lunes, julio 30, 2012

La boca del Nilo, de León Arsenal

A partir de una no muy documentada expedición romana en busca de las fuentes del Nilo, el autor teje una historia épica de aventuras y descubrimientos. Aunque es una novela coral, el principal protagonista resulta ser un comerciante llamado agrícola, que se une a la expedición en nombre de algunos comerciantes de Alejandría, para estudiar las posibilidades de la ruta.
Agrícola rememora el terrible viaje años después, en medio de un banquete. A su recuerdo acuden los dos jefes de la expedición, su enfrentamiento personal y el extraño triángulo que forman con una sacerdotisa enviada por los reyes de Meroé (Nubia). Durante la travesía se tienen que enfrentar a un grupo que intenta sabotearles, a indígenas que les atacan, animales desconocidos y a las penosas condiciones de un largo, muy largo viaje.
Se nota que el narrador es un conocedor de la estructura del ejército romano en los tiempos de Nerón y que se ha documentado de forma excepcional para hablar del trayecto y de los pueblos que se debieron cruzar los expedicionarios en su camino. La narración es ligera, se deja leer muy fácil y no decae en todo el libro. Uno puede imaginarse a los protagonistas, perdidos en los enormes pantanos más allá de Meroé, sudando por la fiebre y luchando contra las hordas de mosquitos.
Sin embargo, algo hay que impide que sea una obra redonda. Es entretenida, enseña al mismo tiempo, pero no llena completamente. Tal vez sea que en ocasiones el narrador olvida que es agrícola quién se supone que está contando la historia, tal vez sea que hay estructuras de palabras que se repiten demasiado. O tal vez sea que yo no soy el lector adecuado para este libro. Estoy leyendo ahora otra novela sobre el emperador Dominicano y, además de fidelidad, erudición y entretenimiento está mejor terminada (y eso que es mucho más larga).
En fin, como novela histórica tiene el valor de la fidelidad y la ocasión (el viaje de una vexillatio hacia el Sur, adentrándose en las tinieblas de África, buscando el origen del Nilo es una auténtica perita en dulce), como novela logra uno de sus objetivos que es entretener, pero desde el punto de vista literario no logrará pasar a la historia.

lunes, julio 23, 2012

Default made in Spain

La prima de riesgo está por encima de 630 cuando escribo estas líneas. De Guindos insiste en su comparecencia que no habrá rescate a España y el ministro alemán de finanzas explica que España no será la nueva Grecia. Si los ministros español y alemán tienen razón ¿qué hace la prima batiendo records?
Resulta evidente que el precio que el mercado asigna a los bonos españoles es cada vez mayor con referencia al alemán, es decir, que se les atribuye una mayor probabilidad de impago. Si la prima fuera solo un indicador, si no tuviera repercusiones sobre los costes financieros del Estado, esto no resultaría problemático. Pero ese diferencial creciente entre España y Alemania (eso es la prima de riesgo) encarece nuestra deuda y acerca de forma peligrosa un escenario que hace un año nadie creía posible y hoy es una posibilidad más que plausible, por mucho que los ministros se empeñen.
La economía española no reacciona a las medidas que se llevan tomando desde junio de 2010. Los sucesivos recortes de gasto han ido seguidos de nuevos recortes en la misma medida que el déficit aumentaba y los mercados apretaban. Dejando a un lado el problema nada neutro de que la base de nuestra crisis ha sido un proceso de sobreendeudamiento privado y no público, lo cierto es que el PIB nacional, que había logrado cerrar 2011 con tasas ligeramente positivas, ha vuelto a decantarse por el decrecimiento, siendo la última previsión para el 2012 de una pérdida del 1,5%. Eso llevado a términos de empleo, obviamente no es demasiado compatible con una mejora del mismo y tampoco es un acicate para que aumenten el consumo o la inversión. Ambas magnitudes, sin embargo, están muy relacionadas con la confianza de las familias y con las expectativas de futuro de las mismas. Si éstas piensan que las probabilidades de que sus ingresos decrezcan son elevadas, lo más seguro es que disminuirán su consumo actual para ahorrar en previsión y, si pueden, demorarán sus decisiones de consumo de bienes duraderos. Incluso aunque inundara al país una ola de optimismo y todos los agentes decidieran que el futuro a corto plazo va a ser mejor, nos encontraríamos todavía con la incapacidad de bombear recursos hacia estas unidades de gasto e inversión.
El sistema financiero español sigue apartado de los mercados de capitales. El resumen de la situación es que si no somos capaces de romper el nudo gordiano que nos aprisiona, no seremos capaces de salir del círculo vicioso en el que estamos inmersos y terminaremos ocupando un macabro lugar en los libros de historia como el primer país verdaderamente sistémico en declararse en quiebra. Romper ese nudo requiere posiblemente una visión y una determinación de la que carecen nuestros gobernantes actuales, aún enfrascados en sus guerras de poder y en sus valoraciones de efectos electorales.
A falta de un Alejandro Magno que rompa el nudo, precisamos de una espada que deben llamarse pactos de estado (¿Moncloa II?) en la que los partidos españoles se comprometan a seguir una hoja de ruta. Esa hoja de ruta debe establecer, ya digo, compromisos, pero a la vez debe tener la virtud de ganar tiempo para la economía española y de permitirnos medidas de estímulo fiscal que pongan en marcha los mecanismos de crecimiento.
Nuestra pertenencia a la eurozona, además, implica que no podemos actuar por nuestra cuenta. Un frente ítalo-español (o ítalo-franco-español) tendría un peso considerable a la hora de negociar nuevos plazos y compromisos. Por otro lado, y como decía Steve Jobs, de vez en cuando hay que jugarse la empresa entera a una carta. Nuestra empresa es el euro y, si no somos capaces de hacer que funcione como una verdadera moneda única, estaremos sembrando futuras tempestades. Hay que jugársela, nuestra situación es ya desesperada y el tiempo va en nuestra contra. De momento el nudo aprieta y aprieta, y no parece que ninguno de los recortes a los que nos estamos sometiendo tenga el más mínimo efecto sobre él. Somos la banda de música del Titanic, el barco se hunde y nosotros seguimos tocando nuestra partitura en la cubierta. Si al menos la música fuera bella tendría sentido, pero nos están obligando a tocar música sinfónica cuando apenas tenemos un puñado de instrumentos.

