miércoles, junio 22, 2011

Del agua antigua al agua virtual

Desde la Junta de Andalucía me piden una contribución para un volumen sobre la importancia del medio ambiente en las diversas provincias. En mi caso, obviamente la provincia es Almería, y me ha tocado escribir del agua. Dado que el texto me lo van a pagar (al menos eso me han dicho), rogaría que no fuera republicado sin previo aviso para pedir permiso a los editores. Es más literario que otra cosa, pero es que cuando lo escribí, ayer tarde, estaba más poético que otra cosa. Como siempre, espero los comentarios de los lectores, y hasta sus correcciones si éstas son precisas.


Foto: turismodealmeria.org
El agua es vida, del agua proviene la vida. El agua es el elemento clave de la humanidad. Por eso es una de las primeras cosas que buscamos en los planetas cercanos. Por eso, la estrategias de poblamiento humanas se han adaptado a lo largo de la historia a su disponibilidad. Almería no ha sido una excepción. De hecho, a tenor de lo que nos cuentan los historiadores, la ocupación antrópica de la provincia ha estado siempre estrechamente relacionada con las fuentes de agua dulce y con las tecnologías empleadas para su obtención. Y es que este territorio lleva ya algunos miles de años siendo árido.
Si la disponibilidad de agua para la agricultura permitió el desarrollo temprano de civilizaciones como las de Mesopotamia, Egipto o China, la falta de ella (la aridez) se ha caracterizado por una estrategia de ahorro extremo y aprovechamiento máximo de los recursos escasos. De ahí provienen nuestros aljibes, nuestras boqueras para las avenidas de las ramblas, las zimbras, las qnats, etc. Ante la falta de agua, el ingenio humano tiene que esforzarse más para lograr cubrir las necesidades. El sistema de cañadas y las toneladas de piedras movidas para construir terrazas y balates son ejemplos de ello.
Antes de que el mar de plástico comenzara a tragarse el Campo de Dalías (hoy Comarca de Poniente), el terreno presentaba una densidad de población apenas comparable con la de los desiertos. Gerard Brenan, en su libro Al Sur de Granada, lo comparaba con el Desierto del Sinaí. Apenas unas pocas cortijadas polvorientas en las que se afanaban algunas familias con poca fortuna. Sin embargo, la aparente escasez era un espejismo. Tierras porosas y elevadas montañas habían ido acumulando a lo largo de los siglos unos importantes acuíferos bajo aquel aparente desierto. Hubo de ser nuevamente el ingenio humano, aplicado a la tecnología y llegada de la electricidad, lo que puso definitivamente a Almería en el mapa de la modernidad.
Los sondeos posibilitaron aflorar el ansiado líquido, haciendo posible la agricultura de hortalizas fuera de las vegas tradicionales. Pero no bastaba. A las bombas hubo que sumarles el añadido de suelos artificiales para compensar la pobreza de los originales –el enarenado suele llevar en la base una capa de tierra fértil– y poder obtener unas cosechas capaces de generar excedentes.
