Un mundo de algoritmos

Artículo publicado inicialmente en el blog corporativo del Grupo Cooperativo Cajamar.

En los últimos meses se ha puesto muy de moda un libro del historiador israelí Yuval Noah Harari, “Homo deus”, en el que este intenta esbozar algunos escenarios futuros para la humanidad. Al margen de la brillantez y la frescura de su relato, en torno al futuro agrícola hay en sus páginas algunas consideraciones que pueden resultar relevantes para el presente de la agroalimentación mundial.
by Jorge Franganillo
La primera de ellas es que una vez ganada la guerra al hambre –también a la peste y a la guerra–, o más exactamente, en las últimas batallas contra ella, la agenda de la humanidad deberá buscar nuevos objetivos. Entre ellos destacaría, a juicio de Harari, la prolongación de la vida humana (en última instancia, la inmortalidad y la victoria sobre la muerte). ¿Se imagina el lector vivir 150 años con calidad de vida? ¿Cómo serían nuestras relaciones de pareja o familiares? ¿Tendríamos la misma necesidad de dejar descendencia? En cualquier caso, una vida tan larga, con algunos de los más grandes retos de la humanidad cubiertos, podría convertirnos en una especie completamente hedónica. La huída del aburrimiento y de la rutina se convertirían en un objetivo vital a la orden del día (esto no lo dice Harari, es cosa mía). La alimentación, en un mundo sin hambre y sin (demasiadas) enfermedades, tendría funciones más amplias que la mera nutrición. La salud obviamente seguirá siendo un vector importante, aunque probablemente el del placer ganaría muchísimos enteros. En este escenario, la comida podría convertirse en un acto destacado, como una oportunidad de descubrimiento diario para nuestro siempre inquieto cerebro.
En la lucha contra la muerte, la genética está llamada a ser un arma principal. Hoy nos revolvemos en la silla cuando oímos hablar de productos genéticamente modificados, pero comprendemos a esos padres que eligen seleccionar embriones para evitar que alguno de sus hijos desarrolle una enfermedad mortal. No dudamos en aceptar innovaciones para que nuestros hijos o nietos nazcan con las menores posibilidades de contraer un cáncer o desarrollar alguna enfermedad degenerativa. Estamos a un paso incluso de pensar que no sería mala idea mejorar el rendimiento cognitivo o físico de nuestros vástagos. Y una vez que nosotros mismos seamos animales genéticamente modificados, muchos de nuestros recatos actuales se verán liberados y las posibilidades de jugar a ser dioses con otras creaciones de la humanidad se abrirán casi completamente (la inmensa mayoría de las especies domesticadas por los seres humanos a lo largo de su historia se han separado tanto de sus ancestros silvestres que son más una creación nuestra que de la propia naturaleza). Es muy posible que las primeras modificaciones vayan en la línea de obtener resistencias a enfermedades o plagas (es lo que de hecho está sucediendo), pero no tardaremos en buscar mejoras relacionadas con la sostenibilidad y la productividad agroalimentaria o más allá, con cuestiones relacionadas con el aspecto, el sabor y las cualidades nutricionales.

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