lunes, diciembre 27, 2010

La Ley Sinde: churras con merinas

Anoche no podía dormir. Así que me acosté con el ordenador y me puse a repasar el twitter con detenimiento. La mal llamada Ley Sinde lo estaba petando. Desde su descalabro en el Parlamento la semana pasada, sigue siendo uno de los temas más comentados en la red de microblogging. Desvelado como estaba me leí algunos artículos sobre el tema. Varios de David Bravo, uno de Berto Romero en Público y otro de Ramoneda en El País. Como no lo tenía claro y no tenía sueño (o sea, tenía tiempo) me dio por ojear-leer el Proyecto de Ley de Economía Sostenible en el que aparece el elemento de disensión en forma de disposición final primera.

Y eso es lo primero que me llamó la atención. Una ley que intenta fomentar la competitividad e internacionalización de las empresas, una ley que aboga por la transparencia y la eficiencia en las Administraciones Públicas, una ley que favorece el desarrollo de la economía del conocimiento, una ley que se ocupa de la producción de energía primaria y que pretende reformar el mercado financiero se arriesga a quedar en la cuneta por culpa de una disposición adicional. Algo tan importante encallado por algo tan nimio, hasta el punto que la disposición adicional ha terminado por darle nombre a la ley, el famoso #leysinde. ¿Por qué el PSOE se la jugó tan tontamente con esta ley que se antoja tan vital para nuestro futuro? ¿Pensaban que la disposición pasaría desapecibida? Si es así, demuestran que no tienen ni idea de lo que va Internet. Primera crítica: mezclaron churras con merinas y ni unas ni otras entraron al redil.

Pero es que hay más. Antes de entrar en el fondo del asunto, uno de los principios que debe guiar la labor del legislativo de acuerdo a la ley esel principio de transparencia. Dice el proyecto textualmente: "En aplicación del principio de transparencia, los objetivos de la regulación y su justificación deben ser definidos claramente y consultados con los agentes implicados". Cosa que, evidentemente, aquí no se ha hecho o se ha hecho parcialmente. Segunda crítica: no se hace lo que la Ley exige que se haga.

Finalmente, la creación de la Comisión de Propiedad Intelectual, "como órgano colegiado de ámbito nacional, para el ejercicio de las funciones de mediación y arbitraje y de salvaguarda de los derechos de propiedad intelectual que le atribuye la presente ley". Aquí hay que hacer notar que no tiene el rango de regulador del mercado, como en los casos de la comisión de la energía o la comisión nacional del mercado de valores. El párrafo que creo yo ha suscitado la controversia dice:
(...) podrá adoptar las medidas para que se interrumpa la prestación de un servicio de la sociedad de la información o para retirar los contenidos que vulneren la propiedad intelectual por parte de un prestador con ánimo de lucro, directo o indirecto, o de quien pretenda causar un daño patrimonial. La ejecución de estas resoluciones, en cuanto puedan afectar a los derechos y libertades garantizados en el artículo 20 de la Constitución, requerirá de la previa autorización judicial, de acuerdo con el procedimiento regulado en el artículo 122 bis de la Ley reguladora de la Jurisdicción Contencioso Administrativa.

Es decir, hasta ahora los jueces entraban en el fondo del asunto, escuchando a las partes y tomando la decisión. Ahora es una comisión integrada por mayoría de representantes de las entidades de gestión y de la administración quién puede tomar la decisión, correspondiendo a los jueces corroborarla o no, pero no entrando a juzgar la posible vulneración de derechos de propiedad. El objetivo es evidente: las páginas que publican enlaces de torrents o similares. La clave, el lucro indirectco: si tiene publicidad  hay un ánimo de lucro indirecto. Sin embargo, se vuelve a mostrar  un amplio desconocimiento del tema, ya que la mayor parte  de las aplicaciones PeerToPeer pueden prescindir de intermediarios, pudiendo buscarse los archivos desde esas mismas aplicaciones, sin necesidad de recurrir a webs de enlaces. O sea, que no tendrán los resultados esperados, aunque la ley se apruebe con el actual articulado. Tercera crítica: no tienen ni puta idea.

