Energía y backstop technology

Las crisis del petróleo de los años setenta alumbraron un mundo preocupado por la sostenibilidad de los recursos naturales y, sobre todo, por la viabilidad de un sistema energético basado en los combustibles fósiles. El informe “Los límites del crecimiento” del Club de Roma, ponía el acento en lo limitado de los mismos y el fuerte incremento de los precios logrado por el embargo de suministros de la OPEP fueron el caldo de cultivo en el que estas ideas progresaron.

Poco a poco, el paso del tiempo y, en gran medida, la diversificación de orígenes geográficos del crudo, con la consiguiente pérdida de poder del cártel exportador, han matizado bastante el miedo a un mundo de combustible escaso y caro. Al mismo tiempo, el avance tecnológico ha posibilitado una creciente oferta energética de base renovable, lo que elimina bastante incertidumbre con respecto al futuro. En los últimos años, la amenaza del cambio climático y la relación de éste con las emisiones de CO2 de origen humano ha mantenido viva la necesidad de buscar nuevos sistemas para proveer de energía nuestros procesos.

En Europa se ha sido especialmente sensible a las estrategias de diversificación energética, probablemente por la mayor debilidad de su sistema, al depender en gran medida  de las importaciones de crudo y gas natural de terceros países. Así, han aparecido a lo largo de los últimos años diversos informes e iniciativas legislativas encaminadas a la promoción del desarrollo y uso de fuentes de energía alternativas y renovables. El mecanismo de base económica que se suele utilizar para el fomento de un determinado sector, considerado estratégico, suele ser el de la subvención, bien sea a través de primas para el acceso al mercado en condiciones de competitividad o bien a través de ayudas a la inversión en nuevas instalaciones de producción. La razón subyacente es que en el estado actual de la tecnología, no se puede competir en el mercado, ya que las fuentes asentadas cuentan con unos costes de producción mucho menores. No obstante, se supone que con el paso del tiempo, y generándose una demanda, la tecnología comenzará a ser más eficiente y también más rentable, hasta que deje de ser necesario la subvención. Así ha ocurrido en multitud de sectores, considerándose incluso que uno de los papeles del Estado es, precisamente, dirigir a los mercados en la dirección deseable.

Por desgracia, el incentivo puede convertirse a veces en un mecanismo perverso que, más allá de lograr unos objetivos de producción y consumo, pueda ser utilizado por algunos agentes como fuente de beneficios rápidos y seguros. Algo así es lo que ha pasado en España con el asunto de las primas pagadas por el Estado a los productores de energía solar. Dado que el volumen del mismo era muy apetecible y que el estado de la tecnología comienza a acercarse a los niveles mínimos de rentabilidad necesarios para la  competencia con los fósiles (más aún en un escenario de precios elevados del oro negro), la reacción de los agentes excedió los resultados esperados. En realidad, se produjo una burbuja de expectativas a propósito de la energía solar que multiplicó los parques solares, las granjas solares y hasta los chiringuitos solares. El Gobierno cortó por lo sano, reduciendo de golpe el importe de las primas y llevando por debajo del umbral de rentabilidad a un importante número de explotaciones.

Lo sucedido no es excesivamente diferente de lo ocurrido en el mundo con la burbuja de internet en la década previa al año 2000. Se instalaron miles de kilómetros de fibra óptica, a unos elevados costes que supuestamente serían rentabilizados gracias a los fabulosos beneficios (inflados por la burbuja) que Internet reportaría a los promotores. Cuando la cordura volvió al mercado, aquellas inversiones se descubrieron ruinosas y se convirtieron en lo que se denominó "fibra oscura". Sin embargo, esa fibra oscura es hoy el sistema nervioso por el que circulan los bits de información. La magia de las liquidaciones permitió que los precios de explotación de aquella fibra se redujeran sustancialmente y que pudieran sustentar actividades rentables (con  unas pérdidas asumidas por otros).

Un escenario de precios de los fósiles en crecimiento tendría, en el caso de España, un efecto revitalizador sobre esas inversiones que ya se han contabilizado como pérdidas en los balances de las empresas y que, por tanto, apenas tendrían que amortizar inversión inicial, reduciendo sustancialmente el coste de producción y recortando las diferencias con los costes del kilovatio proveniente de la combustión. Casi que podríamos llegar a hablar de "fotones oscuros".

Con una visión de mayor largo plazo, los miedos a la desestabilización del sistema económico mundial por el lado de este sector, se matizan. Si alguien me hubiera preguntado hace 10 años al respecto, mi respuesta hubiera sido que el energético sería el talón de Aquiles del capitalismo. Hoy no lo creo. Los avances de la tecnología en el conjunto de energías alternativas dibuja un panorama para los próximos 20 años en los que se puede prever una transición tranquila en nuestro modelo energético. Además, el previsible agotamiento paulatino del crudo irá acrecentando sus costes de obtención y, por consiguiente, también sus precios de venta. Sin embargo, los costes y precios del resto de los sistemas de obtención energética se están poco a poco restringiendo. Las sendas contrarias de ambas fuentes de provisión terminarían por decantar la balanza a favor de los nuevos sistemas sin que llegáramos ver el agotamiento total del petróleo en el planeta. El sol, desde luego, es la gran esperanza de la humanidad, si logramos unos niveles de eficiencia tan sólo similares a los que logran las plantas en su fotosíntesis, el limitan energético desaparecería.

¿Eso significa que no hay límites al crecimiento y al capitalismo? Desde luego que no. En este sentido, cada día soy más malthusiano, el límite está en nuestra incapacidad para aumentar indefinidamente la cantidad de alimentos: el suelo no es infinito, ni la disponibilidad de agua dulce es universal. Por mucho que la tecnología siga unida con intensidad creciente a la producción agraria (precisamente, la escasez de alimentos es el motor que alimenta esa unión), existen límites físicos que necesariamente son imposibles de salvar. Sigo pensando que necesitamos autolimitarnos, que debemos convertirnos en una permacultura antes de que atravesemos el punto de no retorno, antes de que sea demasiado tarde para volver atrás y colapsemos como ya ha pasado con numerosas civilizaciones a lo largo de la humanidad.

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