¡Qué playa más grande! (Desert Run 3)


¡Qué romántico es dormir en medio del desierto! ¡Que emocionante estar separados de la naturaleza sólo por unas telas! ¡Qué abrumador es el silencio saharaui!
Todo cierto si no fuera porque nuestras jaimas estaban junto al camino para los servicios; si no fuera porque los aullidos de los gatos sonaban como al lado de tu cara, o si no hubiera estado desde las 3 de la mañana sin pegar ojo escuchando a todo el mundo pasar y a todos los gatos maullar y gritar. Una mala noche la tiene cualquiera, pero ésta era ya mi segunda mala noche y teníamos por delante una media maratón.
La salida era temprano, por lo que nos levantamos aún más temprano para acudir al desayuno. La cena había sido copiosa y apetitosa, pero ahora nuestros sistemas digestivos se debatían entre la evacuación inmediata y el retraso hasta el momento de la carrera. Cuando uno no tiene un cuarto de baño propio es cuando se da cuenta de verdad de lo precaria de la vida en el desierto. Ya sé que este no es un pensamiento demasiado elevado (a ver si lo arreglo en los siguientes párrafos) pero tener el cuerpo cortado y no disponer de demasiadas tazas hace que te des cuenta de lo cómoda que es nuestra vida. Entre la hora del desayuno y la salida toda mi obsesión era no dejar nada dentro para que luego no fuera a querer salir a mitad de camino.
Algunos corredores ya tenían sus pies adornados de unas estupendas ampollas, entre ellos, nuestro Luis, que aparte comenzaba a tener las uñas negras, y no por suciedad precisamente. Claro que eso no era nada con como estaría al día siguiente.
Pudimos ver el amanecer desde una pequeña duna frente al campamento y luego de rehacer nuestras maletas nos fuimos al punto de encuentro de los corredores. Se pasó lista y vimos que ya unos cuantos habían decidido no correr esta etapa. La salida fue en torno a las 8 de la mañana. La gente aún estaba contenta y se notaba en las risas de la salida.
Supongo que no me creeréis, pero estos 21 kilómetros se me hicieron menos pesados que los primeros 15. Entre otras cosas porque el paisaje era muy variado y siempre bello. A nuestra izquierda se extendían las dunas sobre las que habíamos cabalgado la tarde anterior, y a nuestra derecha se sucedían los pueblos y las gentes.
Si la memoria no me falla pasamos al lado de al menos dos pueblos. Los chiquillos nos esperaban a la orilla de la pista para saludarnos o pedirnos caramelos y regalos. Algunos corrían unos metros a nuestro lado. Casi todos iban con chanclas pero había alguno que corría descalzo, sobre un lecho de tierra pedregosa. Les bastaba cualquier cosa, aunque no se cortaban un pelo a la hora de pedir cosas, desde las botellitas de agua hasta las gafas de sol. Incluso los geles alimentarios.

En los últimos kilómetros de la carrera se pasaba también por un antiguo castillo, casi tan extraño como nuestro propio paso por aquellas tierras desoladas. ¿Quién o quiénes lo construyeron? Y, sobre todo, ¿para qué? Cierto que era la única elevación de piedra en muchos kilómetros pero no me imagino la utilidad en el pasado, no había pueblos grandes alrededor. ¿Estaría en medio de alguna ruta comercial?
Poco a poco iban cayendo los kilómetros. Como ya digo, aunque el ritmo medio era más elevado que el del día anterior, me notaba mucho mejor y, desde luego, mucho mejor que en los minutos antes de la salida. Gran parte de la segunda parte de la carrera la hice con el sueco. El sueco, alto y rubio, como todos los suecos, estaba participando en la carrera para evaluar la posibilidad de traer a corredores nórdicos en 2012. Apenas hablamos, pero estoy seguro de que nos comprendíamos. Sobre todo, cuando al torcer el camino hacia la izquierda nos encontramos con un tramo de arena fina de duna. Ambos nos paramos y dijimos casi al unísono “Nooooo”. Y ambos sentimos el mismo alivio cuando comprobamos que el trecho no era muy largo.
Poco a poco la llegada se iba acercando y, cuando la divisé tuve la sensación de que estaba más cerca de lo que yo había calculado. El arco de meta se hacía cada vez más grande ante mis ojos y la posibilidad de acabar la carrera también. Esa mañana supe que lo iba a conseguir.