La paradoja se volvía a producir. Allí dónde más escaso es un recurso, más probable es que sus habitantes obtengan de él un mayor rendimiento. Bajo los cielos de plástico de los invernaderos almerienses, el agua antigua de los acuíferos obraba el milagro de la multiplicación de los tomates y los peces. El agricultor sabe que cada gota cuenta, porque es escasa y cara (bombear el agua y transportarla corre de su cuenta) y porque de ella depende en gran medida que su actividad perviva. Así que la mima, la cuida y la vigila.
Hoy, los invernaderos más modernos reciclan el agua de riego, evitando pérdidas y filtraciones y, la inmensa mayoría, cuenta con sistemas de riego por goteo programados para optimizar al máximo las aportaciones al cultivo. Sumergida en la marea de plásticos que ondulan con el Levante hay una intrincada selva de tomates, pimientos, berenjenas, pepinos, melones y demás, que convierte agua, dinero y trabajo en renta. Todo un entramado económico que ha permitido a la provincia abandonar los últimos puestos nacionales en riqueza y presentar una distribución bastante uniforme de la renta. Y es que en los primeros momentos del modelo, los factores usados intensivamente eran agua, tierra y trabajo, de forma que no era posible mantener explotaciones muy grandes por parte de una sola familia, dando lugar a un tejido social bastante homogéneo de pequeños propietarios de tierras. Un estudio auspiciado por el Instituto de Estudios Socioeconómicos de Cajamar calculaba en torno al año 2000 que más del 30% del PIB de la provincia de Almería estaba relacionado directa o indirectamente con la agricultura y, por ende, con el agua para riego. La explicación de tan abultado nivel de incidencia se encontraba no sólo en la propia dimensión del sector productivo, sino también en la capacidad de esta agricultura para crear a su alrededor toda una variedad de actividades industriales y de servicios que antes y después del proceso meramente agrícola completaban el cuadro del milagro almeriense.
Pero el agua en Almería sigue sin caer del cielo. La expansión de la superficie de cultivo, a pesar de los avances en el ahorro individual, han elevado los consumos hasta niveles superiores a los de las entradas naturales. Estamos sacando de la cuenta de ahorro que heredamos de la abuela más dinero del que ingresamos mensualmente, y la ecuación sólo tiene un final si es que no se corrige el comportamiento: el dinero se agota, el acuífero se agota. Cada agricultor individualmente toma medidas adecuadas a la escala de su explotación, pero el problema de futuro excede de esa escala y requiere soluciones comunales. Afortunadamente, algunas se están tomando: apenas quedan canales sin entubar, se aprovechan las aguas caídas sobre las cubiertas de los invernaderos, se reutilizan aguas depuradas, se planifican desaladoras y hasta hay un trasvase funcionando. Pero, aún así, el tiempo juega en contra de los agricultores almerienses.
Es posible que la hoy Huerta de Europa sea relegada de su posición privilegiada por nuevos productores de la otra orilla del Mediterráneo. Es posible que los acuíferos se agoten y la selva bajo el poliuretano se seque. Es posible que nada de esto llegue a suceder. Pero, aunque sólo sea por prudencia, Almería haría bien en buscar otras fuentes para su desarrollo económico. La provincia tendrá, tarde o temprano, que encontrar otros acuíferos, más virtuales que materiales, para complementar y relevar al motor que hoy se mueve con las aguas antiguas.

