domingo, octubre 28, 2012

Almería se sale


Este artículo me lo han pedido para la revista NOVA CIENCIA, donde aparecerá en breves días. 

Sí, se sale, se sale del mapa en términos de paro. Durante años Almería supuso un ejemplo para el resto de Andalucía y para el conjunto de España: se podía estar en la comunidad andaluza y no presentar tasas que doblaran las nacionales. Almería se homologaba con la media estatal y, en ocasiones, hasta se situaba por debajo. Pero llegó la crisis...

Y todo cambió. Como ya he comentado en otra ocasión, llama la atención que Almería haya cambiado su perfil de comportamiento en términos de paro. Hemos dejado de seguir la media española para ponernos por encima de la andaluza. El hecho es que pasamos de marcar la tendencia del país a irnos muy por encima. Las razones no son sencillas ni únicas.

Entre el conjunto de razones que podemos aducir a este fenómeno creo que hay dos que son centrales y complementarias: el cambio de modelo de crecimiento y la expansión de la población activa que éste impulsó. En algún momento de la década de 2000 nuestro modelo de desarrollo cambió drásticamente. No nos dimos demasiada cuenta porque las tendencias de fondo permanecieron, pero después de tremendo incremento de producción y actividad de la agricultura y su entramado auxiliar en la segunda mitad de los 90, quedaba ya poco combustible para seguir presentando unos datos positivos. Las tendencias a las que me refiero fueron diversas: el incremento continuado de renta, la absorción de contingentes crecientes de trabajadores extranjeros, la reducción de las tasas de paro, o el aumento continuado del crecimiento del crédito en nuestra economía.

Como digo, el modelo cambió, pero las tendencias continuaron. Incluso se acentuaron. El protagonismo económico pasó a la construcción. Una actividad que crea mucho empleo y no necesariamente cualificado, de forma que Almería podía seguir importando mano de obra a ritmos crecientes. Asimismo, la burbuja inmobiliaria que azotó al país, junto con una coyuntura irrepetible de tipos de interés bajos hizo que nuestra sociedad se emborrachara de crédito, aunque ahora se dirigía mayoritariamente a las hipotecas, endeudando a las familias y no tanto a la inversión en bienes de equipo (aunque también, véase los activos oscuros).

La demanda de vivienda parecía infinita. Todo el mundo descubrió que podía hacerse rico en el sector y surgieron una plétora de inversores en inmuebles, de promotores, y de gestores inmobiliarios para dar servicios a todos. Nos pusimos a construir como si no hubiera un mañana. Las administraciones, sobre todo los ayuntamientos, mareadas por los nuevos ingresos que llegaban a sus arcas inflaron sus propias burbujas de servicios y de nuevas empresas municipales, aumentando de forma estructural sus gastos sin caer en la cuenta de que los ingresos extraordinarios eran coyunturales.

Nuestra población activa creció en la década de 2000 (medida entre el primer trimestre de 2010 y el mismo de 2000) en 164 mil personas, una cifra asombrosa, si la ponemos en relación con la propia población almeriense del inicio de la década y, sobre todo, si la comparamos con la variación sufrida en la década anterior, en la que el protagonismo había sido de la agricultura: 46 mil personas. Es decir, en la década de la construcción la población activa de la provincia (personas en edad de trabajar que bien tienen empleo o bien lo buscan) mejoró el registro de la década anterior en un ¡257%!

Fuente: INE, Encuesta de población activa.


Pero, como se empeñaba en enseñarnos Galbraith, todas las burbujas terminan estallando, y las nuestras también lo hicieron. Y desgraciadamente lo hicieron coincidiendo con la mayor crisis financiera mundial desde el fatídico crash del 29. O sea, la tormenta perfecta para la economía española, una tormenta cuyo tratamiento seguramente hubiera requerido un pacto de Estado para marcar la hoja de ruta, las reformas ineludibles y las líneas rojas que no se cruzarían.

En medio del caos general, en Almería donde la construcción llegó a ocupar al 20% de los trabajadores –sin contar con los servicios auxiliares (entre los que se cuentan los financieros) y la fabricación de materiales de construcción (en Almería tenemos abundancia de áridos y mármoles)– el impacto fue brutal. Posiblemente, el resultado de tener en cuenta tanto el empleo directo como el indirecto sumaría al menos de 5 a 10 puntos al dato. Casi todo ese empleo hoy no encuentra en qué ocupar su talento.

