El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza

Tras el empacho de acceso de las últimas semanas necesita desengrasar los músculos de la lectura. Y, como tenía el pedido del Círculo en la mesa del estudio, cogí el último título de Mendoza, quien me encantó con su "La ciudad de los prodigios". Para comenzar la novela es cortita y el resumen de la contraportada era suficientemente irreverente como para llamar mi atención. Apenas un día después ya me lo había merendado. Así que ya habrán deducido que se deja leer fácilmente.
De hecho, posiblemente su medida irreverencia y la amena lectura sean sus principales activos, ya que la historia en sí es bastante simple. Pomponio Flato ilustre miembro de la clase ecuestre, a la sazón filósofo y físico (lo que por aquel entonces era una redundancia), viaja por el mundo en pos de la fuente de la sabiduría a la manera en la que Borges hizo viajar a lu protagonista de la ciudad de los inmortales, sólo que con resultados bastante distintos. El inicio de la novela es desternillante, con un Pomponio literalmente disparado. Sin embargo, a medida que la historia avanza, el relato pierde la frescura inicial, aunque de vez en cuando tienes que reirte de los guiños bíblicos que encuentras a lo largo de todo el relato. Y es que Pomponio es contratado por un niño Jesús para que demuestre la inocencia de su padre, el carpintero José, acusado de un asesinato.
A lo largo de la novela desfilan María, Mateo, Juan el bautista, Zacarías, Judá Ben Hur y hasta la Magdalena (entonces una niña), con la que Jesús fantasea una futura boda.
Mi califiación sobre 10 es 7,0, aunque yo soy un creyente muy ateo y puedo estar influido por ello.

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