La España de los 50, los think thank y la madre que nos parió a todos

El artículo de Fernández-Villaverde, Garicano y Santos en El País sobre la posible vuelta a la España de los 50 ha levantado una amplia polvareda. Algunos directamente han atacado a los firmantes desprestigiando sus argumentos al vincularlos al think thank de Fedea. Bien es cierto que los autores son redactores usuales de Nada es gratis, un completo blog sobre economía en el que se tratan, normalmente con rigor y claridad, una enorme variedad de temas, desde la política monetaria hasta el valor un buen profesor en la escuela. Éste ha sido el caso de Rafael Escudero en Eldiario.es, que ha considerado que están actuando como la voz de su amo, un amo neoliberal que quiere el triunfo absoluto del mercado sobre las personas. Un argumento pobre, fruto de no haber leído con detenimiento el susodicho blog, que presenta un amplio abanico de sensibilidades: hay neoliberalismo (es cierto), pero se pueden encontrar también argumentos muy ligados al institucionalismo o al keynesianismo. Por otra parte, no sería muy inteligente por parte de los firmantes dedicarse a escribir en uno de los diarios más importantes del ámbito nacional un escrito que pusiera en juego su prestigio académico (sí, el prestigio es un raro activo intangible que nos condiciona gravemente en lo que hacemos y en lo que decimos). En el mismo diario que Escudero, Roger Senserrich, argumenta de forma mucho más honesta.
Los firmantes del artículo que ha dado pie al reguero de opiniones y comentarios en otros medios, son profesores de instituciones académicas estadounidenses y británica muy prestigiosas del ámbito de la economía (y también son firmantes de algunas publicaciones de Fedea). Su argumento es relativamente sencillo. Dicho en román paladino, y para que todos lo entiendan: España está "petando". Y lo está haciendo, no por la perversa actuación de los mercados y las aviesas intenciones de Merkel, sino porque no hemos hecho en realidad los deberes. Su escenario probable, si la cosa sigue por este camino, es la ruptura del euro o nuestra salida del mismo, devaluación para recuperar competitividad y entrada en el infierno: quiebras en cadena por nuestra fuerte conexión con la economía mundial (las exportaciones se abaratarían, pero también se encarecerían las imoortaciones), ausencia de financiación internacional, ajuste duro presupuestario para lograrla y vuelta a una España que basaría su economía en el turismo y los bajos costes laborales, con un amplio sacrificio en términos de bienestar económico y social. Para evitarlo plantean la posibilidad de un gobierno de concentración nacional, con un buen número de técnicos cualificados al mando de los ministerios y, en lugar de amenazar con romper Europa, buscar una solución negociada de mucha más Europa.
Mis dos lectores asiduos (mi padre y un amigo despistado) ya saben que no hace mucho que yo he jugueteado con la idea de ponernos duros y amenazar con hundir el Titanic. No la olvido y la mantengo como estrategia para sentarnos a la mesa. A pesar de que Garicano y compañía dicen que no hemos hecho bien los deberes y que las reformas no han sido señales claras para el mercado, discrepo. Es posible que no hayan sido lo suficientemente profundas de cara a los mercados, pero lo cierto es que en el ámbito interno se consideran como las responsables del notorio aumento del sacrificio social que esta crisis está trayendo consigo. Nos hemos dejado en el camino la obra social de las Cajas de Ahorros, la sanidad universal, los ratios de calidad en la educación (adjunto estupendo gag de José Mota al respecto), parte de la renta y algunos años de jubilación...



Sin embargo, coincido con ellos en el síntoma y en la cura: esto está petando. Y la solución es, seguramente, más Europa. Pero, tanto si se trata de presionar, como si se trata de negociar, es preciso que España de una imagen de unidad que hasta ahora no ofrece. Ni los ciudadanos, ni nuestros socios europeos perciben un rumbo nítido en el país. Yo no pienso que sea necesario un nuevo gobierno que, por otra parte, sufriría un enorme desgaste fruto de las expectativas fracasadas (esta crisis va para largo). Además, al contrario de lo que ellos piensan, no es el momento de la economía, ahora más que nunca es el momento de la política, de la gran política. Y eso requiere de un tipo de persona del que parecen carecer los partidos. La peculiar fórmula de captación y ascenso de nuestra casta partidaria tiende a orillar a los que piensan en el largo plazo, a los que ven más allá de los 4 años y piensan en el futuro de la siguiente generación (sí, no lo he dicho pero creo que se entiende: carecemos de verdaderos estadistas). Ya me estoy yendo por las ramas, perdón. Tengamos estadistas o no, nos vendría bien un amplio consenso político, una hoja de ruta con los sacrificios que estamos dispuestos a realizar y las fronteras que no vamos a traspasar. Sería una especie de pactos de la Moncloa II, que se visualizarían con Gobierno y oposición yendo de la mano a Bruselas para hablar del futuro con nuestros socios y que permitiera a los ciudadanos tener un relato claro y unificado de su futuro.
Imagino que Senserrich atacaría mi argumento de la misma maneta que al de Garicano et al.: no es realista. Lo sé, no lo es, pero es necesario y al menos en mi calenturienta imaginación, factible. Una solución que venga dictada desde Europa, por el acuerdo entre Alemania y Francia sin la participación activa de los dolientes (o sea, nosotros) sería echar más leña al fuego del populismo atieuropeo y xenófobo, o simplemente, generaría la sensación de habernos convertido en un protectorado de la Comisión. Esta crisis es un verdadero tsunami que se está llevando por delante todo lo que pilla: o edificamos un dique de unidad política para aguantar la ola, o nos arrastrará tierra adentro devastando al tiempo todo aquello que tanto esfuerzo nos ha llevado construir.

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