El Gran Secuestro

Decía Jobs en su ya célebre discurso de Stanford que los puntos finalmente terminan uniéndose. Algo así me ha pasado esta semana. Primero, presentamos el número 23 de la Colección Mediterráneo Económico, titulado "Para la rehumanización de la economía y la sociedad". En dicha presentación, el coordinador del volumen, Federico Aguilera Klink expuso algunos de los puntos sobre los que he hablado en esta web con anterioridad: la impresión de que el modelo de economía por el que nos regimos tiene demasiados agujeros y a éstos no les hacemos demasiado caso (y que nadie lee a Adam Smith de verdad).
Tuve la suerte de acompañarle durante todo el día de la presentación y pudimos charlar sobre economía, educación y hasta de cine.
Segundo, mi mujer quiso que viéramos el documental Inside Jobs. Yo ya lo había visto, pero en su momento no caí en alguna consecuencia perversa como la que contaré a continuación. En cualquier caso, y por si alguien no lo ha visto, lo más destacable es la mezcla de intereses bastardos, avaricia desmedida e irresponsabilidad sorprendente (por no decir algún adjetivo insultante). En su momento me indignó profundamente lo que vi. Pero faltaba un tercer punto.

Inside Job | Subtitulada from Humanidad en Transicion on Vimeo.

Tercero, hace unos meses leí el influyente libro de Acemoglu y Robinson, que retoma el espinoso asunto de los diferentes niveles y ritmo de desarrollo económico de las economías mundiales, "Por qué fracasan los países". Su tesis fundamental es que las diferencias se deben a las instituciones. Allí dónde se han podido crear instituciones políticas y económicas de carácter inclusivo, el desarrollo ha se ha favorecido. Si bien es cierto que hay interesantes críticas a esta tesis y, sobre todo a la forma en la que los autores interpretan los acontecimientos (el trabajo adolece de importantes simplificaciones en lo que a Latinoamérica se refiere), no es menos verdad que las instituciones son parte principal y primordial a la hora de influir en el desarrollo de un territorio.
Y se unieron los puntos. Ahora, al ver de nuevo el documental me di cuenta de hasta qué punto es cierto algo de lo que habló Aguilera en su presentación: los mercados no son entes abstractos, tienen nombres y apellidos, tienen normas, y esas normas responden a intereses. Y en el documental se percibe que hay un poder económico que juega a secuestrar al poder político, con bastante éxito. Acemoglu y Robinson explican cómo este secuestro es una de las pautas que explican el deterioro de algunos países. En su Blog ilustran este comportamiento con infinidad de casos, desde Filipinas, hasta México. Cuesta pensar que las élites económicas se comporten de igual forma en EEUU. Pero así lo parece; hasta cierto punto es lógico que esas élites se relacionen con los gobiernos para que las normas que se dicten sean lo menos lesivas posibles para sus intereses. El problema es que, cuando esto sucede actualmente, falta un contrapoder que se enfrente a sus interese y que los desenmascare, para que la sociedad valore con total transparencia las alternativas que se les ofrece. El maridaje entre Universidad, empresa y gobierno, en el que unos y otros hacen viajes de ida y vuelta, contribuye al alineamiento de intereses, pero no precisamente con los del conjunto de la ciudadanía. Nunca antes las grandes corporaciones financieras habían tenido tanto dinero (poder) y nunca antes habían tenido tanto éxito a la hora de modificar las leyes y las normas a su conveniencia.
La cuestión es que si el mundo financiero secuestra la democracia, y la democracia no es capaz de enterarse siquiera de lo que sucede en los mercados, éstos dejan de asignar eficientemente, ya que se imposibilita el supuesto de información transparente. Se convierte, en realidad, en un Salvaje Oeste en el que predominan los vendedores de extracto de serpiente y elixires de juventud en los que los incultos campesinos dilapidan sus dólares.
¿Hay solución? Por supuesto, hay que lograr una transformación de las instituciones y de los mercados financieros globales, en los que la información sea de verdad transparente y los comportamientos de los agentes sea controlado para evitar que se vuelvan a producir vuelos hacia el riesgo y el excesivo apalancamiento. Si los bancos de inversion son too big to fall hay que exigirles una compensación por esa circunstancia. Deben permitir un control mayor por parte de la sociedad. Claro, que eso sólo está en manos de los políticos, que responden (teóricamente) a los intereses de los ciudadanos. Pero, ¿es eso cierto?
Habrá que seguir uniendo puntos...

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