domingo, julio 22, 2012

Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero

En la inolvidable Blade Runner, el replicante tiene al cazador prácticamente en sus manos. Pero es tarde, demasiado tarde, y entonces le dice unas palabras que resumen la fragilidad de su existencia: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas en el cielo de Orión. Brillar Rayos C en la oscuridad, cerca de la Puerta de Van Hauser. Todos esos instantes se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir". Y entonces se queda callado, muerto bajo la lluvia, posiblemente ocultando una última lágrima. Rosa Montero deja claro desde el principio que sus replicantes no son los de Philip K. Dick y la original "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", pero son muy parecidos y deben ese nombre a la película que es una referencia constante a lo largo del texto.
Madrid, 2109. Es el futuro; tras muchas guerras los estados de la Tierra se han unificado, se ha contactado con civilizaciones extraterrestres, hay dos mundos artificiales habitados por humanos y se ha inventado la teletransportación. Bruna Husky, una replicante de combate que ahora es detective se ve envuelta en una trama en la que se mezclan radicales replicantes, supremacistas humanos, policías, memoristas y políticos que intentarán sacar partido de una situación de tensión creciente entre humanos y tecnohumanos (replicantes).
Los replicantes de Montero, como los nexus de la película, tienen una vida limitada, unos diez años, transcurridos los cuales mueren, pero no como en la cinta, de una muerte inmediata y fría, sino como consecuencia de un tumor masivo que los abate y los destroza antes de reducirlos a materia muerta. Bruna cuenta los días que le quedan de vida hasta la fecha de los 10 años, es un mantra que repite a lo largo de toda la historia, y que le sirve para centrarse en los momentos de mayor tensión.
Husky intenta averiguar el porqué de las muertes violentas de varios replicantes, motivadas por memorias en mal estado. Poco a poco el problema va alcanzando nuevos matices y ella termina en medio del embrollo.
Lágrimas en la lluvia es una novela de ciencia ficción porque transcurre en un futuro posible, pero en realidad se trata de una novela negra que transcurre en ese futuro. La maldad, la ternura, el amor, el odio, las emociones más humanas están en las 300 páginas. El odio y la desconfianza promueven un estado de cosas que tal vez podría compararse con el de la Alemania de preguerra y la presión creciente sobre los judíos. El mundo futuro de Montero es muy presente. No sólo porque transcurra en Madrid y los nombres de las calles nos suenen, sino porque la historia que nos cuenta es una historia muy actual.
En el lado literario la novela no cojea, al contrario. La narración gana muchos enteros a causa de la prosa de la autora, que utiliza sabiamente los símbolos y las metáforas para engancharnos en la lectura. En resumen, me llamó la atención la cubierta del libro, me interesó la reseña del Círculo y, sobre todo, me ha encantado la lectura.
PD: Esta novela tiene, además, una virtud interesante, contiene una buena cantidad de momentos cinematográficos. Si algún productor de Hollywood la lee rápidamente comprará los derechos. Tiene una pinta de película estupenda.