Otra vez fui el último de los tres y otra vez llegué entero y con sensación de haber podido dar algo más de mi. Habíamos corrido con camisetas rojas, y el lema del día era qué playa más grande. Fui consciente de que a la gente le había llamado la atención cuando escuché a alguien preguntar en la meta si habían llegado ya todos los de la playa. Mientras que nosotros estábamos corriendo por esas pistas marroquíes, nuestro equipo de apoyo se entretuvo jugando a los rallies. A pesar de las dificultades de entendimiento entre Hasan y ellas, lograron convencerle para que hiciera un poco el loco por las dunas, hasta el punto de quedarse atascadas en medio de una de ellas. Pero esa es una historia que les corresponde contar a ellas...

El nuevo hotel era del estilo del primero, tal vez un poco más pequeño y con unos pasadizos de acceso a las habitaciones peculiares. La Kasbah Tombouctou también contaba con piscina, aunque lo más curioso de la misma es que no estaba cerrada por detrás. No había muros que separaran el desierto del recinto hotelero, algo nada habitual en casi ningún país. Hay que reconocer que tampoco hacía falta. Se podía dejar la ropa secando en la calle sin ningún miedo a que alguien se la llevara.
La única pega es que habíamos llegado un poco antes de tiempo y algunos tuvimos que esperar un rato para acceder a nuestras habitaciones. Pero daba igual, de nuevo tendríamos un water a nuestra disposición. Tras la cerveza en la piscina de rigor (esta vez no hubo baño ya que el agua estaba realmente fría) y poner a remojo las piernas de nuevo, nos preparamos para la comida. Otra vez la mesa 8 estaba al completo y, junto a nuestros amigos catalanes, teníamos a Vicente, nuestro cronista en cabeza de carrera. Él nos contó que había vuelto a hacer tercero y que el primero había esperado al segundo para llegar juntos por segundo día consecutivo. A lo largo de ese almuerzo nos confirmó que el tercer día iría a muerte. La verdad es que me hubiera gustado poder ver el enfrentamiento que protagonizaron al día siguiente, ya que todos dijeron que dieron espectáculo. Pero, cada uno tiene una especialidad, la mía es la de glosar la dura batalla por los últimos puestos. Casi tan reñida como la cabeza.
La excursión de la tarde, que se pensaba anodina, pues nos habían dicho sólo parte del plan, terminó siendo de lo más entretenida. La primera parada la hicimos en un lago temporal que sólo se llena cuando llueve. Hasan nos contó que había llovido la última semana de octubre y que por eso había ahora algo de agua, pero que durante las fechas previas estaba completamente seco.

De allí nos pasamos por una antigua mina de magnesio. Ahora apenas había un par de personas trabajando en ellas, pero era evidente que tuvieron un pasado esplendoroso. Junto a ellas había un pueblo abandonado y se veían resto de maquinaria oxidada. En cierta medida, me recordaba un poco a Rodalquilar, un pequeño pueblo minero en Níjar que hoy vive del turismo.


Finalmente, nos llevaron a visitar un pueblo habitado por gentes provenientes de Malí en el que la empresa hotelera mantiene una escuela de folklore para niños y niñas del pueblo. Allí nos ofrecieron un ejemplo de danzas tradicionales, en las que me sorprendió el papel sumamente pasivo de las mujeres (sin contar con que apenas se les ve nada).
La cena fue temprano y nos retiramos de inmediato. En nuestras cabezas pesaban más los 26 kilómetros que faltaban que los 36 que ya habíamos recorrido.
(Continuará)

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