La felicidad, la economía y el consumo universal

¿Qué es la economía? ¿Cómo se le explica economía a un niño de menos de 12 años? Estas preguntas surgen cuándo tienes que preparar un curso titulado Economía para todos, dirigido a un grupo de pequeños ocelotes bípedos. Tengo algunas ideas: la primera es que hay que lograr que no se aburran, o sea, que participen; también puedo inventarme un personaje que sirva de interface entre ellos y yo, o buscar un vídeo al respecto en YouTube y ponerlo. Seguramente haré un poco de todo.
Pero volvamos a la pregunta inicial, ¿qué es la economía? Un estudiante tipo de economía o de administración de empresas, o de cualquier ciencia que tenga una asignatura de introducción a la economía rápidamente dirá algo tal que así: "es la ciencia que estudia la satisfacción de las necesidades humanas con unos recursos limitados".
Algo tan simple y breve encierra bastantes presupuestos y hasta concepciones de índole moral. Lo primero es que para satisfacer nuestras necesidades debe haber un proceso por medio, en el que los recursos puedan convertirse en vehículos para nuestra satisfacción. Efectivamente, hay una gran multitud de ocasiones en las que eso es así, pero hay otras muchas en las que el proceso no es necesario, como el disfrute de un determinado paisaje, en el que no hace falta proceso alguno. En cualquier caso, estamos preconcibiendo un mundo mecanicista en el que son necesarios procesos productivos para el logro de nuestros objetivos.
Pero hay más, también estamos suponiendo que el objetivo de la ciencia económica es la satisfacción de las necesidades humanas, sin restringirlas en ningún orden de magnitud. Aunque lo parezca, la definición no incluye la palabra mercado por ningún sitio. No dice que el fin sea satisfacer las necesidades humanas a través del mercado con unos recursos escasos. Sin embargo, el énfasis de la corriente mayoritaria (la neoclásica), la que se enseña como ciencia canónica en las universidades, se pone en la capacidad del mercado para asignar recursos eficientemente. Por tanto, aunque no se diga nada, en las academias en las que se enseña esta ciencia, cuando se enuncia esta definición, se está diciendo mercado sin mencionarlo.
Otro de los supuestos es que el objetivo de la humanidad es satisfacer sus necesidades. En los países avanzados, los que denominamos occidentales, o del Norte –por cierto, definiciones geográficas que no se corresponden del todo con la realidad–, las necesidades básicas están relativamente bien cubiertas, ya sea por el mercado, ya sea por los poderes públicos o por la propia iniciativa privada merced a la caridad.  Por tanto, sería esperable que la mayor parte de las personas estuvieran bastante satisfechos con una dotación ligeramente superior a la mínima. Pero resulta que no es así. No hemos puesto un límite cuantitativo a las necesidades en la definición. En algunos manuales incluso se afirma que éstas son virtualmente infinitas, porque el marketing y la publicidad pueden hacernos descubrir nuevas necesidades. Saber la hora puede ser una necesidad, que es cubierta con la misma eficiencia con un reloj de 5 euros que con uno de 300. Sin embargo, hay gente dispuesta a comprar el de 300, porque tenerlo no sólo satisface la necesidad de saber en que hora se vive, sino también la de hacer saber a todo el mundo que se es poderoso, porque se tienen 300 euros para gastarlos en un mecanismo para decir la hora.
Estoy leyendo estos días un revelador libro que lleva por título "El fetiche del crecimiento" –a ver si lo termino y escribo la reseña–. La tesis central del mismo es que la acumulación de bienes no es sinónimo de felicidad. Dicho de otra forma, que la felicidad humana no sólo depende del dinero y la capacidad de consumo que éste aporta. En la nuestra sociedad de la hiperabundancia, a veces somos más infelices porque no somos capaces de alcanzar nuestro estándar de vida deseado. Es como el horizonte, que cuanto más se avanza, más se aleja. Existe un indicador que se basa en magnitudes económicas y no económicas y que se ha calculado para EE.UU. de forma paralela al PIB. Este indicador crece más despacio que el producto, pero crece, hasta los años 70, momento en el que las encuestas de felicidad del país ya estaban cayendo. A partir de ese momento, el PIB siguió creciendo, incluso se aceleró, pero la felicidad y el Índice de Progreso Genuino comienzan a descender. La realidad parece que nos quiere decir que a partir de un determinado nivel, mayor producción/consumo no garantiza mayores niveles de satisfacción (si es que aceptamos que la felicidad es un indicador de ello). Más bien al contrario, la sociedad de consumo, a partir de un determinado momento crea más infelicidad de la que destruye. Suena  paradójico. Pero tiene sentido.

PIB y IPG de EE.UU.

Me voy a poner bajo el foco de nuevo. Me pagan por hacer algo que me gusta. Me casé con la chica que deseaba y que creía inalcanzable, tengo dos hijos estupendos y hasta mi perro (que es un chucho a medio camino entre un salchicha y un labrador) me demuestra a diario que me quiere. Tengo mis necesidades materiales cubiertas y mis caprichos tecnológicos (nadie es perfecto) pueden ser satisfechos de vez en cuando. En resumen, soy feliz. La teoría económica dice que si tengo 2 coches estoy mejor que si tengo uno solo. Pero cuando teníamos dos coches era porque nos pasábamos la mitad del tiempo mi mujer y yo en la carretera; yo no era más feliz, y me consta que ella tampoco. Ya se que un parado de la construcción que me esté leyendo pensará que soy idiota, y que él seguro que sería más feliz con una nómina a final de mes. Obviamente, recuerdo que he dicho arriba: a partir de un determinado nivel. En EE.UU. PIB y felicidad fueron de la mano hasta la década de los 50, luego la segunda comenzó a decaer.
Vuelvo al foco: desde hace unos días, una conocida mía está viviendo una auténtica pesadilla. A su hijo menor le han diagnosticado una grave enfermedad. Imagino que su infelicidad ahora es enorme, exactamente igual de enorme que la de un padre o una madre en paro. Se ha independizado de su renta. Ahora mismo, su mayor satisfacción sería que su hijo sane. Y lo hará, no me cabe la menor duda. Seguro  que incluso después de que sane, su vida habrá cambiado irremediablemente y ella y toda su familia valorarán más intensamente las cosas que no se encuentran en el mercado: el tiempo compartido, las chiquilladas de los peques, las caricias, las miradas.
El resumen de esta caótica entrada tal vez sea que el consumo no nos proporciona la felicidad, por mucho que los expertos de la publicidad y el marketing se empeñen y por mucho que lo enseñen en las facultades de economía. Así que disfruten de lo que tienen y olvídense de lo que dicen los anuncios, la mayor parte de las veces, lo que venden no les hará más felices.

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