miércoles, julio 18, 2012

Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos

Antes de nada debo aclarar una cosa: soy un llorica. Tengo la lágrima fácil: lloré cuando murió Chanquete, cuando murió la madre de Bambi y hasta en Buscando a Nemo. Y te digo esto porque durante el rato que me duró esta novela (literalmente, la leí del tirón) reí, lloré, volví a reír y terminé llenando de goterones la última página, y es posible que cualquier otro lector vea sensiblería donde yo veo emoción. El argumento es sencillo: el mundo visto a través de los ojos de un niño de 5 años muy especial. Se trata de una especia de viaje iniciático en el que el personaje (el mismo Vasconcelos) descubre la ternura. Y la encuentra allí donde menos la esperaba, porque las condiciones de partida no eran precisamente las mejores: una casa en la que los hijos mayores deben encargarse de los pequeños porque la madres siempre está trabajando y el padre se pasa el día sufriendo por estar en paro.
El resultado es que creo que no he leído nada escrito con tanta ternura desde que me enfrenté, hace ya bastantes años, a La sonrisa etrusca en la que la relación niño-abuelo era un disfrute constante. Aquí aparece algo similar, el viejo y el niño que se entienden por encima de las barreras del tiempo y que terminan siendo cómplices. El protagonista de la novela piensa que es el diablo quien le empuja a hacer travesuras, aunque al mismo tiempo demuestra una capacidad de empatizar absoluta, lo que le lleva a entender los motivos de todos, incluso los de los que le hacen mal. En medio de ese caos de sentimientos (es un niño de 5 años), hay algunas figuras protectoras que le sirven de faro en medio de sus tormentas personales: su hermana Gloria, su profesora (la única que nunca recibe flores regaladas por los alumnos) y un viejo portugués al que juró matar cuando se hiciera mayor. También aparece, lógicamente, su planta de naranja lima, un arbolito al que adorna, con el que habla de todo lo que le sucede y que es el principal compañero de sus juegos.
Vasconcelos compone un relato sencillo y muy intenso, dotado un ritmo propio, al que sin duda debe haber contribuido la labor del traductor, en el que las canciones, los pensamientos y los diálogos van presentando la historia, narrada en primera persona. A ratos podría parecer un libro del realismo mágico, aunque en este universo los árboles que hablan sabemos que lo hacen con la voz del niño.
En resumen, merece la pena que pierdas unas horas en leerlo, incluso si no lloras, disfrutarás y hasta puede que termines recomendándole su lectura a todos tus amigos, como me ha pasado a mi...

lunes, julio 09, 2012

La casa pierde, de Juan Villoro

Justo acabo de leer la última frase del libro: "el relato lo toca lo suficiente para desear mi destrucción: decide publicarlo". Y he sentido la necesidad de apresurarme a escribir la reseña, para no olvidar, para poder afirmar aún con el eco de las últimas sílabas que Villoro es un gran fabulador. La casa pierde es una colección de cuentos que mantiene como nexo común el protagonismo de hombres fracasados. En algunos casos, el fracaso es sobrevenido, aunque en la mayoría se trata de una característica fuertemente arraigada en la personalidad de los personajes. No obstante, tengo que reconocer que alguna de las narraciones se me ha hecho un poco larga, aunque no ha sido precisamente las más numerosa en páginas. No se si se ha debido a la puntuación, al particular uso del lenguaje, tan mexicano, o a las condiciones de lectura, siempre bajo un sol de justicia a las horas intempestivas que en verano se roban a la siesta en las playas. Sin embargo, el regusto final es excelente. Ya me pareció con El extremo fantasma que el libro mejoraba por momentos: la maravillosa recreación literaria de lo más ruin del fútbol, en la que el perdedor no se sabe perdedor hasta el final justo cuando está a punto de ganar. Y es curioso, porque el juego y el deporte atraviesan el libro desde el principio hasta el final, ya sea como excusa, ya sea como tabla de salvación de algún protagonista o como método de expiación. El momento culminante se logra con La corrección, un cuento sobre los cuentos y sus escritores, sobre la envidia, sobre los infiernos del éxito y los del fracaso: una obra maestra. Supe de Villoro gracias a Orsai, y cuando vi su nombre en la cubierta de este libro, lo compré sin más, a pesar de haber superado mi presupuesto inicial de compras (fui a por sólo uno, y me traje tres). La única duda que me reta es saber si en la larga distancia es tan bueno como en la corta. Pero eso será asunto de otra reseña.