sábado, noviembre 26, 2011

Charlas con mi hemisferio derecho, de Hernán Casciari

Odio a Hernán Casciari. Le odio con toda mi alma, con toda la intensidad de la que soy capaz porque ha sido capaz de hacer mucho de lo que siempre he querido hacer y nunca me he atrevido. Me odio, porque encima a él le ha salido bien. Dejó un trabajo más o menos fijo, y que ya era un trabajo fantástico, para lanzarse a la aventura de fundar una revista literaria global, y una editorial, ambas sin intermediarios al uso.
Este es uno de sus primeros productos editoriales, después de la propia revista y un libro de dibujos de Altuna. Se trata de una colección de relatos cortos, enlazados a través de algunas conversaciones mantenidas por el autor con el hemisferio derecho de su cerebro. ¿He dicho ya que odio a Casciari? También por como escribe, por la naturalidad con la que juega con los sentimientos del lector y por su enorme capacidad de reírse de si mismo. En el arranque de "Adicción por las metáforas", definiéndose, define a la mitad de la humanidad, la mitad que tiene el cromosoma XY: "Mi vida se divide en seis etapas: lactancia, infancia, pubertad, adolescencia, adolescencia con barba y adolescencia con canas seguida de muerte". ¡Encima me conoce!
La colección de escritos que presenta este libro se pueden leer de forma dispersa, y en el orden que se prefiera. Bueno, todos no, la excepción son las charlas con el hemisferio derecho, un ejercicio entre el juego psicoanalítico y el desdoble de personalidad.
Lo único que, a mi juicio, sobra o, simplemente, no encaja, es la disgresión sobre el uso de la tilde –por otro lado, muy atildado– cuando se escribe para un público global que pronuncia el español con distintos sabores.
En suma, una estupenda colección de buenos ratos, aliñados con un sentido del humor fresco y un punto de mala leche. Recomendable e imprescindible para comenzar a odiar a Hernán Casciari.

lunes, noviembre 21, 2011

El vídeo de la Desert Run

Acaban de mandarme el enlace al video oficial de la prueba. Ha sido muy emocionante verlo y rememorar aquellos momentos. Si os gusta correr, no podéis dejar de probarlo:

sábado, noviembre 19, 2011

Si me ve en el suelo, por favor no me pise (Desert Run y 4)

Tercera noche en blanco. Hay algo peor que el insomnio. Es el pensamiento torrencial; ese que te sorprende en las noches que se eternizan, entreteniendo la vigilia obligada. Cuando el pensamiento torrencial te asalta, lo mejor es estar descansado y tener la cama bien asegurada al suelo, porque a veces las olas que éste provoca pueden terminar arrastrando la cama y, casi siempre, anegando la habitación. En la noche de la Kasbah Tombouctou entre los sueños ligeros y la vigila recorrí varias veces el trayecto del día siguiente. En alguna de ellas abandoné casi a borde de la meta, lo que resulta mucho más trágico. En otras lograba llegar por delante de mis compañeros y en alguna simplemente llegaba para comprobar que ya no me esperaba nadie en la meta.
En cualquier caso, como siempre, el día termina venciendo a los pensamientos torrenciales y a las noches, y el sol impone su ley en las circunvoluciones de mi cerebro. Como cada mañana nos esperaba la ardua tarea de preparar las maletas para el viaje de la tarde. También había que preparar el espíritu, demasiado cansado de los kilómetros nocturnos. La dosis de café era hoy más imprescindible que nunca. Aunque técnicamente era la etapa más sencilla, por delante nos quedaban 26 kilómetros, y las piernas ya estaban muy cascadas.
La noche, por desgracia, no sólo había dejado secuelas en mi consciencia. A Leo los que no le dejaron dormir fueron los vómitos. Algo en la cena le había sentado mal y su sistema digestivo decidió expulsarlo. El hombre fuerte del equipo, pues, estaba muy tocado. Con todo y con eso, decidió ser de la partida. Durante el desayuno apenas comió nada, aunque le preparamos dos litros de solución isotónica enriquecida con vitaminas para tomar durante el esfuerzo que se avecinaba. Por su parte, Luis seguía coleccionando uñas ennegrecidas y ampollas.
La carrera, a diferencia de los días anteriores, no partía del hotel o sus inmediaciones, sino que había que recorrer un amplio trecho en coche hasta llegar al páramo en el que se izaba el arco de salida: un lugar en medio del gigantesco pasillo que se habría entre las montañas negras, que servían de frontera con Argelia y otras montañas de dunas amarillas. El suelo, duro y pedregoso, era como imaginábamos y se mantendría así hasta los 2 kilómetros finales, en los que la entrada al oasis de meta volvería a ser de arena suelta.
De camino a la salida íbamos más silenciosos que de costumbre, supongo que en parte nerviosos por estar tan cerca del final, y en parte también por las circunstancias de cada uno. Al llegar al destino y mientras estirábamos fueron muchos los que se acercaron a nosotros para leer el lema del día: “si me ve en el suelo, por favor no me pise”. Aunque, la verdad, a esas alturas yo pensé que los tres seríamos capaces de llegar hasta el final. Como de costumbre, estaba equivocado.

