Enzo Ricordi (V)

Cuando era un profesor interino le gustaba dar largos paseos por la ciudad, le ayudaban a despejarse y a reflexionar sobre la economía y sobre su futuro. En uno de estos paseos se le ocurrió la tesis que tantos y tan buenos resultados le había dado a lo largo de su carrera académica. La idea de que aquellos golpes de suerte de su vida fueran algo más le ahogaba. No era descabellado pensar que en alguno de ellos hubiera estado la mano de Asegurado, tal vez detrás del extraño aprobado de econometría, o del súbito cambio en el examen de selectividad. Incluso en su carrera universitaria, o en su llamada al consejo del banco, pese a su edad y el distanciamiento de sus estudios con el mundo de la banca. Demasiadas posibilidades y demasiado orgullo. Caminaba intentando visualizar su vida a través de una toma aérea, para intentar encontrar la sombra del abyecto protector moviendo los hilos de su existencia. Desgraciadamente, era difícil descartar la presencia de apoyos externos en su vida. Las cosas le habían ido siempre bien, demasiado bien como para no sospechar que la mano invisible de Don Santiago actuaba velando por sus intereses.
Las dudas le hicieron volver a la oficina del Comercial, a buscar respuesta a las miles de dudas que le habían surgido durante el paseo. Efectivamente en el fondo de aquella caja había cartas intimidatorias firmadas por el protector, facturas de excelsas comidas grapadas a hojas de papel en las que aparecían nombres conocidos, fotocopias de cheques emitidos a personas de las que en su día dependió alguno de sus asuntos. Así descubrió que el novio de la beca nunca estuvo en Londres, sino en Madrid, dedicado a gastar los dineros que don Santiago le hacía llegar a cambio de olvidarse de su novia de Bilna. O que el aprobado de econometría estuvo precedido de un escrito al profesor recomendándole cierta manga ancha no fuera que a su familia les pudiese ocurrir algo. O que su nombramiento como consejero del banco se debió a una recomendación del propio D. Santiago, uno de los mayores accionistas. O que el sorteo de selectividad no estaba amañado, pero si sus resultados a través de presiones a los miembros del tribunal. O que su destino en oficinas durante la mili se debió a un amigo de Asegurado. O que su carrera universitaria había sido una enorme farsa orquestada por un hombre que no era capaz de escribir dos renglones seguidos sin cometer una falta de ortografía. Esta vez no hubo lágrimas, la humillación y la ira eran demasiadas como para permitirle ningún alivio fisiológico.

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