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Esta mañana he vuelto al trabajo. O eso parece. La oficina está aún medio vacía, sólo estamos aquí los que nos fuimos en la última semana de julio y los de julianos de toda la vida.
Como habéis podido comprobar he tenido bastante abandonadita la bitácora (mira que me gusta poco lo de blog), lo cual no significa que haya estado desconectado del mundo (si de Internet).
Por ejemplo, he estado atento a lo que está sucediendo con las bolsas, todas sobrerreaccionando ante el ajuste que se está produciendo en un segmento del mercado hipotecario estadounidense, un segmento de alto riesgo (el subprime), que, por ejemplo, en España no existe. Pero eso es igual, si Wall Street tose, el resto de los mercados del mundo global, comienzan a echar mucosas por sus fosas nasales. Y, lo curioso es que ante las primeras señales de alarma, la intervención de los bancos centrales fue la esperada y fue contundente: inyectar liquidez al sistema. Dicho de otra forma, que la gente vea que hay dinerito y que el mercado quedará a salvo. Si embargo, la respuesta de los mercados fue seguir bajando, obligando a reiteradas intervenciones (hoy mismo el Banco de Japón ha tenido que inyectar dinero en sus mercados).
Dejando a un lado el hecho real de que en numerosos lugares del mundo la burbuja inmobiliaria se ha producido, no lo es menos que la costura que ahora se ha roto es precisamente la que más probablemente se rompería, tal y como pasó en su momento con los famosos bonos basura. La probabilidad de que alguien con baja probabilidad de ingresos devuelva su hipoteca es muy elevada, por eso presentaban rentabilidades nominales mayores. Así que quienes han invertido en ese tramo de mercado de derivados sabía perfectamente que se la estaba jugando. Además, no en vano, los bancos centrales llevan años lanzando avisos a navegantes sobre la exhuberancia de los precios de las viviendas y las excesivas facilidades de los bancos para conceder créditos a los compradores de esas viviendas.
Por tanto, no ha pasado nada que no estuviera escrito en el guión, por eso me sorprende tanto la reacción tan exagerada de los mercados, haciéndome sospechar un par de cosas:
  1. Gran parte del mercado ha estado jugando a la escoba (el juego en el que la gente se va pasando una escoba mientras suena la música y cuando para, pierde el que la tiene), y han interpretado que la música se ha terminado de repente, lo que indica que muchos operadores asumían que estaban corriendo un riesgo excesivo. De ahí la sobrerreacción.
  2. Alguien está ganando mucho dinero. No me extrañaría que más de un operador esté apostando fuertemente en los mercados de futuros, jugando a la baja de los índices y/o de los tipos de interés y se estén realizando movimientos tácticos tendentes a incrementar la sensación de insostenibilidad ofreciendo títulos muy baratos.
En cualquier caso, la vuelta del verano en el terreno económico se nos presenta muy interesante: la construcción comienza a ralentizarse a ritmos cada vez más acelerados y la industria debe asumir el liderazgo, pero con una capacidad de creación de empleo menor (por su mayor productividad), de forma que de no remediarlo los servicios la tasa de paro va a comenzar a crecer en este país. Y, los que ya tenemos unos cuantos años, recordamos los malos tiempos de tasas elevadas en los que la familia era el colchón de seguridad de los parados. ¿Podrá serlo ahora que está más endeudada que nunca?

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