Desde el primer momento se formaron los grupos usuales, aunque a decir verdad nosotros nos mantuvimos unidos más tiempo que de costumbre. Sin embargo, poco a poco, volvimos a escalonarlos en el orden usual. Según veía alejarse a mis compañeros, mis sueños de grandeza se iban escondiendo bajo las piedras del camino. Pronto mi único objetivo era llegar hasta el final. Para enfrentar los últimos kilómetros había añadido a mi equipamiento habitual unos cascos para poder ir escuchando uno de mis pocasts favoritos: La biblioteca de Alejandría. Ya había comenzado a escuchar este episodio en mis entrenamiento previos, pero como duraba más de 8 horas no fui capaz de acabarlo. Supuse que en las 3 horas de carrera le daría un buen avance. Y así fue, tuve tiempo de terminar de oír la biografía de Salvador Dalí, los supuestos sucesos paranormales de la casa de Amityville y una buena parte del Japón feudal y el caso de los 47 ronin. Tengo que reconocer que durante muchos kilómetros fue el único entretenimiento a mi alcance, ya que el paisaje apenas tenía variaciones. Siempre arena a la izquierda y montañas a la derecha y a lo lejos; tan sólo un asno (en realidad, otro asno) y los puestos de avituallamiento.
Como en la media maratón anterior, los avisos cada cinco minutos me servían para marcar el ritmo de bebida. Desde el primer avituallamiento al agua la acompañé de alimento sólido: dátiles, plátanos y geles. Si caía no sería por falta de energía; tampoco volvería a sufrir una pájara como la del Calar Alto (véase la primera entrega de esta saga). Los kilómetros se acumulaban a mis espaldas mucho más lentamente que en los días anteriores y me daba perfecta cuenta de ello. Tanto me daba cuenta, que en el kilómetro 17 (hacia el final del relato de Amityville) tuve que comenzar a caminar. No es que me encontrara en las últimas, pero tenía las piernas enormemente cargadas y veía peligrar el objetivo. Me paré, y sentí que fracasaba en parte. Estaba solo, tenía gente muy por delante o muy por detrás y las bromas de los presentadores sobre los sucesos en la supuesta casa encantada que llegaban a mis oídos a través de los cascos, apenas me arrancaban una sonrisa.
Al siguiente avituallamiento llegué muy cascado, aunque cuando vi las camisetas verdes del equipo de apoyo me sentí un poco mejor. Por desgracia, al llegar a ese punto me esperaba una mala noticia. Leo no había podido seguir. En el kilómetro 20 se había tenido que parar para volver a vomitar. Echó toda el agua que había estado bebiendo durante toda la mañana, por lo que fue un milagro que llegara tan lejos. Aquello nos dejaba a Luis y a mi como únicos representantes del equipo en carrera. Ya no tenía excusa, debía llegar.
Me comí un gel, un par de dátiles, un trozo de plátano ennegrecido y enterrado en moscas y una repugnante barrita energética. Con ese combustible volví a correr; sólo era cuestión de 6 kilómetros. El comodoro Perry apuntaba sus cañones hacia Edo y obligaba a los japoneses a romper con su aislamiento y, de paso, a dejar atrás el feudalismo cuando eché a correr de nuevo. El podcast saltaba en el tiempo, volvía a los tiempos de la unificación y hablaba del honor, de los samurais, de los shogun y del emperador, mientras yo miraba al suelo y seguía la pista: una recta infinita en mitad de la soledad.
A la altura del kilómetro 23 el camino se hacía más duro, pero logré seguir corriendo metiéndome en los surcos dejados por las ruedas de los 4x4. A la derecha del camino aparecieron unos cercados hechos de palmas en los que la arena jugaba a anegarlos. Imaginé que serían sembrados antiguos. Las palmeras aparecieron casi de pronto y entonces supe que ya había llegado. En el último avituallamiento me bastó con cambiar la botella de agua. Ya casi podía escuchar la música.
En los últimos 150-200 metros el suelo volvía a ser una pista de tierra en la que se podía correr. Tras el tramo de arena, volver a ganar tracción en la zancada era un placer. Escuchaba la música casi al lado y aceleré el trote. Ahora corría como no lo había hecho en los tres días anteriores. Hice una última curva a derechas y me encontré prácticamente debajo de la pancarta de meta. Había llegado y esperándome con los brazos abiertos estaba mi animadora particular. Apenas había cruzado cuando me abrazó y las lágrimas se me agolparon de pronto entre los párpados.

