rural pronto vio que el sector de los cultivos de primor tenía una serie de necesidades financieras a las que ella podía y debía responder. Y le acompañó desde entonces en todos sus avatares: la mejora de las estructuras, las inversiones en calidad, la eliminación de residuos, la internacionalización, la búsqueda de nuevas vías de negocio. Y con toda seguridad le seguirá acompañando allá donde el futuro le lleve.
No es sólo que la Caja contribuyera a la financiación del desarrollo agrario almeriense, sino que la relación tan especial con este sector marcó a fuego el carácter de la caja, que hoy, aunque con una diversificación sectorial más amplia, fruto de su expansión territorial, sigue considerando al agroalimentario como su ecosistema natural y un sector estratégico.
El compromiso de la Caja con el campo no sólo ha estado centrado en el terreno de la financiación. Como ya se ha mencionado, ha sido una relación simbiótica. La entidad sabía que aquello que hiciera bien al sector, finalmente terminaría redundando en su propio bienestar. De ahí el esfuerzo investigador que se puso en pié con las estaciones experimentales primero, que continuó con el Instituto de Estudios, después, y que actualmente continúa la Fundación Cajamar.
En resumen, hoy la agricultura de Almería sería muy distinta sin la Caja, pero también, Cajamar sería muy otra si no hubiera convivido con la agricultura. Ambas han crecido y se han desarrollado la una junto a la otra, aprendiendo en cada paso y apoyándose, espalda contra espalda, para superar los momentos difíciles. De esa forma, ambas se han hecho grandes.