Génesis y duración de una crisis (y 2)

Ahora toca pensar en cómo será esta crisis y, sobre todo, cuánto durará. Los argumentos para considerar que será aguda son sencillos de entender:

  • Las economías han estado viviendo muy por encima de sus posibilidades, por lo que se requiere ahora un fuerte ajuste para que la situación se normalice.
  • Por otro lado, las restricciones financieras se han convertido en la norma, por lo que el número de perdedores se va a ver incrementado, sobre todo en el sector inmobiliario.
  • La inflación se ha convertido en un nuevo problema añadido, que posiblemente repercuta (al menos en Europa) en una política monetaria poco agresiva y por ende en unos tipos de interés sin horizonte de reducción a corto plazo.
  • El auge de la construcción en algunos países ha sido tal que ahora su parón va a suponer un elevado coste en términos de crecimiento y de empleo, como sucede en España.

Respecto a la duración, la cuestión es más complicada. Primero expondré mi punto de vista, que es el de una duración relativamente reducida, en el entorno de los dos años. La tesis se sustenta en tres cuestiones básicas. De un lado el cambio de eje que viene sufriendo la economía mundial en los últimos años, con una presencia creciente de China e India, ambos con unas poblaciones tan enormes que pueden seguir creciendo a base de ampliar el mercado a cada vez más ciudadanos de su ámbito. Del mismo modo, el auxilio de los llamados fondos soberanos va a incidir aún más en esta dirección, ya que muchas empresas de carácter global están ahora controladas en gran parte por agentes decisores de Oriente. Si estos países logran mantener el tipo en medio de la presente tormenta, es muy posible que el margen de maniobra de las economías occidentales sea más amplio de lo que cabría pensar a priori.

Por otro lado, la flexibilidad se ha convertido en una característica necesaria para sobrevivir en la era de los mercados globales. En este sentido, España ha mejorado mucho, hasta el punto de que a pocos meses de la explosión de la burbuja la mayor parte de las empresas del sector o han quebrado, o han iniciado el proceso concursal, o directamente han modificado su modelo de negocio. Esta flexibilidad de los agentes económicos es una cuestión clave para apostar por la duración reducida. El problema puede venir del desajuste entre los tiempos de reacción del capital financiero y el capital humano.

Por último, la crisis se ha focalizado en la construcción residencial y en el mercado financiero. Y, con respecto a este último, en la medida que se recupere la confianza, se irá superando la situación. La confianza es consustancial al buen funcionamiento de los mercados financieros. Ya se ha comentado que la opacidad y la mala valoración del riesgo ha provocado desconfianza entre los agentes. Sin embargo, poco a poco, están aflorando en los balances las pérdidas ocasionadas por las subprime, y existen estimaciones sobre el impacto global de la crisis, lo que despeja ya muchas de las incógnitas que paralizan el mercado.

Este planteamiento conlleva, implícitos un par de supuestos. El primero es que las tensiones inflacionistas sobre los precios son de carácter coyuntural y que el propio decaimiento de la demanda finalmente las relajará, dejando libertad de maniobra a los bancos centrales para reducciones de sus tipos de intervención. El segundo es que las tensiones que se registran sobre el mercado de la energía podrán subsanarse a corto o medio plazo, merced a una reducción de la demanda mundial.

Precisamente, los que mantienen que la crisis será larga piensan en una situación de escasez de energía, una escasez que se tornaría en problema estructural y que conllevaría un período de ajuste y de modificación de las estructuras productivas mucho mayor que el generado por una crisis coyuntural. Ciertamente este es un riesgo que viene sobrevolando sobre la economía mundial en las últimas décadas y que seguramente tendrá una incidencia importante, aunque posiblemente las medidas de reducción de emisiones de CO2 y el esfuerzo realizado en diversificación energética aún relegue este problema unos cuantos años.

Por otro lado, los que piensan en una crisis más larga también están clonando el esquema de pasadas “revoluciones”, en las que los avances tecnológicos obligaban a revisar la estructura misma del sistema productivo. En este sentido, la irrupción de las nuevas tecnologías vendría a ser una suerte de nueva revolución industrial que necesitaría una revisión de nuestros modelos social y productivo. Si bien es cierto que el poder de la tecnología como transmutador de la realidad económica y social está fuera de toda duda, y es verdad que estamos asistiendo a una auténtica lluvia de tecnologías de la comunicación que posibilitan operaciones antes sólo soñadas por los autores de ciencia ficción, no es menos cierto que gracias, precisamente, a esa misma tecnología y a la globalización, la conexión entre las distintas economías es ahora mayor que nunca y, por lo tanto, las soluciones locales exitosas pueden ser transportadas y ensayadas en otros lugares casi al mismo tiempo, por lo que la velocidad de transformación es tan rápida que podríamos estar hablando de cambios drásticos en muy pocos años.

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