Allí estaban casi todos los corredores que habían pasado el día, ya que apenas quedaban por cruzar la meta algunos pocos. En las caras de todos había felicidad. A nadie le importaba que los primeros habían tenido batalla, que Carlos pudo con Vicente, y que éste pudo escalar al segundo puesto. Lo importante es que habían llegado, todos habían vencido a sus fantasmas y a su cansancio y habían logrado cruzar la línea de meta.
Siempre he pensado que la felicidad está normalmente en el camino, en el acercamiento progresivo al objetivo. Hoy se que hay excepciones. Cruzar la meta, sentir el abrazo de la gente, saberme capaz de superar mis límites me hizo inmensamente feliz.
La otra cara de la moneda la vivía Leo, echado en la tienda enfermería, con el médico rebuscando en su bolsa un inyectable de primperán. Le habían faltado 6 kilómetros, pero había corrido los 20 previos prácticamente deshidratado. Lo suyo era aún más meritorio, casi heroico. Y, encima, cuando tuvo que abandonar apenas sin resuello, aún le quedaron ganas de hacer un chiste: “voy a ser el único que le de significado a la camiseta”.
Apenas tuve tiempo de estirar unos minutos, asearme muy ligeramente y cambiarme de camiseta para comenzar la última etapa del viaje. La carrera ya era historia, pero aún nos quedaban muchas horas de permanencia en Marruecos. Desde un alto pudimos ver el oasis que nos había servido de colofón a nuestra larga aventura y luego cubrimos la distancia hasta el hotel en el que todo comenzó: la Kasbah Xaluca.

La tarde la teníamos libre. Leo se quedo acostado para recuperarse, Luis y Aurora fueron al pueblo de compras y el resto nos quedamos en el jacuzzi y la piscina, aunque el jaleo de los chiquillos apenas nos permitió disfrutar del baño. No obstante, tengo que reconocer que a mi me daba lo mismo; desde hacía unas horas se había dibujado en mis labios una sonrisilla estúpida que aún tardaría algunos días en borrarse.
Estábamos citados a las 19:30 para la entrega de premios y la cena de gala. Antes de entrar en la sala nos repartieron las camisetas oficiales de la prueba: un magnífico trofeo que luciré a buen seguro en la próxima media maratón de Almería. A la entrada del salón de congresos en el que se iba a celebrar la gala nos esperaban los músicos del primer día. Las fanfarrias se paseaban por encima de las cabezas de los que íbamos entrando. Sobre el escenario, en una mesa, se encontraban los trofeos para los ganadores y las medallas para los finishers.
La gala avanzó deprisa. Se notaba la emoción en el ambiente, que cristalizó cuando nos proyectaron un resumen de las fotos realizadas por el fotógrafo oficial del evento. Ahora comprendimos el sentido que tenía tirarse al suelo a nuestro paso. Los planos eran geniales. Luego de entregar los premios a los vencedores, fuimos subiendo a por nuestras medallas el resto de participantes, todos emocionados y felices. Y entonces vino la cena. Aunque tal vez sea más correcto decir que entonces vino la fideuá. Hasta 3 paelleras cayeron (esas conté, pero no descarto que fueran más), no debió quedar nadie sin probarla aquella noche.

Tras la cena aún nos quedaba otra sorpresa. Habían preparado una fiesta de Halloween en un pequeño oasis al que nos llevaron otra vez en nuestros coches. La verdad es que reaalizaron un trabajo estupendo, con barra, zona de descanso, pista de baile y mesa de mezclas. Lástima que el repertorio musical fuera tan mediocre y que el personal estuviera tan cansado. Nos retiramos tras una copa y, al menos yo, esa noche por fin dormí de un tirón y descansando.

El ultimo día en Marruecos estuvo lleno de contenidos. Dimos un paseo por los exteriores en los que se rodó Sáhara. Subimos a la cumbre de una montaña redondeada que en su día hizo de cárcel para los colonizadores portugueses. Quedaban en pié alguno de los muros, pero creo que eran inútiles. En kilómetros a la redonda sólo había horizonte. Sólo un superhombre hubiera sido capaz de sobrevivir en medio de aquel absoluto vacío.


Luego nos llevaron a un mercado tradicional, con su burro parking, su mercado de ovejas, su zoco y sus carnicerías típicas, llenas de cabezas de carneros y moscas.

La última comida la realizamos en una “pizzería bereber” en Erfud, con un menú a base de ensalada, pizza, pinchos morunos, huevos sobre una especie de pisto y frutas. El viaje de vuelta al aeropuerto, que la primera vez hicimos de noche, era un palmeral eterno; de hecho nos informaron que formaba parte de uno de los palmerales más grandes del mundo, lo que pudimos comprobar en una última parada para fotos.

Ya sólo quedaba el vuelo de regreso. Tras ver partir a nuestros compañeros de Barcelona, subimos a nuestro avión y comenzamos a echar de menos el desierto...