La mala noticia es que no hay financiación, las familias están en pleno proceso de desendeudamiento (muchas de ellas de forma traumática) y, mientras, no hay una demanda externa en expansión que pueda compensar la pérdida de la interna. No parece que haya ni que se vislumbren alternativas. Por primera vez en 50 años volvemos a ser excedentarios en mano de obra. El ajuste, o la mayor parte del ajuste, debemos hacerlo exportando trabajadores.

La buena noticia es que la base del crecimiento almeriense a mediados del siglo XX fue la agricultura, y ésta sigue viva y que, de la misma forma que anteriormente estábamos sumidos en una burbuja que no nos dejaba ver los peligros (o los menospreciábamos cuando alguien alzaba la voz), creo que ahora nos encontramos en una nueva burbuja, de pesimismo, que no nos deja traslucir nada positivo. Posiblemente no tengamos que volver a ver un éxodo tan intenso como el de la primera mitad del siglo XX y, seguramente, muchos de los que ahora se tengan que marchar podrán regresar en no demasiado tiempo, con nuevas ideas y conocimientos que nos ayuden a volver a rentabilizar las buenas inversiones que también se hicieron.

ADDENDA (29/10/2012):

Me pide uno de los comentaristas que mire la estructura de la población activa por niveles de estudio y nacionalidades. No se pueden obtener esos datos en la web del INE para el ámbito de provincia. Sí para el de país. Para no liar mucho el tema he optado por hacer un gráfico sólo con los datos del último trimestre. Sirva como aclaración que en los inicios de los 90 apenas había inmigrantes en España, por lo que su peso en la población activa tampoco sería demasiado relevante. Es decir, la mayor parte de los que hay son los que han entrado. Dada nuestra estructura productiva, intuyo que los pesos relativos de los niveles formativos más bajos estarían en Almería sobrerrepresentados en relación a la media nacional.

Datos nacionales, fuente INE.
En cualquier caso, no creo que el problema haya sido el aumento de la población activa per se, pues dado que la mayor parte terminaba cotizando ha sido una bendición para nuestra maltrecha natalidad (veníamos de ser el país con la menor tasa de natalidad del mundo). La clave es la propia estructura productiva que creamos y la alegría con la que inflamos nuestra burbuja inmobiliaria. No fuimos capaces de crear un entramado de actividades de alto valor añadido y con demanda creciente: hicimos todo el esfuerzo en las viviendas y nos endeudamos para acceder a ellas... Y ahora toda esa población activa no es capaz de encontrar nuevo acomodo laboral.

miércoles, octubre 24, 2012

El Gran Lebowski

Hay que estar para todo. Es una máxima que funciona siempre que te encuentras en el ámbito laboral de una pyme o de una institución de pequeña dimensión. Y no es un peso, sino una bendición, ya que te obliga a romper con la monotonía y hace de tu trabajo algo mucho más creativo (por necesidad). En mi vida profesional he tenido que montar mesas, maquetar, picar datos, elegir menús, barrer, mudar cajas de libros (y ordenarlas), clasificar documentos, revisar facturas, presentar expedientes a diversas administraciones, barrer y fregar suelos, escribir discursos y conferencias, darlos, y un largo etcétera. Una de las últimas iniciativas de mi actual lugar de trabajo ha sido organizar ciclos de cine. Y, cada 3 ó 4 semanas me toca hacer la presentación de la cinta que se proyecta. No hay que estar más que 2 ó 3 minutos y, dado que mi elación con el cine es más bien superficial (otra cosa es con el cine infantil), esta pequeña trasgresión me permite enfrentarme a ese mundo y tener que decir algo de las películas. Incio con este post una nueva etiqueta (cine) en la que se archivarán los textos de esas presentaciones (al menos las que tengan una versión escrita, pues en ocadiones no llevo más que un guión mental).

El Gran Lebowski

Lebowski es un héroe improbable. De hecho, apenas hay personajes probables en esta película. Lebowski o el Nota, como a él le gusta que le llamen es un perdedor feliz. Sin embargo, para la sociedad es un fracasado que vive anclado en los años 70, un parado que malvive en un mísero apartamento que apenas puede pagar.
A este personaje tan curioso los hermanos Coen lo hacen protagonista de un thriller absolutamente extraño, a medio camino entre el cine negro de los 50, plagado de hombres duros que se saben perdedores y que acallan su conciencia en un whisky, y la comedia basada en personajes contracorriente.
En esta película se contraponen los supuestos fracasados con los supuestos triunfadores y, como verán, la conclusión es que probablemente los primeros son más felices que los segundos. Verán también como la mentira es una excusa universal para robar y cómo la ira es una de las fórmulas más seguras para acabar metiendo la pata.
Como les he comentado esta cinta es bastante extraña. Arranca como las comedias clásicas: una confusión que mete a nuestro personaje en una historia en la que siempre va dos pasos por detrás y, a cada intento por situarse en ventaja, le sucede un nuevo retraso. Pero ni los personajes son los típicos de la comedia ni del cine negro. Digamos que podrían inaugurar un género por ellos mismos.
Finalmente añadiré que, en su momento, el Nota logró convertirse en una figura de culto. Se llegaron a hacer convenciones en las que se discutía sobre su figura, su música favorita (no se pierdan esta banda sonora) y su forma de vestir. Ahora bien, también estoy seguro que al Nota, de haber existido, le hubiera importado un pimiento tanta notoriedad, siempre que su partida de bolos siguiera adelante.