Posiblemente, este asunto requiera de un debate exclusivo y público, en el que unos y otros expongan sus argumentos. España no es ni de lejos el país más pirata del mundo, pero también es cierto que se vulneran los derechos de propiedad con gran facilidad. Hay que poner en la palestra muchos asuntos, tales como la duración de los derechos de propiedad intelectual (no tiene sentido que duren más que los de una patente), la nueva estructura del mercado de la distribución de contenidos, el derecho de los creadores a cobrar por su obra y los intereses de los usuarios. En este sentido, lo que actualmente quieren los creadores es seguir manteniendo el status quo previo al surgimiento de Internet. ¿Alguien se imagina a los minilabs que hace 10 años poblaban las zonas comerciales de España exigiendo un canon por cada cámara digital o por cada impresora vendida y proteger así su fuente de ingresos (el revelado de negativos fotográficos)? Algo así es lo que plantean la SGAE y otras entidades gestoras de derechos. Internet ha permitido que el mercado sea más global y transparente (se han eliminado intermediarios, se han eliminado los soportes físicos, el consumidor puede acceder a unidades de producto más pequeñas -canciones en lugar de LP completos- y ha permitido una importante reducción de los costes de transacción). En realidad, los creadores deberían verlo como una oportunidad y no como una amenaza, ya que se multiplican los puntos de venta (uno por cada pantalla conectada) y los clientes potenciales. Los verdaderos perdedores son los distribuidores del siglo XX: las tiendas y las distribuidoras tradicionales. La solución no pasa por eliminar contenidos de la red, sino por aportar más cantidad y más valor en ellos para poder cobrarlos.
Siempre ha existido y existirá el consumidor parásito, pero la mayor parte de los compradores se comportan de forma honesta si tienen la posibilidad de hacerlo. No soy un ejemplo, pero desde que existe la iTunes Store en España y Spotify no descargo música ilegal. Ahora que ya hay algunas iniciativas de videoclub a la carta con calidad de visionado estimo que mis descargas de películas ilegales desaparecerán y lo mismo ocurrirá con los libros y las series en cuanto haya una oferta solvente y razonable en precios. Mientras, el consumidor se buscará la vida como siempre lo ha hecho: si en el mercado oficial no encuentro lo que busco, acudo al mercado negro.

El problema es que cuanto más tiempo pase el consumidor en ese mercado negro, más complicado será que vuelva a pagar por algo que puede conseguir gratis, pero la manija de ese reloj la tienen las distribuidoras y los creadores. ¿Serán capaces de darse cuenta?

viernes, diciembre 24, 2010

Resumiendo 2010

Como resultados principales de este ejercicio económico hay que destacar la reactivación de la actividad a partir del primer trimestre del año, aunque bien es cierto que con unos niveles muy débiles que no permiten aún mostrarse optimistas en demasía con respecto al futuro inmediato. Tanto el ISINO como el propio dato del PIB muestran un comportamiento similar, señalando el final de la recesión pero sin mostrar el brío que cupiera esperarse.
Las razones a esta debilidad están relacionadas con la profundidad de la crisis, pero también con la incertidumbre de los agentes económicos españoles y la naturaleza financiera del conflicto. En un escenario de deflación de deuda el ajuste se hace más complicado y prolongado, ya que a las circunstancias comunes de cualquier crisis, se le suman las rigideces financieras. Japón ya vivió algo similar durante la última década del siglo pasado, aunque agravada por un proceso deflacionario en los precios finales de los bines y servicios nipones.
Por otro lado, el ajuste en la economía española se ha cebado con el empleo, provocando un aumento sin precedentes de la tasa de paro, y la entrada en situación de riesgo de exclusión económica de un número importante de ciudadanos. Esta reacción, podríamos decir que ya tradicional, se ha visto intensificada al ser el sector de la construcción (el que más fuertemente se ha visto afectado) muy intensivo en empleo. La situación de burbuja en la que se encontraba el mercado inmobiliario y el amplio número de sectores y actividades conexas ha amplificado los efectos y ha servido de sistema de retroalimentación para la propia crisis financiera.
Todo este conjunto de factores implican que el escenario de futuro no sea precisamente claro y que, pese a los brotes verdes que se han podido observar a lo largo de 2010, tanto los analistas como los propios mercados de capitales internacionales, mantengan serias dudas sobre la capacidad de la economía española para recuperarse.
En un claro ejercicio de búsqueda de la simpatía de esos mercados financieros, el gobierno español ha anunciado y realizado una serie de reformas dirigidas, por un lado, a equilibrar las finanzas públicas a corto y medio plazo y, por otro, a flexibilizar algunos de los cuellos de botella de la economía nacional. Muchas de estas medidas van a tener un cierto impacto en los sacrificios añadidos que la ciudadanía tendrá que sufrir durante este proceso, otras podrían constituir una oportunidad para reordenar los servicios públicos y las competencias de cada una de las Administraciones, evitando en la medida de lo posible los actuales conflictos y solapamientos.
Este período que estamos viviendo es, desde el punto de vista del observador curioso, una prueba de fuego para los gobiernos occidentales. El juego de los equilibrios está redibujándose, dando paso al poder creciente de los denominados países emergentes, imprescindibles actualmente para dilucidar la resolución de este nudo gordiano que es la crisis mundial. China, India y Brasil se han convertido en grandes acreedores internacionales. Son los países que han financiado el déficit exterior de Estados Unidos o España y, ahora, deberían sacrificar una parte de su posición excedentaria para dejar margen de mejora a las economías occidentales. El problema surge cuando China no está dispuesta a sacrificar el férreo control que mantiene sobre su divisa, artificialmente devaluada.
Las cartas están sobre la mesa, y 2011 debe ser el año en el que comiencen a vislumbrarse algunas soluciones, lo que no sabemos aún es cuáles serán las elecciones que tomarán los gobiernos y los mercados, incluso si habrá una pérdida de poder de los unos en manos de los otros, de lo que si que estamos seguros es de que el futuro se está comenzando a escribir ahora.

