Con los pies en la tierra


Las semanas previas han sido muy interesantes desde el punto de vista de la actualidad económica. Primero, el Banco de España lanzó su estimación de crecimiento del PIB para el primer trimestre de 2014, en la que se sustanciaba una clara aceleración de la actividad, con un aporte destacado del consumo. Según el banco, el PIB estaría creciendo ya a tasas interanuales positivas (+0,5 %). Sin embargo, pocos días después, el INE publicaba la Encuesta de Población Activa de ese mismo trimestre y, contra muchos pronósticos, nos mostraba que España sigue destruyendo empleo en términos netos.

Dejando al margen el debate sobre la credibilidad decreciente de las estadísticas públicas españolas, lo cierto es que ambas situaciones, a pesar de parecer contradictorias, son compatibles. La clave para entenderlo está en la productividad, lo que generamos por cada trabajador (o por cada hora trabajada). La anterior fase de expansión de la economía española estuvo basada principalmente en sectores de baja productividad. De ahí que fuéramos capaces de absorber sin despeinarnos el alud inmigratorio de la última década de los 90 y la primera del siglo XXI. Nuestro PIB crecía porque poníamos más factor trabajo en producción, y el empleo aumentaba velozmente porque nuestro sistema necesitaba mucha mano de obra. Los lubricantes para que la situación se desbocara fueron unos tipos de interés históricamente bajos, así como la usual ceguera social y política de los tiempos de efervescencia burbujil.

Así, al estallar la burbuja e iniciarse el doloroso ajuste de precios y el lento proceso de desendeudamiento, el empleo cayó de forma mucho más intensa que el propio PIB, provocando que el anterior milagro del empleo en España se convirtiera en un auténtico cataclismo económico y, sobre todo, social. Los sectores que quedan en pié tienen hoy más productividad que al comienzo de la crisis, por lo que para generar un punto de PIB actualmente hace falta menos gente que en 2005 o 2006, cuando vivíamos en plena ilusión.

El Banco de España nos elevó las expectativas hasta el cielo, pero la EPA se ha encargado de volvernos a poner los pies en la tierra. Es evidente que nuestra economía comienza a dar síntomas de mejora, pero no podemos esperar que a corto plazo vaya a ser capaz de reparar todo el daño hecho en el empleo. Eso va a requerir tiempo y, sobre todo, una mejora sustancial de las capacidades de nuestro factor trabajo. Pero esa es otra historia de la que hablaremos otro día.

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