miércoles, octubre 17, 2012

Los activos oscuros

Esta entrada comienza con un desayuno, esta mañana, con un ex-compañero del ex-departamento de economía aplicada. De vez en cuando tomamos un café juntos (cada uno el suyo) y, como no, hablamos de economía. Hoy casi pactamos que no hablaríamos de la crisis, pero fue imposible. No sé de qué manera terminamos conversando sobre el exceso de pesimismo que nos rodea. Él ahora trabaja de consultor y nos contamos lo frustrante que es que la gente no asuma ningún riesgo cuando está en condiciones de hacerlo (nos referíamos a gente con capacidad económica). El miedo infla la burbuja del pesimismo y nos incapacita cualquier movimiento.
De la burbuja del pesimismo creí que íbamos a pasar a hablar de fórmulas para pincharla,  pero nos desviamos a otro de nuestros temas favoritos: el papel de Alemania en este asunto y su política suicida autista. No nos entretuvimos mucho, saltamos a la emigración  y a la posibilidad de que los que hoy emigran de España puedan un día volver con capital económico y relacional y con conocimientos renovados para invertir en España y poderse retirar en su país. Este es un tema controvertido y justo ayer, con una compañera y un profesor de inglés discutíamos de si los emigrantes de hoy mantendrán la tasa de retorno de los que se fueron a Alemania y Francia en los 60.
La conversación se centró por un momento en ese punto, pero derivó de nuevo a la burbuja de pesimismo y a la circunstancia de que, sin darnos cuenta, a base de devaluarnos internamente, hemos vuelto a ser un país barato, con conocimientos y capacidades de un país de primera fila. Y, entonces, se me encendió la luz. España tiene ahora mismo un tremendo problema de acceso al crédito. Lo tiene el Estado, lo tiene la banca y lo tienen las empresas. Pero durante la década anterior hemos estado invirtiendo en maquinaria y bienes de equipo (no en construcción) una media de 60.700 millones de euros por año. Y ese capital está ahí. Sigue ahí. Alguno estará posiblemente amortizado, pero el constituido en los 2-3 años anteriores a la crisis y los posteriores sigue estando en condiciones de ser puesto a trabajar.

Fuente: INE

Es posible que la mayor parte, además, esté en empresas que han terminado en concurso de acreedores y en la quiebra. Pero eso no es necesariamente malo de cara al futuro. En su libro La Tierra es plana, Thomas Friedman habla de la fibra oscura y el papel que ésta tuvo en el lanzamiento de India. Dicha fibra era la fibra óptica que se había tendido durante el boom de Internet y que había quedado en desuso tras el estallido de la burbuja. Aquella inversión ruinosa, llamada fibra oscura, resulta que pudo ser comprada a precios de liquidación por otras empresas y sirvió para multiplicar las conexiones entre los continentes a un coste mucho más reducido. Dicha fibra permitió que India se conectara con los mercados mundiales y que despertara su potencial.
Nuestra burbuja ha estallado, nuestros activos se han depreciado, nuestros salarios también; no tenemos acceso al crédito y muchos de los nuestros y de los que llegaron más tarde se están marchando. Pero algún día todo eso tendrá que parar, y entonces nos daremos cuenta de que muchas inversiones de los ahora denostados años locos, recompradas a precios de saldo (nuestros activos oscuros), podrán ser rentables, muy rentables. Y nos daremos cuenta de que nuestro capital humano seguirá ahí y que nuestras empresas han jugado bien en el mercado internacional y todas esas cualidades que estamos aprendiendo se podrán poner en funcionamiento. Y volveremos a crear oportunidades. Sólo espero que ese futuro que entreveo no tarde demasiado en materializarse y que tardemos mucho más de una generación en volver a meter la pata porque, como enseñan Galbraith o Reinhart, esto volverá a pasar.


martes, octubre 16, 2012

¡Que nos alimenten ellos!

