La sangre tiene un precio

El PIB se desmorona. La revisión que ha realizado el INE pone de relieve una caída mucho más profunda del consumo de lo estimado inicialmente. Así, el agregado final creció menos de lo esperado en 2011 y desde más abajo, puesto que también se ha corregido al alza la caída de 2010. El presunto culpable de este comportamiento es, como ya he adelantado, el mal comportamiento del consumo.
Si miramos el comportamiento paralelo del consumo final de los hogares y del propio PIB comprobamos el gran peso que tiene en España esta componente. Y la conclusión inmediata es sencilla. O exportamos lo suficiente como para compensar la caída el consumo nacional o hacemos algo para aumentar este último. El problema es que a medida que la tasa de paro aumenta, lo hace también la desconfianza de las familias y se alimenta el círculo vicioso de la depresión: paro, desconfianza, menos consumo, menos oferta, más paro.

Fuente: INE, Contabilidad Trimestral de España.

La trasgresión anterior tiene otra consecuencia menos evidente, pero de amplia repercusión en términos de política económica. Nuestra crisis, que en algún momento pudo parecer de oferta (sobre todo de exceso de oferta) es hoy claramente una crisis de demanda. Y, en estas condiciones, insistir en un proceso de austeridad se antoja muy poco recomendable. Es cierto que nuestro nivel de endeudamiento externo es muy grande y que los mercados esperan una reducción del mismo como contrapartida para recuperar la confianza en nosotros y reconstruir el canal de crédito. Sin embargo, el actual camino de nuestra economía es el de la recesión y los acreedores también saben que la condición sine qua non para que el país deudor cumpla es que tenga crecimiento económico.

Dado que nuestra capacidad para impulsar programas de crecimiento desde dentro hoy tiende a cero, y dado que no parece que nuestros políticos perciban la necesidad de llegar a acuerdos generales para establecer una hoja de ruta nacional frente (o junto) a Europa; la salida es que nuestros vecinos consuman más. Y que nosotros seamos capaces de venderles, por supuesto. Esto tampoco parece que vaya a suceder, al menos con los vecinos de nuestra misma moneda, pues se están automedicando con el mismo jarabe que nosotros, y el desenlace, por tanto, será menos crecimiento para ellos también.

Por tanto, recortados por dentro y maniatados por fuera, sin una clara senda que nos permita sobrellevar el dolor con esperanza, la población de este país se va a ver sometida a unos niveles de sufrimiento a los que no está acostumbrada. Es posible que la gente no se eche a la calle al principio, porque aún hay mucho que perder y poco que ganar, pero cuando cada vez más ciudadanos pierdan la esperanza, el ambiente podría llegar a hacerse irrespirable. La sangre que está perdiendo nuestra sociedad a través del sufrimiento que estamos llevando a capas crecientes de la misma no es gratuita. El primer pago lo estamos abonando ya, y es el aumento del odio, en principio al extranjero, pero si no se pone remedio, acabará apareciendo entre los que tienen trabajo y los que no, entre los que están jubilados y los que no, entre los que tienen piso y los que no, … Otro de los peajes es el de poner en juego el sistema del que nos hemos dotado: ¿Para qué votar? ¿Para qué la democracia?

Las sociedades, como bien dice Antón Costas en los últimos tiempos, tienen una capacidad limitada de sufrimiento, y una vez sobrepasada nadie puede estar seguro de cuál será el final. Debemos poner tanta atención a esto como la que le ponemos al déficit. La cadena siempre se rompe por el eslabón más débil y nosotros hemos puesto al otro lado de la misma un ancla que comienza a ser demasiado pesado…

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