FIN

martes, noviembre 15, 2011

La agricultura de la información

Cuando yo estudiaba los primeros cursos de económicas y empresariales (una carrera que ya no existe al haberse segregado en varias ramas) teníamos la convicción de que las economías pasaban por diversas fases de desarrollo en su camino hacia el éxito. Aparte de los modelos de desarrollo elegidos, se consideraba que los países iban avanzando en la medida que dejaban de ser agrícolas. En principio este axioma parece razonable ya que la industria era capaz de generar valores añadidos superiores a los de la agricultura, por lo que cada empleo en el sector secundario generaba varias veces lo que uno en el primario. Con el tiempo, y en la medida en la que el desarrollo proseguía, entendíamos que el siguiente paso era el de la terciarización. El peso del sector servicios se convertía así, en un magnífico indicador del nivel de riqueza de un país. La clave era que las necesidades de la sociedad se iban haciendo más diversas y complejas, a la par que la industria externalizaba parte de los servicios a su producción que antes eran provistos desde dentro.
La conclusión era que países con un gran porcentaje de PIB proporcionado desde la agricultura eran sinónimo de pobreza y subdesarrollo. Sin embargo esa historia, que en términos generales suele ser verdad, oculta una variedad de situaciones en las que son compatibles un alto nivel de desarrollo en términos de renta y un elevado porcentaje del primario en el PIB. O en las que se puede pasar de una sociedad agraria a otra terciarizada sin necesidad de pasar por la industrialización.
Los paradigmas en economía no son absolutos, ni siquiera prácticos. La industria se ha convertido hoy en una commodity más, y lo que añade hoy más valor añadido son las fases de diseño y venta al por menor. Algunas de las empresas más potentes y admiradas del mundo se apoyan en esta filosofía. Ser una potencia industrial no significa nada si el desarrollo de los productos y la venta se desarrollan y organizan en otros lugares. China lo ha comprendido y está poniendo en el asador toda su capacidad para no convertirse sólo en la gran fábrica del mundo. Porque ser una fábrica es un valor escaso, mañana se puede abrir otra en Mongolia, o en Paquistán. Lo importante es ser capaces de diseñar el producto de forma que éste sea percibido por los consumidores como algo único y deseable, algo que les lleve a adquirirlo pagando un plus por él.
Volviendo a la agricultura, es complicado entenderla como un proceso de producción industrial, porque en el fondo seguimos pensando que son conceptos antagónicos. La realidad es mucho más prosaica, cada vez el agro está más integrado en procesos industriales, desde la adquisición de inputs, hasta la elaboración de productos derivados de los frescos, impulsado en gran medida por las transformaciones en los hábitos de consumo de las familias. Desde esta perspectiva, los procesos de producción y comercialización agrarias se desarrollan con escasos flujos de información. Los agricultores no controlan datos sobre el comportamiento o las preferencias de los consumidores, pero tampoco controlan el grado de ajuste de las semillas que adquieren a esos gustos, salvo en contadas ocasiones en las que empresas de semillas, agricultores y cadenas minoristas actúan de forma coordinada. Esa información de la que no disponen hace que sus producciones sean perfectamente equivalentes a las obtenidas en cualquier otro país del mundo.
Por mucho que los agricultores españoles avancen en ganancias de productividad o en mejoras de calidad de sus productos, dado que están normalmente basadas en tecnologías no propietarias o de sencilla copia e implementación, los competidores terminan por alcanzarlos cada vez más rápido. Hasta el momento nos mantenemos como líderes en muchas producciones porque tenemos músculo (volumen de producción) y un tejido institucional que permite el desarrollo de actividades comerciales a lo largo del tiempo. Pero estas ventajas también están a tiro de piedra de muchos de nuestros principales competidores. La realidad es que, por ejemplo, desde 1975 los precios medios de las principales producciones hortícolas almerienses han caído en torno a un 35% en términos reales. Las opciones tradicionales son la mejora de los rendimientos, que reducen los costes unitarios; la ampliación de superficie por explotación, que mantiene los ingresos por empresa; y la concentración de la oferta, que posibilita una posición negociadora más sólida. Pero, en el medio plazo, estas estrategias siguen sin resolver demasiado. La primera de ellas, incluso, contribuye a empeorar la situación ya que genera aumentos de producción que presionan a la baja los precios a pagar por la demanda. La rentabilidad se erosiona y desaparecen explotaciones incapaces de mantener el ritmo de inversión y producción.
Es ilusorio pensar que daremos con la piedra filosofal de la agricultura que nos permita mantener una postura de liderazgo en los mercados a largo plazo. Los tiempos de los cambios lentos no son los actuales. Tampoco es una opción realista dejarse arrastrar por el pesimismo y abandonar. ¿Pueden los agricultores convertirse en agentes relevantes desde el punto de vista de los flujos de información en el mercado? Es complicado, pero es posible. Por un lado, la genómica se ha desarrollado a unos niveles en los que es posible acelerar el desarrollo de semillas con características “a la carta” en tiempos y con inversiones más cortas que hace unos años. Es, por tanto, posible que los agricultores (y sus agrupaciones) puedan invertir en el desarrollo del producto, recuperando parte de la libertad perdida ante las empresas de semillas. Por otro lado, es imprescindible recuperar el contacto con los mercados finales. Es crucial conocer a nuestros consumidores: cómo y cuándo compran, en qué formatos, cómo consumen nuestros productos. Este paso es más complicado, por cuanto es una de las bases en las que se sustenta el poder de la gran distribución. Pero, como hemos dicho más arriba, actualmente, España es un elemento imprescindible para completar los suministros de estas grandes cadenas. Tenemos la obligación de obtener un tránsito de información fluida a través de las grandes cadenas. Un reciente informe de la Comisión Nacional de la Competencia pone el dedo en la llaga de algunas de las prácticas de estas empresas que atentan, presumiblemente, contra la libre competencia. Una de ellas es la falta de contratos formales. Tal vez sea el momento de exigirlos e incluir en ellos alguna contraprestación informativa. También es posible alcanzar al consumidor final directamente, bien a través de tiendas propias como de la venta directa por Internet. Cierto que el primero de los sistemas se enfrenta a unos problemas de inversión y gestión que quedan lejos del paquete de experiencias de los agricultores; y que el segundo es mucho más complejo de lo que a simple vista parece. En cualquier caso, es vital hacerse con la información.
Es posible que las tecnologías de la información se transformen a lo largo del tiempo. Puede que los adelantos en la nanotecnología y en la computación cuántica permitan la ubicuidad de las redes a niveles más extremos que los actuales. Puede que nuestras estructuras sociales se transformen aún más. Pero hay algo que difícilmente cambiará. Los más de 7.000 millones de habitantes de este planeta necesitarán alimentarse a diario. Y en la base de esa certeza seguirá la agricultura. Es seguro que habrá negocio; hay que asegurarse que seguiremos en él.