miércoles, diciembre 22, 2010

Felices fiestas 2010-2011



Hecho con un iPhone, Talking Tom e iMovie.

martes, diciembre 21, 2010

Tiempo de revolución

Anoche llegué a mi casa después de asistir a la entrega de premios de La Voz de Almería en la que, por cierto, destacó la orquesta (aunque con un volumen demasiado alto que llegaba a molestar en algunas notas) y el número cómico que sirvió de desatascador a lo largo de sus 3 intervenciones. Durante la última parte del cocktail estuve interviniendo (más como oyente que otra cosa) una interesante conversación entre dos queridos amigos sobre si la actual crisis es una más de las muchas crisis que el capitalismo ha dado, o de si se trata de algo más profundo.
De vuelta a casa, en el coche, recordé la conferencia de Carles Manera a la que asistí la semana pasada en la que hablaba de una nueva revolución industrial. También recordé una conferencia impartida por mi (a veces tengo memoria de pez) hace dos años, en la que hablaba de las crisis superpuestas. Y, esta mañana, nada más despertarme, incluso antes de enfrentarme a la dura tarea diaria de reconocerme en el espejo, me volvió a la cabeza. Así que hoy, antes de seguir con la redacción de la memoria, me veo obligado a realizar este ejercicio de descarga, o no podré trabajar en paz en todo el día.
Vayamos por partes. Lo primero es hacerse bien la pregunta: ¿estamos viviendo un tiempo de Revolución? Y cuando digo Revolución, lo hago conscientemente en mayúscula, porque con ello me refiero a un cambio disruptor, uno de esos momentos en los que los historiadores ponen la marca de un hito, de una nueva edad.
Los argumentos a favor son convincentes. La globalización y, sobre todo, las nuevas tecnologías han modificado la forma en la que las sociedades se proveen de sus bienes. Las TIC han commoditizado la industria, que se ha convertido en una parte del proceso de que apenas aporta valor añadido. Esto que, a priori, podría parecer una anécdota resulta más serio de lo que parece, porque supone la ruptura de un modelo que se alumbro con la Revolución Industrial. Hoy, la tenencia de bienes de capital (la maquinaria de las industrias) no es relevante, el poder económico se ha trasladado a la distribución y a las fases de diseño, en las que se utilizan TIC y conocimiento de forma intensiva. Pero es que, además, la mayor parte de las mayores empresas multinacionales del momento no son ahora las del automóvil o las del electrodoméstico, son las derivadas del capital intelectual y las del I+D intensivo: tecnología de la información y software y biotecnología. El cambio no es la desaparición de la Ford o de la General Motors, es la sustitución de las mismas como líderes empresariales en manos de Microsoft, Apple, Google, Monsanto o Celera Genomics.
Pero, para encontrarnos en una verdadera revolución deberíamos tener movimientos tectónicos en el ámbito social. Dentro de ese contexto podríamos señalar las incidencias que la red y las relaciones sociales en red están creando. Por ejemplo, desde siempre la labor del espionaje había sido robar los secretos del enemigo no para publicarlos, sino para usarlos en tu beneficio. Hoy Wikileaks, poco más que un puñado de personas con una idea, ha puesto contra las cuerdas al departamento de estado estadounidense con sus filtraciones masivas de documentación. El objetivo no es el beneficio, sino la transparencia. Los derechos de autor se encuentran en un momento de redefinición a pesar de las presiones de los autores y de las agencias de protección de derechos, porque la tecnología los ha convertido en papel mojado, de la misma