La ninfa inconstante de Guillermo Cabrera Infante

Cabrera Infante retoma un episodio ya narrado en "Cuerpos divinos" –en realidad, lo retomó en Cuerpos divinos, que es posterior–. Se trata de su affair amoroso con Estela, una mujer que es una niña, que es una belleza rubia, pero que no lo es. En realidad, a pesar de su apatía, se comporta como las sirenas. A su canto, todos los barcos acaban encallando en las rocas.
Por ya sabida, la historia apenas aporta nada nuevo, si acaso algunos detalles menores. Sin embargo, el lenguaje vuelve a ser el protagonista real del relato. Los juegos de palabras del narrador y del protagonista (que en el fondo son la misma persona) sirven para cansar a la ninfa y para embelesar al lector. No sólo es el ritmo, que también, sino el color y la musicalidad del mismo (si es que el lenguaje puede tener colores).
Por otro lado, Cabrera Infante se desnuda a sí mismo pretendiendo desnudar a Estela, que ya ha muerto, pero que en su recuerdo permanece extrañamente viva. Vemos a un hombre que se deja arrastrar por los primeros impulsos, que cree en el amor a primera vista y que no entiende de límites cuando de la pasión se trata. Como la Lolita de Nabokov, Estela (que sabemos real, aunque pueda no serlo) seduce con su cuerpo, con su mirada. Y pide cosas imposibles, como que maten a su madrastra. Esta Lolita cubana extraña desde el principio, por fría y por demasiado indolente va engarzando historias en su historia hasta dejar de existir. En suma, lo que pretende ser la crónica de un enamoramiento se convierte en el reflejo de dos personalidades demasiado opuestas como para mantenerse unidas, escrito con el estilo inconfundible de Cabrera Infante: una delicia para la lectura y para luchar contra el calor.

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