Tres vidas de santos, de Eduardo Mendoza

Vuelvo a Eduardo Mendoza, tras el chistoso periplo de Pomponio Flato, con un registro, esta vez, más serio. Este tres vidas de santos es, en realidad, y como el mismo autor aclara, la suma de tres relatos breves, realmente independientes, pero cuyo nexo es la existencia entre sus páginas de vidas ejemplares (no necesariamente desde el punto de vista religioso).
En el primero de los tres relatos, "La ballena", uno no sabe quién es realmente el santo: el obispo varado en Barcelona, alguno de los padres del narrador, su tío loco o la propia tía, gran matrona del clan. Al final de la historia, el narrador parece inclinarse por uno de ellos en concreto, aunque, desde mi punto de vista, el obispo venido a menos es el personaje más peculiar y más cercano a la santidad, aunque lo sea por su descenso a los infiernos. Es Santo porque expía su pecado renunciando a su púrpura y a sus privilegios (inicialmente obligado por las circunstancias); porque tras actuar durante años como un cobarde, decide resarcirse y redimirse y, porque, aunque esto está menos claro, es posible que sus días finalizaran viéndolo convertido en un mártir.
"El final de Dubslav" no deja lugar a la duda, es Dubslav el único protagonista y el único llamado a la "santidad". Sus méritos: estar, pero no ser. Un hombre que sabe que tiene los días contados, inicia un viaje de reconocimiento personal, o sólo de curiosidad, que le lleva a uno de los rincones más peligrosos de África. Allí conversa con el chamán y vislumbra alguna de las ceremonias indígenas que le revelan la insustancialidad de su vida. Esa iluminación final, le acompaña hasta el estrado de la entrega de un premio que, en realidad era para su madre. Y... ;-)
Finalmente, "El malentendido" es un relato sobre literatura. Dos personajes que apenas se comprenden entran en contacto en una cárcel. Ella, profesora de literatura; él, carne de presidio. Pero ella se da cuenta de que él puede ser algo más, porque alcanza a comprender que algo falta en los resúmenes que ella reparte a sus alumnos. Ella no espera nada especial de él. Él cree que ella no tiene nada que enseñarle. Y el tiempo les distancia, hasta que vuelven a coincidir, ella, profesora de universidad a punto de jubilarse y él, autor de éxito. En las últimas páginas asistimos a las revelaciones de uno y otra, secretas, como las confesiones de los pecadores, íntimas, y descubrimos que en este caso los santos son ambos, aunque por razones distintas.
De los tres, el que más me ha gustado ha sido probablemente el último, aunque de "La Ballena", la existencia de ese obispo indígena es un verdadero descubrimiento, un personaje que tal vez hubiera merecido una novela para él solo.
En suma, estupenda lectura en la que Mendoza vuelve a retomar el camino de la literatura, aunque sólo sea la de corta distancia.

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