manera que muchas de nuestras leyes se han visto superadas por la realidad de la tecnología. La sociedad humana está comenzando a saltar las barreras nacionales, las asociaciones de interés hoy no se limitan a la empresa, o al país. De la misma forma que las multinacionales tienen hoy más facilidades que nunca para surgir y desarrollarse, usando las mismas herramientas, los movimientos sociales comienzan a superar las divisiones tradicionales. La sociedad comienza a polarizarse entre los que tienen acceso a la red y los que no, y entre los que tienen un acceso de banda ancha (que posibilita acceder a contenidos y servicios más intensivos) y los que no.
Y, por debajo de estos cambios, casi de forma alegre y desenfadada nos vamos acercando a los límites de nuestro planeta, avanzando hacia la madre de todas las crisis malthusianas de la humanidad (porque ya las ha habido). Una situación en la que actualmente no pensamos o en la que tendemos a pensar que la tecnología nos terminará salvando (véase por ejemplo la esfera de Dyson, que aunque hubiera tecnología suficiente para construirse –en su planteamiento más extremo–, no habría materia suficiente en el sistema solar para completarla).
En el extremo contrario de la argumentación, el planteamiento de que estamos asistiendo a una más de las crisis sistémicas del capitalismo también tiene argumentos a su favor. El modelo económico alumbrado tras la II Guerra Mundial apenas ha cambiado, la terciarización de la economía comenzó ya entonces. Además, una parte importante de esta terciarización proviene de los procesos de externalización de los procesos que antes eran parte del proceso manufacturero. En este esquema de pensamiento, el proceso de globalización es hijo del que comenzó en los orígenes del s. XX y que se vio interrumpido por las guerras mundiales, como válvulas de escape de las presiones que se acumularon en el proceso previo. En esta visión de largo plazo, las diferencias con el pasado inmediato se relativizan, siendo el capítulo actual uno más en un proceso histórico que aún no habría llegado a la ruptura.
Sin embargo, algo me dice que hoy un discurso político-económico como el de Marx no tendría sentido, que las explicaciones al uso de la economía no son capaces de cubrir todos los aspectos de esta multiforme crisis y que la sociedad comienza a descubrir un mundo menos inocente y más conectado en el que el poder de la ideas de unos pocos pueden poner de rodillas a los estados. Algo me dice que dentro de unos siglos, nuestros descendientes (si es que sobreviven) mirarán hacia nuestros días y pondrán en la frontera entre los siglos XX y XXI el comienzo de una nueva edad: la Edad Conectada.

jueves, diciembre 09, 2010

El homo sapiens tecnologicus

A los economistas siempre nos ha gustado creer que la economía tiene mucho que ver con las ciencias llamadas puras, o exactas. En el fondo, es muy tranquilizador que los sucesos puedan predecirse, como que a nivel del mar el agua hierve a 100º C. También es muy sensato pensar que las tendencias registradas en el pasado nos puedan servir para predecir el futuro o, más exactamente, para poder influir sobre ese futuro.

Sin embargo, de vez en cuando, se nos viene encima un acontecimiento tan enorme como la presente crisis financiera internacional, y entonces nos encontramos como esos niños que son felices con su chupa-chup en la boca justo hasta darse cuenta de que en el palo ya no queda ningún caramelo. Por mucho que insistamos en decir que algunos economistas lo vimos venir, la verdad es que casi nadie acertó ni en el cómo ni, sobre todo, en el cuánto.


