Europa como un terrón de azúcar

Hubo un tiempo en el que Europa era percibida como una aspiración, como el final de un camino que nos llevaba desde el aislamiento y la dictadura hasta la modernidad y la libertad. Los españoles, como otros muchos europeos, queríamos ver en la Unión un sueño en el que crecer como ciudadanos y traspasar las fronteras de nuestros propios países.  Sin embargo, aquel sueño está dejando paso a una pesadilla de resaca en la que muchos han dejado de querer estar. Hoy, Europa comienza a ser percibida como una madrastra gruñona que impone restricciones a unos hijos que añoran más libertad. Los británicos, que nunca han terminado de sentirse del todo a gusto, andan renegociando los términos de su pertenencia con el envite de un referéndum para abandonar la Unión. En los países de la ribera sur, Europa se observa como un organismo cruel que exige sacrificios sin cuenta a los ciudadanos de los países deudores, mandando hombres de negro a Atenas o supervisando las decisiones gubernamentales de estos países siempre con la desconfianza como principal herramienta. Y en la antigua Europa del Este avanzan los populismos de derechas (los de izquierda avanzan en el sur)...
Es posible que la idea de Europa que teníamos los españoles en los años 80 ya haya quedado desfasada, o que simplemente nunca se ajustó a la realidad y solo ahora caemos en la cuenta. Lo cierto es que cualquier observados imparcial coincidirá conmigo en que las diversas vías de agua que se han abierto en la nao comunitaria están poniendo en riesgo su viabilidad: la crisis económica y los efectos de un deficiente diseño del euro, la crisis de los refugiados y la incapacidad de las instituciones comunitarias para arrancar compromisos de los Estados miembros, o los intentos de renacionalizar algunas políticas. La idea de Europa se comienza a deshacer como un azucarillo en el café.
Evolución de la confianza de los Españoles en la Comisión Europea. Fuente: Eurobarómetros.

A lo mejor el problema surge de la raíz. Cuando se pudo en pie el edificio de las Comunidades Europeas (el Mercado Común, la CECA y el Euratom), se imaginaron un proceso de integración acumulativa que partiría de la economía y que poco a poco podría ir avanzando. Incluso es posible que muchos de los firmantes del Tratado de Roma solo estuvieran pensando en las ganancias económicas de un área de libre comercio y nada más. La cuestión es que el elemento aglutinador de la amalgama comunitaria fue el interés comercial y, para bien o para mal, esa semilla ha sido la que ha dado lugar a todo el armazón institucional de la Unión y ha generado unas inercias que hoy, 50 años después, siguen siendo poderosas. El fracaso de la Constitución Europea fue posiblemente la primera señal de que algo no funcionaba todo lo bien que pensaban en Bruselas. No todos los europeos deseaban ser igual de europeos. Luego llegaron la brutal crisis económica, el miedo al terrorismo dentro de nuestras fronteras y el aluvión de refugiados. Demasiado para un cuerpo en el que el esqueleto era tan frágil.
Esta Europa va camino al fracaso, o al éxito de convertirse en una simple unión aduanera, en la que los gobiernos nacionales recuperen la soberanía que se había trasladado a las instituciones comunitarias. Y lo peor, es que probablemente los ciudadanos lo consideremos como un mal menor o incluso con alivio.
Es una pena. Nuestro mundo globalizado pone diariamente de relieve los conflictos de escala y gobernanza que se producen. Las normas son nacionales, pero los mercados son globales (casi de forma irremediable desde que las TIC operaron su revolución), y los desajustes que este desfase de escala generan crean espacios opacos que son aprovechados por organizaciones que trascienden las fronteras nacionales y los convierten en poder y dinero. A los ciudadanos nos convendría participar en estructuras de Gobierno que se acercaran a la escala de los mercados, para que la gobernanza de los mismos pudiera ser influida no solo con el juego de la oferta y la demanda, sino también con las herramientas de la democracia y el juego político.
Tal vez sea el momento de ir poniendo en pie una idea de Europa más allá de los mercados y mucho más cerca de los ciudadanos. Una Europa como constructo político antes que económico y con unos objetivos claros de concentración de soberanía a un nivel superior al estatal. A lo mejor así tendríamos más éxito. Aunque, por otro lado, viendo cómo en los propios Estados están surgiendo también fuerzas dispersoras que ponen en jaque procesos de varios siglos –en España, en Reino Unido, en Italia, en Bélgica– tal vez lo único realmente práctico sería volver a un mundo de tribus de no más de 100-150 individuos en las que seguramente los animales sociales que seguimos siendo los humanos fuéramos capaces de encontrar un poco de paz para nuestras mentes inquietas.



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