sábado, junio 18, 2011

Carta a la comunidad del CEIP Luis Siret

El pasado viernes, coincidiendo con la fiesta de final de curso, me despedí de la directora del centro. Por mor de la normativa y la ingeniería de los puntos para la secundaria dejamos el colegio después de 11 cursos. Pero creo que tantos años merecen algo más que unas palabras apresuradas antes de la fiesta. Además, también creo que de vez en cuando no viene mal que la comunidad que forman el personal del centro, los maestros y las familias reflexionemos sobre lo que significa la educación de nuestros hijos y la importancia que tiene para ella el colegio que nos toque o que elijamos. Y, en este sentido, tanto Jorge como Javier han tenido la suerte de recibir la mejor educación posible.
He de admitir que inicialmente tenía muchas dudas. No acompañaba el estado del edificio y tampoco me terminaba de convencer la edad media del profesorado. Pronto quedó demostrado mi error de valoración. Lo más importante de un centro educativo no son las instalaciones (aunque ayuden), sino sus maestros y maestras. Ellos son las palancas que provocan el aprendizaje de nuestros niños.
Durante todos estos años he tenido oportunidad de conocer a casi todos los profesores, he participado activamente en la Asociación de Madres y Padres, he estado en el Consejo Escolar y hasta detrás de la barra en la fiesta de final de curso. Es decir, he sido parte activa de la comunidad, y atesoro información suficiente como para emitir una opinión informada. Y, aunque no todo es perfecto, y hay mucho que mejorar, no se borrarán de mi memoria la forma cómo Loli Carmen y Águeda lograron que los peques fueran abejas y mariquitas de bajo coste para que todos pudieran disfrutar el carnaval; ni como la dirección del colegio se desvivía para que algunos niños con familias muy desestructuradas o sin recursos participaran en todas las actividades; o cómo D. Antonio incitaba a Jorge a que curioseara en los libros para descubrir el origen de Cristóbal Colón; ni, hace nada, ver la preocupación de María José con el comportamiento de Javier. No puedo dejar de mencionar tampoco el cariño con el que nos ha tratado Inma siempre a la AMPA. Incluso, tengo que recordar y reconocer el comportamiento de Álex, Tamara y Tito, con los equipos de baloncesto enseñándoles a competir, a ganar y (lo más importante) a perder y aprender de la derrota. Por supuesto, será para siempre imborrable la imagen de Sole disfrazada de hada. Esa actitud y vocación no hay sueldo que lo pague.
Así que por eso, porque lo que mi familia ha recibido no se paga con dinero, es que quiero agradeceros públicamente vuestra dedicación, vuestra pasión por un trabajo a veces tan ingrato y todo lo que habéis hecho por mis niños.
Gracias,



