domingo, abril 22, 2012

Los inmortales, de Manuel Vilas

El futuro es inmortal. Los hombres prolongarán sus vidas infinitamente. Y pensarán que cualquier tiempo pasado fue peor. Pero antes de la inmortalidad general hubo inmortales juguetones, apasionados, salvajes. Inmortales que podrían manchar el buen nombre de la humanidad y cuyo restos hay que eliminar.
Los inmortales, casi siempre de dos en dos se van juntando para esperar juntos la segunda venida del Arcángel San Gabriel (Arcan y no Gaby, que hubiera sido lo suyo): un extraterrestre, mensajero del amor y que viaja en su nave espacial a velocidades mayores a la de la luz, siempre limpiando el polvo estelar que se acumula.
Los inmortales entretienen la espera, convertidos en seres que se reencarnan y que viven de forma apasionada. Saavedra, Juan Pablo II, la madre Teresa, Van Gogh, Picasso, Virgilio o Lorca son algunos de los inmortales que habitan las páginas de esta historia que desbarra hasta el surrealismo más disparatado.
A veces me pregunto si en el fondo no soy un "bien queda" intelectual. Soy incapaz de juzgar en negativo casi nada. Reconozco que esta novela al principio no me gustó. No logró engancharme. Me parecía un blog más que una novela. Sin embargo, al final he terminado encontrándole el punto. Plagado de referencias al cine, a la literatura, a la música (la música es un protagonista más en esta novela –debería venderse con un CD de banda sonora–), termina creando con el lector una corriente de simpatía,  basado en los gustos comunes, y en los pasajes en los que la locura viaja pareja a la sátira. Los mejores momentos del libro son precisamente los más delirantes. Para mi gusto, el capítulo del coche fantástico es uno de los más logrados, con esa Mother T. enamorada de Ponti...
Cierto que no será una de mis favoritas, pero también lo es que me ha abierto el gusanillo de leer algo más de este autor, cuya búsqueda en Google me ha arrojado la dirección de su bitácora, ya fichada para ser debidamente seguida...


viernes, abril 13, 2012

Hundamos el Titanic

Anoche (12 de abril de 2012), en la presentación del número 20 de la colección de estudios Mediterráneo Económico, el profesor Antón Costas resumía las opciones de España a sólo cuatro tras citar a San Agustín (Dios mío, dame la castidad/austeridad, pero no ahora). A saber:

  • 1. Seguir por la actual senda de desendeudamiento privado (lento) y ajuste público (rápido) (los paréntesis son mis añadidos). Esta senda es peligrosa y a corto plazo nos conduce a más recesión y a poner a prueba la resistencia de la sociedad. En este punto nos recordó que en la historia es fácil rastrear situaciones parecidas en las que el populismo fue la alternativa libremente elegida por los pueblos.
  • 2. Que Alemania comenzara a trasvasar fondos a la Europa del Sur, al tiempo que éstos enviasen mano de obra a Alemania, solución por la que no cree que los germanos sintieran demasiada simpatía.
  • 3. Cambiar la filosofía del euro desde una unidad de cuenta de unión monetaria a una moneda de unión económica. Es decir, que el BCE se convierta en un verdadero banco central y actúe como tal, lo que implicaría (esto lo apostilló Josep Piqué) una renuncia de los países a parte de su soberanía.
  • 4. Una salida de Alemania del euro. Dicho de otra forma, una voladura de la moneda y la vuelta a unidades de cuenta nacionales, con el riesgo de dinamitar al mismo tiempo la UE y condenar a la nimiedad a una Europa que ya de por sí está bastante disminuida en el contexto mundial.