lunes, noviembre 14, 2011

¡Qué playa más grande! (Desert Run 3)


¡Qué romántico es dormir en medio del desierto! ¡Que emocionante estar separados de la naturaleza sólo por unas telas! ¡Qué abrumador es el silencio saharaui!
Todo cierto si no fuera porque nuestras jaimas estaban junto al camino para los servicios; si no fuera porque los aullidos de los gatos sonaban como al lado de tu cara, o si no hubiera estado desde las 3 de la mañana sin pegar ojo escuchando a todo el mundo pasar y a todos los gatos maullar y gritar. Una mala noche la tiene cualquiera, pero ésta era ya mi segunda mala noche y teníamos por delante una media maratón.
La salida era temprano, por lo que nos levantamos aún más temprano para acudir al desayuno. La cena había sido copiosa y apetitosa, pero ahora nuestros sistemas digestivos se debatían entre la evacuación inmediata y el retraso hasta el momento de la carrera. Cuando uno no tiene un cuarto de baño propio es cuando se da cuenta de verdad de lo precaria de la vida en el desierto. Ya sé que este no es un pensamiento demasiado elevado (a ver si lo arreglo en los siguientes párrafos) pero tener el cuerpo cortado y no disponer de demasiadas tazas hace que te des cuenta de lo cómoda que es nuestra vida. Entre la hora del desayuno y la salida toda mi obsesión era no dejar nada dentro para que luego no fuera a querer salir a mitad de camino.
Algunos corredores ya tenían sus pies adornados de unas estupendas ampollas, entre ellos, nuestro Luis, que aparte comenzaba a tener las uñas negras, y no por suciedad precisamente. Claro que eso no era nada con como estaría al día siguiente.
Pudimos ver el amanecer desde una pequeña duna frente al campamento y luego de rehacer nuestras maletas nos fuimos al punto de encuentro de los corredores. Se pasó lista y vimos que ya unos cuantos habían decidido no correr esta etapa. La salida fue en torno a las 8 de la mañana. La gente aún estaba contenta y se notaba en las risas de la salida.
Supongo que no me creeréis, pero estos 21 kilómetros se me hicieron menos pesados que los primeros 15. Entre otras cosas porque el paisaje era muy variado y siempre bello. A nuestra izquierda se extendían las dunas sobre las que habíamos cabalgado la tarde anterior, y a nuestra derecha se sucedían los pueblos y las gentes.
Si la memoria no me falla pasamos al lado de al menos dos pueblos. Los chiquillos nos esperaban a la orilla de la pista para saludarnos o pedirnos caramelos y regalos. Algunos corrían unos metros a nuestro lado. Casi todos iban con chanclas pero había alguno que corría descalzo, sobre un lecho de tierra pedregosa. Les bastaba cualquier cosa, aunque no se cortaban un pelo a la hora de pedir cosas, desde las botellitas de agua hasta las gafas de sol. Incluso los geles alimentarios.