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que un litro de agua puede resultar más caro que un litro de leche. Tiempos en los que la diferenciación, que era el Santo Grial tras el que debían correr las empresas de la agroalimentación, ha dejado paso a las marcas de la distribución con un consumidor más preocupado por el precio que por la calidad.
Pero, por extraños que los tiempos sean, aun se mantiene el antiguo uso de que una empresa no es rentable si sus ingresos son sistemáticamente inferiores a sus gastos. Y la agricultura, que debe cada día más buscar sus ingresos en el mercado no es una empresa. Suele ocurrir que en un mercado, cuando se producen beneficios, entonces la competencia aumenta, pues cada vez más empresas nuevas quieren participar de ellos. Con el tiempo, según los manuales al uso, será precisamente esa competencia la que provoque que los precios tiendan a reducirse, favoreciendo la supervivencia de los más eficientes y mejorando el bienestar de los consumidores. En este sentido, no es difícil imaginar las razones por las cuales los agricultores de países terceros se lanzan a la conquista de nuestros mercados (no olvidemos que Europa es uno de los mercados de mayor poder adquisitivo del mundo y el primer importador de alimentos junto con Estados Unidos).

Seguir leyendo en La locura y la verdura

Apple, ecología y el nuevo consumidor

Al principio de la Revolución Industrial lo importante eran la maquinaria y el volumen de producción. Los productos se estandarizaron para poder fabricarlos en serie y reducir los costes (y los precios). Con la mejora de la renta y el acceso de cada vez más personas a los mercados de consumo, y con el aumento de la competencia, los productores comenzaron a comprender las ventajas de la publicidad y el marketing. Y, hoy día, una de las misiones principales de ese marketing es lograr que los consumidores perciban un producto (aunque sea en gran medida estándar) como distinto del resto. Es lo que se ha venido a llamar diferenciación.

Seguir leyendo en Faq-mac.com

miércoles, octubre 03, 2012

Horas de trabajo y productividad

Ayer saltaba en la prensa una noticia que (en realidad no es noticia, ya que esto ocurre desde hace tiempo) afirmaba que los españoles trabajan más horas que los alemanes (enlace). La noticia me llego por un twit de El Economista que yo retuiteé con comentario. Supongo que ellos a su vez lo reenviaron y se armó un cierto revuelo con lo de la eficiencia de esas horas (o sea, con lo que los economistas llamamos productividad).

Conversación tipo

En un momento dado yo le pedía a uno de los intervinientes en las múltiples conversaciones que mirar la evolución de nuestra productividad, que se sorprendería. No sé si lo hizo, yo sí. Y este es el resultado (por cierto, la fuente de todos los gráficos es Eurostat). En este primero se puede comprobar como desde al menos 2005, la productividad por hora trabajada de los españoles ha sido una de las que más ha crecido (al menos de los países de economías más grandes, los datos de R.U. no están):

Click para ampliar

De hecho, esta última crisis y la consiguiente destrucción de empleo está sirviendo para acelerar el proceso. Sin embargo, cuando comparamos los datos no en índice o tasa, sino en euros por hora trabajada el mapa que se dibuja es distinto. En este indicador nuestra posición es tristemente la última, incluso por debajo de Italia:

Click para ampliar

Muchos de mis comentaristas de ayer tenían razón, pero me dio la impresión de que asignaban la responsabilidad de la productividad solamente a los trabajadores. Y eso no es así. No creo que un trabajador español sea peor que uno alemán. La prueba es que los emigrantes españoles trabajando en Alemania tenían mayor productividad que aquí. ¿Cual es entonces la razón?
Veamos, el ratio del segundo gráfico se obtiene dividiendo el valor de la producción entre el número de horas totales trabajadas. Luego, una parte de la explicación puede estar en el qué se trabaja. La producción alemana cuenta con bienes de mayor valor unitario que la española, su economía tiene una mayor profusión de empresas en sectores de alto valor añadido, como la química, la electrónica, la maquinaria pesada, etc. Esto no depende de los trabajadores, al menos no al 100%; depende de la historia del país, de sus instituciones y de su nivel de conocimiento y desarrollo científicos.
Otra de las explicaciones es el nivel de inversión. Desde siempre, una de las fuentes de ganancia en productividad ha sido sustituir trabajo por inversión, en la industria casi siempre esto es bienes de equipo. No produce lo mismo por hora hombre de trabajo una planta robotizada al 100% que una en la que el trabajo manual sea primordial, por muy taylorista que sea la empresa. Y esto tampoco es cosa del trabajador al 100%: tiene que ver con los costes de mano de obra, con el entorno económico, con las expectativas de los empresarios o con los tipos de interés.
Así que, en resumen, podemos decir que seguramente trabajamos más horas que los alemanes porque somos menos productivos, y somos menos productivos porque nuestros sectores de especialización son menos intensivos en tecnología y capital. Aunque, desde luego, vamos por muy buen camino, a tenor de la pendiente continuamente creciente que dibuja nuestra evolución (primer gráfico).

