De la deuda al decrecimiento

Hace muchos años escribí que lo que viniera después del capitalismo sería el resultado de algún salto adaptativo de este, a tenor de la habilidad que ha demostrado el sistema para enfrentarse a los retos que se le planteaban y a pesar de todas sus contradicciones. Hoy, de casualidad, me he encontrado con una idea que me reafirma en aquel pensamiento...
Estaba leyendo un artículo sobre las crisis de Grecia y Puerto Rico, dos países considerados de los desarrollados (aunque no precisamente de los más ricos) acuciados por los problemas generados por una excesiva deuda. Y es que una de las herencias de la Gran Recesión es un mundo profundamente endeudado y conectado al respirador de unos tipos de interés históricamente bajos. De pronto, se me ha cruzado una noticia sobre el plan de Obama para luchar contra el cada vez más obvio cambio climático (por cierto, creo que para esta lucha ya llegamos tarde) y me he acordado de los que abogan por el decrecimiento.
Y, ahí está, la espita de la próxima mutación del capitalismo está ya montada, es una mezcla de excesiva deuda, países con respiración asistida y presión medioambiental (de un medioambiente cada vez más hostil en amplias áreas del planeta).
Como en cualquier otra institución humana, el instinto del capitalismo es la supervivencia. La marea de impagos previsiblemente no va a parar y es posible que más pronto que tarde impacte en una presa demasiado grande. Incluso es posible que se amplíe en el momento en el que los bancos centrales consideren el retorno a tipos neutrales -los tipos pueden serlo, pero el viaje hacia ellos no lo será-. Y una explosión de impagos en cadena no solo afectará a los deudores, sino que los grandes acreedores del mundo verán desaparecer de la noche a la mañana una considerable parte de su riqueza financiera. El escenario, pues, sería el de un mundo que se reinicia desde un nivel de actividad inferior al actual y en el que los mercados financieros estarán mucho más controlados y con los procesos de crecimiento apalancado bajo un severo régimen de observación.
Ese es un mundo con menor crecimiento económico, con menor consumo de recursos y con un menor impacto en el medioambiente. Será un mundo en el que el capitalismo tendrá la oportunidad de refundarse desde unas bases menos individualistas, o con una visión del individualismo más general y en el que el bien común (o como quiera que se llame) será un aspecto más del conjunto de recompensas individuales.

O, tal vez, todo esto no sea más que el producto del sueño de una noche calurosa de verano...

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