La hipótesis de la olla a presión: las sociedades que rompen sus costuras

Este artículo es un pedazo de un trabajo académico que realicé hace unos pocos años y que al releer hoy, me ha dado cuenta de que encaja casi perfectamente con la situación generada con la pandemia de COVID-19...

Olla a presión


En la naturaleza los cambios se producen normalmente de forma lenta pero continua. Sin embargo, como mantenía Gould, en otras ocasiones lo hacen de manera más o menos brusca. Los cambios paulatinos llevan las condiciones hasta un umbral a partir del cual los equilibrios se trastocan dramáticamente y, en consecuencia, las especies mutan rápidamente, o desaparecen. Es posible que en términos sociales pase algo parecido.


Las tendencias lineales funcionan bien en el papel, pero se quedan muy cortas a la hora de explicar la realidad
 


Si miramos atentamente a nuestro alrededor es posible que seamos capaces de ver una situación similar a la de aquella Europa del siglo XIX: nos encontramos inmersos en una tercera revolución industrial (Rifkin, 2011), posiblemente tan profunda como la primera. Como entonces, se está produciendo una transformación económica impulsada por un cambio tecnológico de amplio alcance. Este cambio tecnológico ha “empequeñecido el mundo” (Friedman,2006), ha permitido la movilización del capital prácticamente en tiempo real, ha despertado de su sueño de siglos a gigantes como China e India y, finalmente, está poniendo en tela de juicio los fundamentos del contrato social de las democracias del primer mundo.

Cada pequeña modificación de las condiciones va añadiendo presión a la olla (que es la sociedad) y, al principio, esta ensancha sus costuras, se estira, pero llega un punto en el que o se produce una reducción de esa presión (por ejemplo, cediendo ante las peticiones de cambio o mediante una represión exitosa que no siempre se puede llevar a cabo) o la olla explota. Y hay que fabricar una nueva.


Las ollas están constituidas por el conjunto de instituciones que hacen funcionar la sociedad


En este momento están en entredicho algunas de ellas: ¿puede una economía cada vez más global e interconectada ser regida desde instancias estatales? ¿Es justo que en un mismo mercado convivan sistemas de protección social o fiscales diferentes? ¿Son las empresas multinacionales y las cadenas de suministro globales los nuevos protagonistas de la economía? ¿Se puede comerciar con el conocimiento, cuando una parte importante del mismo se fundamenta en esfuerzos de carácter público?


En agricultura los cambios también están siendo disruptores


Los tiempos de obtención de nuevas variedades agrícolas se han acortado, gracias al desarrollo de la genómica, que permite identificar más deprisa las plantas que contienen la mejora buscada. También se han creado organismos genéticamente modificados. Al mismo tiempo, la industria de la selección y producción de semillas se ha concentrado (Uclés y Cabrera, 2009) y ha aumentado su cuota de participación en el sistema global agrícola, trastocando los manejos tradicionales en muchos lugares del planeta y creando nuevos problemas hasta hace muy poco tiempo desconocidos, como los relacionados con la infracción de patentes (o el registro de variedades ya existentes), o con la contaminación cruzada por la germinación de variedades protegidas de forma fortuita.


La hipótesis, pues, es que nos encontramos en un momento en el que las presiones están creciendo de forma intensa, provocando que las costuras de muestras sociedades se resientan, un efecto que se ve amplificado por los estragos de la crisis financiera internacional. En España, además, se acumulan los efectos del estallido de una burbuja inmobiliaria y las tensiones sobrevenidas por los problemas de diseño del euro. Ahora como entonces, el mundo es un hervidero.


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