David Uclés Aguilera
Padre de Jorge y Javier

miércoles, junio 08, 2011

¿Es la trazabilidad parte de la solución?

Al final los pepinos se me han convertido en una trilogía. De momento. El artículo que sigue es un encargo de La Voz de Almería, y saldrá publicado el viernes (creo) en papel. Me gustaría que mis lectores aportaran sus opiniones y comentarios, ya que creo que este es un tema de vital importancia no sólo para los productores de pepino almerienses, sino para todos los agricultores y ganaderos que venden sus productos en fresco, sin transformaciones industriales de por medio.


Ilustración: Wikipedia
¿Es la trazabilidad parte de la solución?
Esta es la tercera vez en pocos días que me siento delante del ordenador para poner negro sobre blanco algunas ideas en relación con la evidentemente mal llamada crisis de los pepinos. En mi bitácora digital (Capeando el temporal) se pueden leer los dos anteriores artículos de esta serie que nunca pretendió serlo. En el primero de ellos he reflexionado sobre la importancia de la confianza en el mercado alimentario y de lo complicado que resulta recuperarla una vez desatada una alarma, sobre todo si, como en ésta, hay muertes de por medio. En el segundo me preguntaba por las razones que invariablemente llevan a que Almería aparezca siempre entre los sospechosos habituales en cualquier alerta, desde aquella de la colza hasta ésta de la Echerichia coli. Entre otras razones que se me ocurren –además de la obvia: vendemos mucho, producimos mucho y somos muchos– está la de los tópicos, como el que asemeja la agricultura de invernadero a una producción más industrial que natural; y también está la realidad de que, con demasiada frecuencia, Almería ha venido siendo protagonista de anteriores alertas (como la de los pimientos de no hace mucho). Hoy pretendo ir algo más allá y plantear alguna enseñanza de todo esto, y avanzar en algunas ideas que podrían permitirnos hacer de una manifiesta debilidad una nueva fortaleza.
Pero antes de eso, creo que es de bien nacido ser agradecido, y mucho de lo que van ustedes a leer es producto de un ejercicio de reflexión grupal que se llama MODESAL y que se viene desarrollando en la Universidad de Almería desde hace ya algunos años. El martes pasado el seminario se volvió a reunir y, como era de esperar, el tema central fue el de la crisis de los pepinos, sus repercusiones y soluciones.
Uno de los puntos de coincidencia de los asistentes era la importancia creciente de la seguridad, un tema candente desde que en 2001 unos terroristas de AlQaeda estrellaron sendos aviones contra las Torres Gemelas. La sociedad occidental es más alérgica que nunca al miedo, a cualquier tipo de miedo, y las cuestiones de seguridad alimentaria son, por añadidura, unas de las más importantes para las autoridades y, esto es de cajón, debiera convertirse en una de las claves de la cadena de distribución si se quiere llegar al consumidor.
Como he planteado más arriba, partimos de una posición de debilidad, ya que formamos parte del grupo de sospechosos habituales, lo que equivale a tener siempre sobre nuestros productos una nube de desconfianza. Pero también debemos reconocer que somos capaces de rehacernos y reinventarnos. La crisis anterior, la de los pimientos, provocó la reconversión masiva de nuestras explotaciones al control biológico en un tiempo récord. Y hoy la agricultura de Almería vuelve a ser objeto de admiración por la velocidad y profundidad de aquel proceso.
Otra de las cuestiones que han quedado claras en esta emergencia es que la trazabilidad funciona: en pocas horas se sabía de qué cooperativas y explotaciones habían salido los pepinos sospechosos; pero en algunos mercados, como el alemán, el sistema sólo funciona hasta un determinado eslabón de la cadena, a partir del cual todo se oscurece. Y si juntamos en una misma ecuación las variables seguridad, miedo y trazabilidad, el resultado es siempre más confianza y menos miedo.
Supongo que ya me habrán cogido el hilo y sabrán por dónde voy a salir, pero déjenme que les cuente que los avances tecnológicos permiten hoy día un grado de control y seguimiento muy elevado a unos costes ajustados.
Ahora sí, ya termino, ¿podríamos exigir, poniéndonos del lado de los consumidores alemanes, un sistema de trazabilidad desde el agricultor hasta la mesa del consumidor? ¿Podríamos poner de acuerdo a nuestras cooperativas y empresas de comercialización para acordar un sistema lo suficientemente estandarizado de trazabilidad que nos permita obtener una posición de fuerza frente a los minoristas? ¿Podríamos hacer de nuestra actual debilidad una potencial fortaleza? ¿Podríamos así contribuir a dejar de estar en el top ten de los presuntos culpables?¿Podrían nuestros productos adornarse con los galones de la seguridad y obtener así un mayor precio?
En realidad, no lo sé. Pero tal vez merezca la pena intentarlo.