En los últimos kilómetros de la carrera se pasaba también por un antiguo castillo, casi tan extraño como nuestro propio paso por aquellas tierras desoladas. ¿Quién o quiénes lo construyeron? Y, sobre todo, ¿para qué? Cierto que era la única elevación de piedra en muchos kilómetros pero no me imagino la utilidad en el pasado, no había pueblos grandes alrededor. ¿Estaría en medio de alguna ruta comercial?
Poco a poco iban cayendo los kilómetros. Como ya digo, aunque el ritmo medio era más elevado que el del día anterior, me notaba mucho mejor y, desde luego, mucho mejor que en los minutos antes de la salida. Gran parte de la segunda parte de la carrera la hice con el sueco. El sueco, alto y rubio, como todos los suecos, estaba participando en la carrera para evaluar la posibilidad de traer a corredores nórdicos en 2012. Apenas hablamos, pero estoy seguro de que nos comprendíamos. Sobre todo, cuando al torcer el camino hacia la izquierda nos encontramos con un tramo de arena fina de duna. Ambos nos paramos y dijimos casi al unísono “Nooooo”. Y ambos sentimos el mismo alivio cuando comprobamos que el trecho no era muy largo.
Poco a poco la llegada se iba acercando y, cuando la divisé tuve la sensación de que estaba más cerca de lo que yo había calculado. El arco de meta se hacía cada vez más grande ante mis ojos y la posibilidad de acabar la carrera también. Esa mañana supe que lo iba a conseguir.

Otra vez fui el último de los tres y otra vez llegué entero y con sensación de haber podido dar algo más de mi. Habíamos corrido con camisetas rojas, y el lema del día era qué playa más grande. Fui consciente de que a la gente le había llamado la atención cuando escuché a alguien preguntar en la meta si habían llegado ya todos los de la playa. Mientras que nosotros estábamos corriendo por esas pistas marroquíes, nuestro equipo de apoyo se entretuvo jugando a los rallies. A pesar de las dificultades de entendimiento entre Hasan y ellas, lograron convencerle para que hiciera un poco el loco por las dunas, hasta el punto de quedarse atascadas en medio de una de ellas. Pero esa es una historia que les corresponde contar a ellas...

El nuevo hotel era del estilo del primero, tal vez un poco más pequeño y con unos pasadizos de acceso a las habitaciones peculiares. La Kasbah Tombouctou también contaba con piscina, aunque lo más curioso de la misma es que no estaba cerrada por detrás. No había muros que separaran el desierto del recinto hotelero, algo nada habitual en casi ningún país. Hay que reconocer que tampoco hacía falta. Se podía dejar la ropa secando en la calle sin ningún miedo a que alguien se la llevara.
La única pega es que habíamos llegado un poco antes de tiempo y algunos tuvimos que esperar un rato para acceder a nuestras habitaciones. Pero daba igual, de nuevo tendríamos un water a nuestra disposición. Tras la cerveza en la piscina de rigor (esta vez no hubo baño ya que el agua estaba realmente fría) y poner a remojo las piernas de nuevo, nos preparamos para la comida. Otra vez la mesa 8 estaba al completo y, junto a nuestros amigos catalanes, teníamos a Vicente, nuestro cronista en cabeza de carrera. Él nos contó que había vuelto a hacer tercero y que el primero había esperado al segundo para llegar juntos por segundo día consecutivo. A lo largo de ese almuerzo nos confirmó que el tercer día iría a muerte. La verdad es que me hubiera gustado poder ver el enfrentamiento que protagonizaron al día siguiente, ya que todos dijeron que dieron espectáculo. Pero, cada uno tiene una especialidad, la mía es la de glosar la dura batalla por los últimos puestos. Casi tan reñida como la cabeza.
La excursión de la tarde, que se pensaba anodina, pues nos habían dicho sólo parte del plan, terminó siendo de lo más entretenida. La primera parada la hicimos en un lago temporal que sólo se llena cuando llueve. Hasan nos contó que había llovido la última semana de octubre y que por eso había ahora algo de agua, pero que durante las fechas previas estaba completamente seco.

De allí nos pasamos por una antigua mina de magnesio. Ahora apenas había un par de personas trabajando en ellas, pero era evidente que tuvieron un pasado esplendoroso. Junto a ellas había un pueblo abandonado y se veían resto de maquinaria oxidada. En cierta medida, me recordaba un poco a Rodalquilar, un pequeño pueblo minero en Níjar que hoy vive del turismo.


