viernes, enero 24, 2014

Cambiar para que nada cambie

Este artículo saldrá en breve en El diario de Almería, mientras puedes discutir conmigo si estás de acuerdo o no. Gracias por leerme:


Los últimos datos de la EPA publicados por el INE han arrojado un jarro de agua fría a quienes parecían haberse instalado ya en posiciones optimistas. El desempleo baja, pero lo hace aún más el empleo. Y, encima, sube la tasa de paro. En medio de esa mala noticia resalta aún más un dato positivo. La agricultura ha sido el único sector en el que ha crecido el empleo, como un héroe clásico que resiste en pie en medio de la tormenta.

Recién superado el medio siglo de agricultura invernada en la provincia almeriense, ésta ha vuelto a convertirse en el pulmón económico principal. Los cambios habidos en el mercado turístico mundial han dejado Almería demasiado alejada de los nodos logísticos de las low-cost, por lo que su capacidad para aportar crecimiento se encuentra desgraciadamente muy limitada. La piedra natural parece que comienza a recuperarse, aunque de forma aún muy tímida, y la construcción sigue muy condicionada por el stock sin vender y por las dificultades financieras. Si la economía almeriense fuera un coche, tendría dos neumáticos en las llantas, otro pinchado y sólo uno en correcto estado de funcionamiento.

Posiblemente, cuando pasen los años y echemos la vista atrás seremos conscientes del trascendental papel que el agro ha jugado en la provincia durante la crisis. Aunque, mirándolo desde el presente y con la vista puesta en el camino recorrido, podemos ya valorar la enorme capacidad transformadora que caracteriza al sector (basta con ver las fotos del Campo de Dalías de principios de los 60 y las de hoy) y, tan importante como la anterior, la gran adaptabilidad del mismo. Ni los mercados de alimentos actuales funcionan como lo hacían los de los años 60, ni la tecnología de la que se dispone es la misma. La agricultura de la provincia ha innovado durante estos últimos 50 años en todos los frentes posibles: en el proceso (con nuevas técnicas de cultivo, nuevas estructuras, maquinaria para manipulado, envases, riego localizado, control biológico, etc.), en el producto (nuevas variedades, nuevos formatos de presentación) y en las instituciones (la creación de las cooperativas, la creación y transformación del rol de las asociaciones del sector y hasta el nacimiento y desarrollo de la Caja Rural).

Sin embargo, lo malo del pasado es que precisamente es pasado y de cara al porvenir sólo nos sirve como herramienta de aprendizaje. Los retos inmediatos que tiene el sector siguen siendo numerosos y provienen fundamentalmente de los cambios generados por la globalización y, en los últimos tiempos, de las restricciones que la crisis está teniendo sobre el presupuesto de las familias. En este sentido, la agricultura de Almería debe ser capaz de producir alimentos de calidad, saludables y, a ser posible, obtenidos de forma sostenible y socialmente responsable. Y todo ello a unos precios cada vez más ajustados. Además, debe hacerlo en un entorno competitivo cada día más complejo, en el que los contendientes crecen para mantener su posición y en el que los competidores están siempre dispuestos a rebañaruna décima de cuota de mercado.

Ante este panorama, podemos plantear que el reto del sector no es sino el que ha tenido siempre: seguir innovando a todos los niveles. No me cabe la menor duda que, de la misma forma que esta capacidad puede explicar nuestro pasado, también explicará nuestro futuro.

martes, enero 14, 2014

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole

Mea culpa. No puedo entender cómo no leí antes esta novela. No puedo perdonarme haberla dejado pasar durante tanto tiempo. Al menos, estas navidades he tenido la oportunidad de corregir este error con una edición del Círculo de lectores que venía acompañada de una placa, la misma que acompaña esta entrada y que hoy adorna la pared de mi lugar de trabajo.
La conjura de los necios es su protagonista, un ser nauseabundo a priori, un hombre con un nombre anticuado (Ignatius), con unos ideales medievales (o eso dice él) y con una capacidad absoluta para meterse en líos. Lo tiene todo para ser un personaje insoportable. Y, sin embargo, termina haciéndose querer. En su existencia es imposible no encontrar cierto eco del Quijote, aunque a veces, aparecen rasgos del buen soldado Svejk. Con el primero comparte la locura y el vivir en un mundo particular que no se corresponde con la realidad, y con el segundo esa mala leche disfrazada de inocencia o necedad.
Ignatius que se ha pasado años escribiendo una tesis en casa de su madre, se ve obligado a trabajar para ganar dinero y no perder su hogar. Sin embargo, este pensador obeso no encaja en casi ningún sitio, más que en su propio mundo delirante. Por eso, su incursión en el mercado laboral deviene en un desastre detrás de otro.
La historia se desarrolla en Nueva Orleans, un ambiente que le pega a la perfección. Uno se imagina calles avejentadas, una ciudad decadente que le viene como anillo al dedo a este Ignatius. Su madre, una mujer sencilla que siempre lo ha dado todo por su hijo, comienza poco a poco a sospechar que su hijo, a lo peor, es un comunista. Su amor platónico es su pero enemiga y en su mente mantiene una dura competencia con ella...
La historia está narrada con soltura y hasta con gracia. Las situaciones surrealistas en los que se mete Ignatius no sólo lo son por él mismo, sino por el resto de personajes y el propio entorno en el que se desenvuelve la historia. En resumen, es una gran novela, con un gran personaje y una galería de secundarios que le dan perfecta réplica.