A su juicio, la mejor opción es la tercera, pero el problema es que en Europa las decisiones se toman demasiado despacio. Su visión, por tanto, es bastante pesimista (repitió en varias ocasiones "no me salen las cuentas"). A lo largo de la intervención fue "picando" a Piqué para que éste le hiciera una réplica. El ex ministro no se achicó y entró al envite, apostando por la austeridad en las cuentas públicas para restablecer la confianza en los mercados, a los que hemos estado apelando para financiarnos más de una década. Coincidió con Costas en que la opción más Europa es la deseable, con la apostilla ya mencionada y terminó su alocución con la frase: " y no olviden que cuando el Titanic se hunde, se hunden con él los pasajeros de tercera y los de primera".
Coincido con Costas en la apreciación de que nos estamos autocondenando a una travesía del desierto incierta y muy peligrosa desde el punto de vista de la estabilidad social. Los recortes actuales, y los que tendremos que seguir haciendo para enjugar los efectos de las menores recaudaciones fiscales, nos están situando en un estado de postración económica que, a lo peor, los españoles no estamos dispuestos a asumir.
La clave es crear condiciones para crecer y, en base a ese crecimiento, reconstruir las finanzas públicas. Cierto que esta crisis nos debe servir para purgar nuestros pecados públicos y privados, pero el castigo no puede suponer la muerte del pecador.
Luego... ¿Nos queda alguna salida aparte de desangrarnos vivos? Yo propongo que hundamos el Titanic, para continuar con la metáfora de Piqué. La economía española sigue siendo una de las grandes de la Unión. Un hipotético rescate a nuestra economía supondría, de facto, la quiebra del sistema euro. Y esa es nuestra única ventaja. Aparte de los recortes públicos, desde hace dos años, el sector privado ha comenzado a reajustar sus costes, realizando una devaluación en toda regla a través de la reducción de salarios nominales. Es decir, posiblemente, nuestra posición competitiva está mejorando más deprisa de lo que pensamos, pero debemos ganar algo de tiempo para permitir a las empresas crecer en el exterior. Creo que la jugada pasaría por "forzar" a Europa a actuar deprisa. Primero cerraría un pacto de Estado con la oposición basado en una hoja de ruta creíble a medio plazo en la que se ralentice el ritmo del ajuste público. El siguiente paso debería ser ir a Bruselas (o a Berlín) con ese plan y decirles a nuestros socios (o a nuestra jefa) que esa es nuestra elección de salida de la crisis y que la defenderemos como los últimos de Filipinas defendieron su pequeña misión. Y que si no nos permiten los márgenes que pedimos, la opción es dinamitar el euro. O sea, hundir el Titanic. Mientras, en el ámbito interno tendremos que ponernos a sacar de golpe y a toda prisa la basura que aún quede en los balances bancarios, tendremos que reducir nuestros salarios y reajustar nuestra administración (¿Cual debe ser el tamaño mínimo en términos de población de un municipio? ¿Cuáles son los servicios que debe ofrecer cada administración? ¿Qué debe estar centralizado y qué no?) para que el gasto no sea menor, sino mucho más eficiente.
Si el plan sale bien, habremos ganado algo de tiempo y se habrá metido prisa al programa "más Europa", permitiendo un clima de mayor confianza no ya en España, sino en el proyecto europeo. Si sale mal, perderemos todos. España seguramente tendría que realizar una quita, crearía una nueva "peseta" y se vería castigada por los mercados internacionales por al menos 20 años, que es el tiempo en el que la actual generación de inversores será sustituida por otra nueva. Y, mientras tanto, los españoles aprenderemos a vivir sin necesidad del ahorro exterior... Hasta la próxima burbuja, claro.

jueves, abril 05, 2012

Más allá de la reforma laboral

Este artículo es una promesa que en su momento realicé al Diario de Almería. Las minivacaciones de Semana Santa me han permitido leer todo lo que tenía acumulado al respecto y organizar un esquema de argumentación más o menos sólido (la última opinión la tiene siempre el lector).

Antes de nada, me gustaría pedirle al lector curioso que de una ojeada a una conferencia que impartí en 2008 y cuya argumentación me sirve de punto de partida para este artículo:

Si la paciencia no les da para leer todo el contenido, al menos échenle un vistazo a las diapositivas. La idea básica de aquella conferencia, titulada Las crisis superpuestas, es que hay algo más que una crisis de carácter financiero. Junto con ésta, se está produciendo otra crisis cada vez más profunda en la economía real, y que en el caso de España mantiene perniciosos efectos de retroalimentación entre ambas, producto de la borrachera de crédito en la que nos metimos para financiar nuestra burbuja inmobiliaria. Junto a ellas hay una crisis social, en la que se mezclan problemas de valores y/o falta de ética, pero que se amplifican por la globalización y la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación. También hablaba en la conferencia de una crisis energética y otra, la madre de todas las crisis, la ecológica. En el fondo, ahora éstas últimas son la misma, ya que nuestra dependencia de los combustibles sólidos no es sino una más de las expresiones de la crisis ecológica: en el fondo, estamos tomando prestado de las generaciones pasadas de vida en la Tierra, la energía que estamos usando para mantener nuestro sistema en funcionamiento. El mundo se acerca inexorablemente a los límites de nuestra frontera de posibilidades de producción como especie. Ya sé que muchos estarán pensando que detrás de estas palabras hay un malthusiano que no se ha enterado de que existe una cosa llamada tecnología. Conozco y reconozco el papel de la tecnología como elemento conciliador entre la eficiencia y la sostenibilidad, pero no presumo que sea capaz de solucionar todos los problemas, o al menos no siempre en los plazos necesarios. Los colapsos ecológicos forman parte de la historia de la civilización humana mucho antes que las burbujas financieras y no creo que estemos vacunados ni para las unas ni para las otras.
conferencia premios duna 2008