Finalmente, nos llevaron a visitar un pueblo habitado por gentes provenientes de Malí en el que la empresa hotelera mantiene una escuela de folklore para niños y niñas del pueblo. Allí nos ofrecieron un ejemplo de danzas tradicionales, en las que me sorprendió el papel sumamente pasivo de las mujeres (sin contar con que apenas se les ve nada).
La cena fue temprano y nos retiramos de inmediato. En nuestras cabezas pesaban más los 26 kilómetros que faltaban que los 36 que ya habíamos recorrido.
(Continuará)

viernes, noviembre 11, 2011

Vamos a comernos el desierto (Desert Run 2)


Un lema para cada día. Esa fue la propuesta de Luis, a la que me adherí de inmediato mandando tres lemas para las camisetas. “Vamos a comernos el desierto” era el primero de ellos. Así que esa fue nuestra primera equipación de la carrera.
El equipo al completo
La mañana del 28, ligeramente afectados por el cambio de hora y muy motivados por la adrenalina, desayunamos no demasiado temprano. La organización, perfecta durante toda la aventura, tuvo buen cuidado de permitirnos descansar algo más tras el viaje. Tras el desayuno fuimos a recoger nuestros dorsales y volvimos a las habitaciones a ponernos el uniforme de faena. A la salida nos encontramos con Miki, que estaba empeñado en hacer un documental desde dentro de la carrera. A pesar de su equipación pistacho, llamamos su atención y con él contribuyó a crearse expectación con las camisetas de los andaluces.
La gente en la salida estaba nerviosa. Detrás del hotel, saliendo por la Plaza de Cataluña –¿a qué no adivináis de dónde es uno de los dueños del Grupo Xaluca– estaba montado el arco de salida-meta. Sonaban de fondo Carros de Fuego, We are the champions y demás melodías deportivas y animosas. El sol ya estaba casi en su apogeo, aunque la temperatura era bastante soportable y los corredores estiraban, trotaban o simplemente esperaban nerviosos la salida.


Salimos en dirección a las dunas. Aunque en un primer momento las rodeamos, corriendo por pistas en las que a menudo había zonas de arena, su amenaza estaba presente. Nuevamente la organización demostró su destreza, con unos avituallamientos cada 4,5 kilómetros en los que no faltaba agua ni frutas. La carrera pronto se rompió, los que competían por la victoria final abrieron hueco, quedando muy atrás los que, como yo, sólo aspirábamos a llegar.
El paso por las dunas, no por esperado, fue menos duro. La arena se metía en las zapatillas, a pesar de las polainas. A medida que se iba colando los pies tenían menos espacio para moverse y más complicado se hacía avanzar (ya, de por sí, bastante difícil). Para mi gusto la parte más complicada era la subida hacia las crestas de las dunas, en las que al final terminé caminando. Cuando por fin visualicé la meta, a un par de kilómetros, me permití subir el ritmo, aunque siempre con la mente centrada en los 62 kilómetros totales de la prueba.
Llegué muy entero y con un poco de pesar porque podría haber mantenido un ritmo más vivo. Como la llegada era el propio hotel, tras el calentón de la carrera pudimos refrescarnos en la piscina del hotel, mucho más fría de lo que cabía pensarse, demasiado para bañarse, pero estupenda para recuperar las piernas. Con el remojón y la cerveza de rigor nos fuimos a hacer las maletas, pues éstas debían salir antes que nosotros camino de las jaimas.
Tras la comida, en la que comenzamos a conocer a nuestros compañeros de mesa, tres chicos de Barcelona y un gaditano reconvertido en madrileño (y que en ese momento iba tercero), comenzaron las sorpresas. Primero nos pusieron unos turbantes azules (muy chulos, por cierto) y nos subimos de nuevo a nuestros todo terrenos. Hasan, nuestro chófer, resultó ser un loco de la autopista. Afortunadamente, la autopista del Sáhara no suele estar demasiado transitada.



La primera parada de la tarde fue a un yacimiento de fósiles. Este desierto fue hace más de 300 millones de años el fondo del océano, así que es posible encontrar amonites y otros fósiles del Devónico. Hasta allí fueron decenas de vendedores de recuerdos y artesanías basadas en los fósiles. Allí fueron decenas de chiquillos vendiendo colgantes a un euro. Y allí cayeron nuestros primeros dirhans también.
Tras los fósiles volvimos a los coches y con ellos nos fuimos al encuentro de los dromedarios. Nuestro Hasan, al más puro estilo Paris-Dakar, logró que llegáramos los primeros y, a pesar de que Aurora se negaba en redondo a subirse a uno de esos bichos, finalmente todos cabalgamos uno y partimos, de dos en dos, hacia las dunas de Merzouga.



Al llegar nos esperaba un puesto con agua, zumos, té y frutos secos. La idea era encaramarse a las crestas (a algunos nos costó sangre, sudor y lágrimas llegar hasta arriba) y ver desde allí el glorioso atardecer. A medida que el sol se iba ocultando en el Oeste, las sombras de las dunas se estiraban y los colores se iban apagando, de forma que cada vez que mirabas el paisaje era distinto. Cuando el sol desapareció, nuestros camelleros usaron las jarapas como trineos para bajarnos de la duna. Bueno, yo quise imitarlos y la bajé a su estilo: clavando los talones y corriendo pendiente abajo. Sorprendentemente lo logré sin caerme y sin que me entrara arena en las botas. Una vez abajo, nuestro Mohamed se convirtió en un comerciante de fósiles. 
El ocaso

Allí cayeron nuestros segundos dirhans, como no podía ser de otra forma, a cambio de una jabonera con amonites, una rosa del desierto y un fósil recortado.

