Euro, punto y final

Este artículo es una petición de la revista Foco Sur en cuya próxima edición saldrá publicado. Se trata de un ejercicio de política-economía ficción, aunque en el caso de ruptura del euro sería muy complicado evitar un pánico bancario (aunque sea corto). Y, si esto sucediera, lo siguiente sería una restricción de reembolsos (el corralito). Vaya por delante que este acontecimiento lo veo improbable porque un escenario como el descrito tiene muchos más perdedores que la propia España y es de suponer que no van a dejar que suceda y que la hipotética reunión de Bruselas acabaría con un acuerdo (más Europa) para salvar la moneda única y a la propia UE.

Euro, punto y final*.

"Hasta avanzadas horas de la madrugada estuvieron los líderes europeos reunidos anoche en Bruselas. El plan era negociar una reforma de la Unión Económica y Monetaria que posibilitara la continuidad del euro como moneda común. Sin embargo, las posiciones se fueron enconando con el transcurso de las horas. Los países intervenidos, comandados por España e Italia, deseaban mantener mayores cuotas de soberanía económica, mientras que el frente acreedor no abandonaba la idea de la tutela efectiva y las contrapartidas fuertes. Finalmente, sucedió lo que nadie deseaba, a excepción de algunos pocos especuladores que esta mañana se han levantado inmensamente ricos: el euro ha estallado por los aires y el proyecto de una Europa unida se enfrenta a la mayor crisis de su historia".

La crónica radiofónica hizo las veces del café. Nunca antes en mis 43 años de vida tuve tan clara conciencia de que vivía momentos históricos, momentos que los libros de de texto de mis nietos reflejarían como un punto de inflexión, tal vez como referencia de un nuevo cambio de Edad o de Era. Y, en esta ocasión, sucedía en primera persona: no caía el muro en Berlín, ni simplemente se hundía el comunismo en la URSS; era el esfuerzo unificador europeo el que estallaba por los aires salpicando de cristales rotos todo el continente. Por fin mi generación se enfrentaba a un verdadero reto. De la misma forma que la de mis padres tuvo que afrontar la transición y la de mis abuelos la dura posguerra, la mía tendría que gestionar el mayor fracaso económico de la historia de España.

De camino al trabajo me fijé en las primeras colas que se formaban en las puertas de los bancos. La gente deseaba hacerse con sus euros antes de que el Gobierno decretase un corralito, como habían anunciado los medios de comunicación más alarmistas. Ya en la oficina el teléfono no dejaba de sonar. Amigos, compañeros, periodistas, familiares... Todo el mundo quería saber. Otra vez la maldición de los economistas, todo el mundo cree que debemos ser capaces de adivinar el comportamiento de las economías sin percatarse de que es tan fácil o difícil como adivinar el comportamiento de un solo individuo. "¿Habrá corralito?" "¿Servirán mis euros?" "¿Aún tendré que seguir pagando mi hipoteca?" Las respuestas debían ser tranquilizadoras: era mi deber contribuir a evitar un pánico bancario.

El gobierno reunió a los líderes de los partidos y ofreció un acuerdo de salvación nacional, pero la oposición exigió elecciones anticipadas. Mientras, las colas en las puertas de las oficinas bancarias seguían creciendo. A media mañana la policía tuvo que tomar las calles para controlar los disturbios que se comenzaban a producir en las filas kilométricas. El ministro de economía pedía tranquilidad a los ciudadanos por todos los medios de comunicación, a través de notas de prensa, entrevistas, tertulias y hasta inserciones publicitarias: "hay un plan alternativo, los euros seguirán siendo de curso legal en España, aunque en breve comenzará a circular las Nuevas Pesetas, con un diseño rompedor, encargado al gran Federico Rijoso, aclamado diseñador nacional". "Los españoles pueden estar tranquilos, sus ahorros están a salvo en sus bancos y el Fondo de Garantía de Depósito amplía su cobertura al 100% del efectivo en las cuentas". "El Gobierno no tiene previsto decretar ningún corralito".

Pero, por desgracia para él, y para todos, los mercados no lo veían tan claro. Ahora la apuesta era la quiebra del Reino de España y la prima de riesgo se elevó por encima de los 1.000 puntos. Y, al borde del medio día, las tres calificadoras comenzaron a clasificar la deuda española como default. Todos esperaban el impago. Y los problemas en las colas de las entidades seguían creciendo. En Barcelona, los antidisturbios tuvieron que intervenir para poner fin al asalto de una sucursal en la que se había agotado el efectivo. El primer muerto llegó 10 minutos después, de un ataque al corazón provocado por la ansiedad. Entonces el Banco de España pidió a las entidades que cerraran sus oficinas al público. Desde La Coruña hasta Almería, el ejército tuvo que ser movilizado para poner freno a las turbas de gente que se habían desahogado con los escaparates de las oficinas bancarias y ahora estaban saqueando las tiendas de comestibles. En apenas unas horas nos habíamos convertido en unos saqueadores. Pasamos del pánico a la furia en muy poco tiempo, pero la desesperanza se adivinaba como el siguiente estado de ánimo nacional.