Tiendo a pensar que el problema real de la economía es que trata de explicar el comportamiento humano dentro de los estrechos márgenes de las relaciones económicas, obviando nuestros sistemas de creencias, nuestras inclinaciones naturales y nuestra propia fisiología. Nos empeñamos en imaginar un comportamiento lineal, sin darnos cuenta que al mismo tiempo ensalzamos la importancia del capital humano y de la creatividad. Precisamente porque somos tan creativos es que no hay dos crisis iguales, y por lo que nos cuesta tanto verlas venir (bueno, por eso y por la propia naturaleza del sistema de mercado).

Un claro ejemplo de lo que menciono es la invención del homo economicus, el sujeto que funciona siempre en términos de racionalidad económica, que valora costes e ingresos, reales y potenciales, y luego decide en consecuencia. ¿Dónde está esa persona? Nuestro lado animal, nuestro sistema límbico, nos hace tomar decisiones poco inteligentes desde el punto de vista económico constantemente y que, sin embargo, nos satisfacen y hasta nos enorgullecen. La propia constatación de este comportamiento impulsivo, que es más norma que excepción, nos debería haber llevado a eliminar esta referencia en los libros de texto. En lugar de ello, la mantenemos y avisamos a vuela pluma que, aunque no se ajusta a la realidad, nos sirve para explicar gran parte del comportamiento de los consumidores.

En los últimos tiempos, (más o menos desde que nos independizamos de la energía solar) hemos comenzado a pensar en nuestra especie como en la única capaz de aumentar sus niveles de bienestar de forma indefinida, obviando la limitación ecológica de la capacidad de carga del medio. A veces la mencionamos, pero siempre de forma pasajera, y acallamos nuestra conciencia (si es que la tenemos) con aquello del desarrollo sostenible, más una marca blanca que una realidad. Cuando ni siquiera tenemos conciencia, llamamos malthusianos a los otros y les espetamos que Malthus nunca tuvo razón –cuando la realidad y la historia nos enseñan que la tuvo siempre, hasta que con la emancipación energética ampliamos nuestra capacidad de explotación de los recursos naturales hacia el pasado (que es de dónde provienen las energías fósiles)–. Posiblemente, Malthus no lo sabía, pero la limitación para producir alimentos de forma indefinida había puesto en situación de crisis a numerosas civilizaciones a lo largo de la historia, incluso pudo provocar el colapso de más de una.

Los que no tenemos conciencia hemos comenzado a forjar un nuevo mito que sustituya al homo economicus, un falso ídolo digno de credibilidad. Ahora toca adorar al homo sapiens tecnologicus: el hombre que expande sus capacidades más allá de sus sentidos gracias a la tecnología. La tecnología nos permite modificar las variables del entorno a nuestro antojo y abre un vasto campo para la creatividad humana. Hay, para que negarlo, un atractivo intrínseco en este nuevo personaje. Nos evita pensar en el futuro, porque el futuro puede ser reparado y transformado en algo agradable gracias a la propia tecnología. El avance tecnológico está llamado a ser la solución de nuestros problemas energéticos; también podrá fin a los sufrimientos materiales de los humanos, y nos permitirá proezas sobrehumanas a la vuelta de la esquina. La tecnología, en fin, será la gran redentora de todos nuestros pecados: pasados, presentes y futuros.

Como en las revistas del 1900 imaginamos un futuro mejor, siempre mejor, en el que los hombres y mujeres trabajen menos y vivan más a gusto y felices. Nuestro nuevo mundo tecnológico es la solución a todos nuestros problemas. Da igual que la magnitud de algunos de esos problemas sea hoy tan colosal que difícilmente podamos hacer algo para cambiarlo; da igual que la 2ª ley de la termodinámica asevere la deriva entrópica de cualquier sistema. Es lo mismo, siempre habrá ingenio e ingenieros capaces de salvar cualquier situación con un invento o con dos...

Estamos dejando el futuro en manos de un sueño muy bello, pero tremendamente tenue e improbable. Y, mientras, el tiempo sigue transcurriendo y arrancando hojas del calendario de nuestra especie. El sueño nos impide reaccionar, porque es demasiado fuerte y demasiado bello. Incluso, cuando nos ponemos catastrofistas, tenemos en el fondo de nuestro corazón la esperanza de ser salvados. Véase si no la película Wall•e. Una fábula apocalíptica en la que la tecnología es parte del problema pero, también, la clave a través de la cual nos llega la salvación.