¿Qué tiene esto que ver con la reforma laboral? Mucho, si no entendemos el entorno en el que se desarrollan los problemas no podremos tomar las soluciones correctas. Las bases de la reforma se basan en varios postulados, entre los que se cuentan: la falta de flexibilidad de nuestro mercado de trabajo, nuestra escasa competitividad y las ineficiencias del sistema de negociación colectiva para adaptarse a las situaciones de coyuntura adversa, como la que estamos viviendo. En primer lugar, no me creo los dos primeros. La razón es sencilla, el mercado de trabajo español fue capaz de crear 6 millones de empleos en apenas una década y destruir tres millones en dos años. ¿Eso es falta de flexibilidad? A mi me parece que no. Otra cosa es que el daño principal del ajusta haya recaído en una tipología concreta de trabajadores, mientras que hay algunos que siguen protegidos en la ciudadela del empleo. Por otro lado, es paradójico que nuestro problema sea la falta de competitividad y luego nuestro sector exterior logre ganar cuota de mercado internacional.
El tercer problema sí que me parece importante y había que habilitar cláusulas de descuelgue y mecanismos de ajuste internos para las empresas, de manera que se puedan particularizar las negociaciones y las situaciones, para desincentivar el despido como vía principal de ajuste.
La reforma actual ha elegido el camino del abaratamiento del despido, como respuesta a la generalización del despido improcedente en las instancias de la magistratura y sus famosos 45 días por año trabajado, optando por lo más sencillo, antes de meterse a objetivar situaciones y excepciones. Ahora dará igual lo que diga magistratura, todos los despidos serán más baratos. Por otro lado, se permite a las empresas tener a un trabajador contratado durante un año y que el coste del despido del mismo sea cero, lo que supuestamente favorecerá la contratación del colectivo más joven.
Es decir, la puerta de salida del empleo se hace más sencilla, lo que implicará que en sucesivas crisis la vía más sencilla para reajustar los costes siga siendo el despido, lo que tradicionalmente han venido haciendo las empresas en España, limitando el efecto de las facilidades de ajuste ajenas a convenio colectivo.
Pero, ¿ayudará esta reforma a la creación de empleo? Sinceramente, mi opinión es que no especialmente. El mayor incentivo para la creación de empleo es la existencia de una demanda de bienes y servicios potente. La demanda de trabajo es una demanda derivada de la del mercado de bienes y servicios y hasta que no se recupere éste, no habrá creación de empleo. Vuelvo a recordar que España creó 6 millones de empleos con la anterior legislación.
Entonces, ¿para qué servirá esta reforma? Para acelerar nuestra devaluación de costes internos. Al estar dentro de una unión monetaria, ya no tenemos el mecanismo de la devaluación de la moneda para reajustar de un plumazo nuestra competitividad. Tampoco parece que podamos esperar la solidaridad del resto de socios de la Unión, sobre todo de los que tienen una mejor situación, ya que no somos el país Eurolandia. Así que la única salida que nos queda es reducir nuestros costes lo más deprisa posible. Una vía es que nuestra inflación crezca menos que la del conjunto (lo que ya está sucediendo, pero no con la intensidad que nos permita una reducción lo suficientemente rápida). La otra es reducir nuestros salarios nominales. Los reales suelen caer en situaciones de crisis pero, de nuevo, no a la suficiente velocidad. Para esto sí que servirá la reforma laboral y sus nuevas facilidades para convenios de empresa y descuelgues, así como las facilidades de despido y su consiguiente peso como moneda negociadora.
Mirando a largo plazo y a nuestro alrededor, incluida Alemania, parece que Occidente se ha lanzado a una carrera de precarización del empleo. Casi todos los países tuvimos, en un determinado momento, salarios y costes de producción bajos, España también. Sin embargo, a media que se desarrollaban, sus costes laborales y el sistema de protección de los ciudadanos aumentaba para converger con los más desarrollados. Sin embargo, la entrada de China e India en el juego económico mundial ha trastocado este proceso. La base del problema es que entre ambos suman más de 2.500 millones de habitantes, lo que implica que, por mucho que sus empresas creen empleos, la presión sobre sus salarios no puede crecer tan deprisa como lo hacía en los países occidentales, ante la ingente cantidad de mano de obra presionando para entrar en el mercado de trabajo de sus industrias.
Tampoco sirve de mucho hoy estar dónde estamos. Algunos economistas argumentaban que la razón de los mayores salarios de los trabajadores no cualificados de Occidente era que estaban “al lado” de los trabajadores más cualificados del mundo. La globalización y las tecnologías de comunicaciones han venido a desmontar esa ventaja de localización. Ambas razones impulsan a que la convergencia sea a la baja desde nuestro lado y no al alza desde el suyo.
Si el mundo en su conjunto se enfrenta a las crisis superpuestas, España está en primera línea de frente de cada una de ellas. Y la crisis social no ha hecho nada más que comenzar. Las tensiones van a crecer irremediablemente a no ser que la ciudadanía vea avances en el corto plazo. Pero la política presupuestaria y las nuevas facilidades de despido sólo van a provocar mayores dificultades para el crecimiento y más paro.
Y, desde luego, la nueva amnistía fiscal decretada por el Gobierno no va a ayudar en nada a mejorar la situación, pues el mensaje que se está filtrando a la sociedad es que, aunque en esta crisis se les piden esfuerzos a otros, hay algunos que están sacrificándose bastante más que otros.