lunes, junio 06, 2011

Sospechosos habituales

Hoy Alemania nos ha sorprendido dos veces más, la primera diciendo que el origen de la contaminación por e. Coli estaba en un invernadero de producción de brotes de soja, y luego, confirmando que se han equivocado. Otra vez. Y es que parece que el estereotipo de la exactitud y seriedad germanas no se corresponde con la realidad. Pueden llegar a ser tan chapuzas y penosos como cualquiera de los demás socios europeos.
Hoy también, leyendo la memoria de estancia de una becaria francesa, me ha sorprendido la naturalidad con la que menciona que siempre estamos de fiesta, que no hay fiesta sin flamenco y que el núcleo central de nuestra gastronomía es el arroz. Un estereotipo detrás de otro…
Así que es evidente que si nos basamos en esas categorías que todos conocemos, estaremos dando pasos siempre en la dirección incorrecta, porque por cada suceso que confirma el tópico, hay mil que lo superan, o directamente lo contradicen.
Esta introducción viene a cuento de una idea que me está rondando la cabeza desde que arrancó la crisis de los pepinos. Desde el primer momento en el que leí la noticia de una intoxicación alimentaria en Alemania pensé que acabaría afectando a los productores de Almería. Y no es que yo sea especialmente bueno haciendo predicciones, es que había una enorme probabilidad de que siendo el origen las hortalizas (como dijeron desde el primer momento), alguien sacara a colación más pronto que tarde a Almería. Y esto es así porque, para nuestra desgracia, el tópico describe a la agricultura almeriense como una agricultura “artificial”, muy industrializada, siempre a la vanguardia de los tratamientos químicos y produciendo hortalizas sin sabor (incluso entre los expertos). Por eso siempre estamos entre los sospechosos habituales de cualquier intoxicación alimentaria, desde la colza en los 80 hasta ésta última de los pepinos.
No se trata de hacer un compendio de las múltiples razones, las cuales desconozco, pero sí al menos, me propongo señalar algunas cuestiones que podrían tener que ver con ello desde mi modesto punto de vista.
La primera es obvia, hemos sido culpables otras veces. En los 80 nos paraban los camiones en las fronteras por los plazos de seguridad de los fitosanitarios; pero es que hace un par de años, nuestros pimientos hacían sonar las alarmas por residuos de productos prohibidos. Durante décadas hemos menospreciado el daño que unos pocos agricultores irresponsables, o simplemente desesperados, estaban infringiendo a nuestra agricultura. El incumplimiento de uno solo de ellos, cuando se descubre en los análisis, es un enorme tachón en la reputación de todo el sector. La trazabilidad, tan asimétrica ella (todo en el lado del agricultor, nada en el lado de los distribuidores y minoristas), sirve para identificar, pero no parece que sirva para ejemplificar. Hace años, en clase de marketing, nos explicaban que un consumidor satisfecho lo comunicaba solo a otra persona de media, mientras que uno enfadado o contrariado despotricaba del producto o marca delante de no menos de 10 personas. Corolario: la mala imagen es mucho más sencilla de lograr que la buena. Y la mala imagen siempre sale cara.
La segunda razón es posible que también tengamos que mirárnosla. Cuando un agricultor hace un tratamiento a su cultivo, normalmente dice que ha echado los venenos. Cuando realiza una suelta de fauna auxiliar, comenta que ha soltado los bichos. Los economistas hablamos de agricultura intensiva (que tiene una connotación industrial) en lugar de agricultura protegida. Nuestra jerga, escuchada por terceros, es una auténtica bomba de racimo. Ayuda a sembrar el tópico de una agricultura poco natural: como si nuestros productos fueran el resultado de la mezcla de semillas híbridas y venenos en una fábrica (añadan la chimenea en su imaginación), nada que ver con ese proceso orgánico y natural que es la agricultura.
Evidentemente, parte del estereotipo no es únicamente almeriense: ya se sabe que los del sur somos pícaros (cuánto nos enorgullecemos de nuestros Rinconetes y Cortadillos), vagos y, en general, gente frívola y de poco fiar. Por eso buscamos atajos para no trabajar, o para incumplir las normas. El tiempo lo gastamos en fiestas y borracheras… Es probable que sea imposible separar el flamenco de Andalucía o de España (bueno, en Andalucía lo hemos incluido en nuestro Estatuto de Autonomía como elemento diferenciador), que la gitana vestida de faralaes o el torito con banderillas sigan siendo los best selleres de las tiendas de suvenires, pero desde Almería debemos tomarnos en serio la imagen de nuestra agricultura.
El daño de la actual crisis, por desgracia, no se circunscribirá a este final de campaña, sino que durante muchos meses seguirá pesando en las decisiones de compra de los consumidores europeos, sembrando de dudas nuestros productos, disminuyendo su demanda de forma sutil, o disminuyendo la disposición a pagar por los mismos. El sector debe actuar unido y de forma inequívoca en este terreno, afeando o señalando a los incumplidores. Asimismo, debe exigir (en esto es increíble que el Gobierno español no haya ya puesto sobre la mesa el tema) la extensión de la trazabilidad hasta el consumidor, para que de esta forma, la próxima vez, sea mucho más sencillo y rápido dar con el origen de la infección para poder atajarla de inmediato, ya sea en Alemania, Holanda, Reino Unido o en la propia España.
Alemania, en esta ocasión, ha pecado de chapucera, inexacta y ha querido echar balones fuera. Pero en lugar de echar el balón a Holanda o a Marruecos, lo ha tirado contra nosotros, porque somos esos a los que siempre ponen en la rueda de reconocimiento, esos en los que en las comisarías llaman los sospechosos habituales.