Mientras, a través de las redes sociales millones de ciudadanos pedían la dimisión del gobierno, y la convocatoria de nuevas elecciones. Otros cientos de miles pedían un gobierno de concentración. Y, algunos miles, firmaban para pedir la reedición de los Pactos de La Moncloa.

Hacia la caída de la tarde el país estaba paralizado, ni siquiera la retransmisión en directo del oro olímpico en baloncesto logró calmar los ánimos. Tras decretarse el estado de excepción, la mayor parte de la gente había regresado a sus hogares, pero la red seguía generando toneladas de bits de indignación. A las 20:00 horas el presidente del Gobierno se dirigió al país en una conexión compartida por todas las emisoras: "desde esta noche, a las cero horas, todos los depósitos, saldos contables, deudas, contratos privados y mercantiles y anotaciones dinerarias cualesquiera, incluidos los títulos negociables de empresas y administraciones públicas deberán redenominarse en nuevas pesetas, cuyo cambio será de 600 nuevas pesetas por cada euro. Para proteger la solvencia de los bancos, las entidades permanecerán cerradas al público durante las próximas 48 horas, obligándose desde este mismo momento a realizar todos los pagos con tarjeta de débito o crédito, o con talones y pagarés. Asimismo, una vez reabiertas las oficinas, no se podrán realizar reintegros mensuales de más de 50.000 nuevas pesetas al mes, al menos hasta que se estabilice la situación. Nos esperan momentos duros, muy duros, y de enormes sacrificios para todos, pero estoy seguro de que los españoles seremos capaces de, en unos pocos lustros, volver a alcanzar el lugar en el mundo que siempre hemos ocupado, porque somos y seremos una gran nación".

Anoche dormí mal, como casi todos los españoles. Al levantarme, me conecté a Internet para comprobar el saldo de mi cuenta corriente, ya en nuevas pesetas: una cifra grande. Pero el nuevo precio del café me hizo considerar que, posiblemente, la cantidad no era tan grande como parecía. He vuelto a caminar hasta la oficina, las calles reflejan aún los rastros de las escaramuzas vividas ayer, aunque me he cruzado con las mismas caras de siempre, sólo que algo más sombrías. El teléfono sigue sonando desde ayer, pero con menor frecuencia, y en los periódicos se puede ver la cara de Gassol con su medalla de oro junto a la del presidente del Gobierno en la última rueda de prensa de la madrugada. Puede que hoy sea una nueva era, pero me ha tocado vivirla, no estudiarla. Y es lo que haré.

*Este es el resultado de un ejercicio literario de economía ficción. La ruptura del euro significaría también, con toda probabilidad, el impago de una parte sustancial de nuestra deuda externa. La devaluación esperable de nuestra nueva moneda haría que muchas empresas con intereses en el exterior o insertadas en cadenas de suministro globales quedaran en una situación muy delicada, a no ser que se estableciera algún mecanismo temporal de doble cambio para evitarlo. No obstante, el efecto más pernicioso no se viviría sólo en España o Italia, sino en el conjunto de Europa. Significaría un frenazo sin precedentes al proceso de unidad europea, incluso podría marcar el punto y final del mismo, dejando abiertas entre los actuales socios unas heridas de muy difícil y lenta cicatrización. Este retroceso condenaría a la vieja Europa a un papel cuasi marginal en el nuevo mapa económico global. La crisis política dentro de España sería otro aspecto delicado. Nuestra actual clase política parece no darse cuenta de la gravedad real de la situación, pero es lógico pensar que ante un escenario tan caótico como el descrito, los partidos terminarían por llegar a acuerdos, si no de gobierno, sí al menos de Estado para transmitir unidad y algo de tranquilidad a la ciudadanía.

Comentarios

  1. Creo que hay un pesimismo enorme ante cada solución, arriba que España se levantará airosa, si es cierto que el camino no será fácil, pero creo que juntos podemos lograr el progreso nuevamente de nuestro país.

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  2. Que hayan aceptado que el rescate vaya directamente a la banca en problemas sin pasar por el FROB podría significar que Alemania ha decidido salvar el euro...

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