Enzo Ricordi (y VI), o como en Tele 5: el desenlace

Cuando por fin fue capaz de levantarse de la silla, ya había tomado una determinación. Fue a su casa, quemó en la chimenea las fotos y todos y cada uno de los recortes, cartas y papeles de la caja de seguridad y se despidió de su mujer y su hija. Les dijo que tenía que pasar por la Universidad. En el edificio de la facultad el bedel le entregó una carta que había en su casillero. Era del banco y no necesitó abrirla para saber que en ella le comunicaban su cese. Ahora que el gran hombre no le protegía, nadie tenía por qué seguir manteniéndole sus favores. Es más, para ellos era una liberación personal librarse de una obligación tan pesada como él.
Le extrañó que el despacho estuviese abierto, pero cuando identificó al hombre que se sentaba en su sillón, lo comprendió. Era el hijo de Santiago Asegurado. “Soy Santiago Asegurado hijo –le dijo esgrimiendo una pistola– y hoy he venido aquí para matarle. Durante años he tenido que soportar los insultos de mi padre y las comparaciones en las que usted siempre salía ganador. A usted le permitió los estudios que a mí me negó; a usted le aupó en la escala social mientras que yo era sólo uno más de sus matones y, para colmo, era de usted de quien decía sentirse orgulloso. Tengo que matarle por que no fui capaz de matarle a él, tengo que matarle por que así acabo también con una vida desgraciada, por que sólo así podré hacerme cargo de los negocios de mi padre”. Con la pistola apuntó entre los ojos de Enzo y justo cuándo este se sentía liberado, el hijo de Asegurado dejó el arma en la mesa y se echó a llorar. “perdone, perdone, usted no tiene la culpa, no lo sabía. Por favor, olvide éste suceso”.
Santiago Asegurado cerró la puerta del despacho tras de sí y no enfiló el pasillo hasta no escuchar la detonación del arma al otro lado de la puerta. Sonrió y se mezcló en el barullo de personas que comenzaron a correr por los pasillos a medida que la noticia del suicidio del profesor Ricordi se difundía por todos los despachos. En los aparcamientos del campus le esperaba su mano derecha y amigo Alvaro.
Y ahora, jefe, me va a contar por qué hemos hecho todo esto. Ese tipo no se merecía tanto gasto, hubiera sido mejor pegarle un navajazo en la calle.
A ver cuando aprendes, Álvaro, que cuando alguien se mete con la familia Asegurado un tiro no es suficiente castigo. Y este cabrón se atrevió a insultarnos en el periódico. Nada menos que en el periódico. Ahora mi padre ya si que descansa en paz.

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