Comité de recepción
Volvimos a los camellos y nos dirigimos al destino final del día: las jaimas de la Belle Etoile. Un hotel de tela en medio del desierto. A la entrada nos esperaba la música y, sobre las camas, unos vestidos especiales para la cena de esa noche. Antes de eso, no obstante, tuvimos la segunda reunión para recibir las explicaciones de la segunda etapa, que partiría muy temprano (demasiado) y nos llevaría entre dunas, pueblos y castillos hasta un nuevo destino.
La cena fue espectacular. No había bufé, pero a cambio pudimos degustar un excelente cous-cous y un asado de cordero simplemente excepcional. La noche, no demasiado fresca, invitaba al paseo. Acostumbrados a las noches de nuestras ciudades no podíamos ni imaginarnos lo más impresionante del lugar. Simplemente saliendo unos metros del campamento o subiendo al terrado de la recepción se podía contemplar el más alucinante de los cielos, repleto de estrellas y con la bruma de la Vía Láctea sobre nuestras cabezas. A punto estuvimos de pillar una tortícolis, pero hubiera merecido la pena.
Después de tanta arena y de tanta estrella nos fuimos camino de la cama alumbrando la senda con nuestras linternas y pensando para nuestros adentros: “joder, que playa más grande”.
Las jaimas al amanecer

(Continuará)

jueves, noviembre 10, 2011

Crónica de la Desert Run 1: Alea iacta est


Casi todas las historias tienen un principio antes de su comienzo. El de ésta se remonta al mes de julio de 2011, en el que un grupo de 5 amigos nos enfrentamos a nuestra primera carrera de montaña: la media maratón del Calar Alto.
Quién la haya corrido puede dar fe de su dificultad. De los 21 kilómetros apenas 2,5 son cuesta arriba. Casi nada, dirán ustedes. Pero antes de tomarme por un blandengue tal vez deban saber que los otros 18 son de continuo descenso. Del Calar, el que suscribe bajó roto. Una pájara me dejó clavado en el último tramo, a medio camino del empinado ascenso de un cortafuegos de pesadilla. Del Calar bajé convencido de que no sería capaz de terminar la Desert Run.
Unas semanas antes Paco nos había enseñado un recorte de la revista Runner en la que se hablaba de la carrera y, Luis, que siempre ha sido un fuguillas hacía suya la aventura y nos liaba al resto para intentar la machada.
No era yo el único con la moral tocada, el palizón había hecho mecha en nuestras huestes y los ánimos se habían enfriado bastante. Pero mientras que nosotros andábamos haciendo la cabra por la sierra, nuestras familias se habían reunido para comer juntas y esperar nuestro regreso. Fue lo peor que podía habernos pasado.
Cuando llegamos, la decisión de participar en la carrera ya estaba tomada. Nuestras esposas, ajenas al sufrimiento que acabábamos de soportar, habían estado haciendo planes sobre lo bien que lo íbamos a pasar, lo chulo que sería dormir una noche en una jaima y lo emocionante que sería ver el atardecer desde una duna.
Como dijo Julio César al cruzar el Rubicón: alea iacta est.

Así que durante el verano y, sobre todo, durante septiembre y octubre nos estuvimos entrenando para aguantar varias tiradas seguidas y para alargar nuestra distancia hasta los 25-26 kilómetros de la última etapa. También durante esos meses fuimos cumplimentando los requisitos para inscribirnos y de los cinco iniciales, la partida se quedó en sólo tres corredores, ya que uno se lesionó y otro (sí, lo han adivinado, la persona que tuvo la idea) finalmente no pudo escaparse del trabajo.
Y los tres que quedamos sufrimos a lo largo del entrenamiento sendas lesiones, algunas de ellas en fechas ya muy próximas al viaje. Con todo, el 28 de octubre, seis amigos partíamos desde Almería con destino a Er-rachidia (vía Madrid).

Llegamos a Marruecos cuando ya oscurecía, en la pista nos esperaban con té, frutos secos y música tradicional. Luego nos embarcamos en unos 4x4 y llegamos a Erfoud justo a tiempo para cenar. El hotel de nuestra primera noche era el Kasbah Xaluca, un recoleto complejo que imita las kasbas tradicionales tanto en la arquitectura como en el revestimiento de los muros, a base de adobe.

Tras la cena, tuvimos la primera charla, en la que Joan Boada y Fernando Sebastián (de Sportravel) nos contaron cómo sería el día siguiente. No habría que madrugar y la etapa sería corta, tan sólo 15 km, pero cuya parte final transcurría por dunas de arena fina. Muy fina.

Pero nosotros estábamos dispuestos a comernos el desierto.

Continuará...