lunes, octubre 01, 2012

Por qué fracasan los países, de Acemoglu y Robinson

Tan sólo mi pésimo conocimiento de la lengua de Shakespeare me impidió comprar este libro en inglés (en su versión ebook). Tuve que esperarme a que existiera una edición en español para poder enterarme de todo en condiciones (por cierto, es una pena que en nuestra lengua sólo se pueda comprar para ebooks en PDF). Y, cuando la tuve, demoré el resto de lecturas pendientes para meterme de lleno en el libro sobre el que más se ha escrito en los últimos años.
Los autores pretenden explicar el porqué de las diferencias de riqueza entre unos países y otros. Para ello comienzan repasando las diferentes explicaciones propuestas a lo largo de los últimos años, desde las relacionadas con la cultura, como la tesis defendida por David Landes, hasta las relacionadas con la geografía (entre las que destaca la original aportación del ecléctico Diamond), pasando por las que hablan de desconocimiento o falta de acierto en la elección de políticas.
Las razones para no quedarse con esas tesis están en el mundo, en el mapa y en las diferencias de renta. Éstas se producen entre comunidades culturalmente homogéneas, y también en diferentes lugares del planeta. O incluso entre dos comunidades de una misma cultura y en un mismo lugar, como es el caso de la ciudad de Nogales, a caballo entre Mexico y EEUU y con significativas diferencias de renta entre ellas.
La única explicación común a todos los casos, a tenor de Acemoglu y Robinson, son las diferentes instituciones. Dicho de forma más concreta: las instituciones políticas inclusivas favorecen el surgimiento de instituciones económicas también inclusivas que crean incentivos para la innovación, la cual produce crecimiento económico. En sentido contrario, instituciones políticas extractivas a largo plazo generan pobreza y estancamiento del desarrollo. Resumiendo al máximo: las causas últimas de la riqueza y la pobreza no son económicas, sino políticas.
Para ilustrar esta tesis nos proponen un viaje a lo largo de la historia y del espacio con el que demuestran la importancia de las pequeñas diferencias institucionales cuando acontece una coyuntura crítica, como la crisis demográfica provocada por la peste negra o la aparición del comercio atlántico. En lugares como Inglaterra y España, unas instituciones similares dieron lugar a comportamientos diferentes. En España, los reyes y sus aliados habían podido imponerse sobre sus contrarios de forma que extraían para sí y los suyos una parte importante de las rentas del comercio. Sin embargo, en Inglaterra el poder de la realeza no era tan absoluto, tampoco habían encontrado territorios densamente poblados y estructuras extractivas organizadas de las que apoderarse en su parte de América, con lo que tanto su modelo de colonización como el comportamiento frente al comercio fueron diferentes. Ojo, también señalan los autores que esto es en gran parte producto del azar, que no hay nada predeterminado y que cualquier proceso puede ser reversible. Por ejemplo, señalan que la misma Inglaterra se comportó de diferente forma a la hora de colonizar otros países, en los que reprodujeron esquemas similares a los de los españoles en América. Otro ejemplo, la eliminación de una oligarquía extractora puede no significar el fin de las instituciones extractivos, que pueden reconstruirse y hasta intensificarse inmediatamente (la denominada ley de hierro de la oligarquía).
El libro es muy largo (parece que los académicos estadounidenses son incapaces de divulgar en menos de 500 páginas) y a menudo las ideas se presentan de forma un tanto deslavazada. Sin embargo, los numerosos ejemplos históricos son siempre interesantes e ilustrativos (uno de ellos, relacionado con el sistema de patentes y la Revolución Gloriosa, me hizo mantener una muy instructiva discusión tuitera con @eduo).
No obstante, si uno no tiene la paciencia suficiente puede leer de inicio los tres primeros capítulos, que presentan el tema, y el 15, en el que se hace una recapitulación de la teoría y se plantean algunas interesantes derivadas de la misma, siendo particularmente ácida la que se refiere a China y su crecimiento con instituciones políticas extractivas.
Si te interesa la economía, o la historia, o las dos, es un libro que hay que leer...