domingo, diciembre 30, 2012

Atlas de tierras legendarias, de Edyth McLeod

Este libro vino como un regalo de Navidad adelantado. Cuando lo vi en la revista de diciembre del Círculo de Lectores supe de inmediato que ésta sería una de las compras ineludibles. Y, al recibir el pedido, también supe de inmediato que iba a ascender a la cúspide del montón de lecturas pendientes. Y ha merecido la pena.
En primer lugar hay que destacar la calidad de la edición: excelente. El libro está profusamente ilustrado con reproducciones de mapas antiguos y con detalles de viejos pergaminos. Es decir, es un libro bello.
En segundo lugar, la temática no puede ser más interesante: las tierras legendarias. Tierras que aparecieron en los mapas en algún momento, tierras que nunca existieron más que en la imaginación de los marinos. Es muy curioso también observar cómo las ideas dominantes en la Edad Media llegaron a tergiversar una realidad contrastada desde la Grecia Clásica, hasta el punto de convertir a Jerusalén en el Centro de la Tierra.
A lo largo de las páginas se cruzan mitos, ideas de bombero, errores y utopías. No se trata sólo de una enumeración de errores, en algunos momentos, la autora intenta encontrar lo que puede haber de realidad en alguno de los mitos, por ejemplo cuando se narra el viaje de San Barandán, en el que las descripciones literarias encuentran su traslación en tierras reales y que podrían suponer que el primer desembarco europeo en América del Norte se adelantara unos 300 años con respecto a la saga de Erik el Rojo.


La lectura, por tanto, es muy variada y entretenida, con apartados especiales para algunos de los temas (no hay que dejar de leer el relativo al Castillo de Coral de Miami, o el que hace mención a la Atlántida).
Las sorpresas son numerosas (al menos para mí), pero se me han quedado un par: la perfecta cartografía de la costa occidental de la Antártida (sin hielo, cosa que no sucede desde hace 14.000 años) o la aparición de parte del litoral americano en el mapa de Piri Reis.



La economía del efecto nocebo

Mucha gente le tiene tirria a Punset: es lo que suele ocurrir cuando haces de tu persona un personaje (lección que parece haber aprendido su hija), y que se nota en todo lo que hace, desde su peinado, a su forma de hablar con una gran cantidad de amaneramientos y gesticulaciones. Sin embargo, si dejamos atrás las capas de maquillaje, hay un gran comunicador y, en el caso español, al único divulgador televisivo que tenemos. Y, otra cosa, es economista: ergo se demuestra que los de esta profesión servimos lo mismo para un roto que para un descosido ;-)

A lo que iba, entre mis costumbres semanales está la de cambiar las sábanas los domingos viendo uno de sus programas a través de internet. Hoy he visto uno que no me despertaba especial interés, pero que ha terminado siendo uno de los más interesantes de la presente temporada. En otras entradas ya he comentado algo sobre la burbuja de pesimismo que nos atenaza en España. Sin embargo, hasta ahora no he encontrado el sustrato científico que justifique mis afirmaciones, y no es otro que el comentado efecto nocebo. Este efecto es el contrario al conocido efecto placebo, que crea efectos reales y positivos en los enfermos tratados con él. Parece que la clave de asunto está en las expectativas (¿no suena bastante económico ya?) Cuando se generan expectativas positivas, nuestro organismo entra en modo euforia y genera endorfinas que contribuyen a la curación.

Sin embargo, también es posible que suceda lo contrario, que nuestras expectativas sean negativas y que cualquier acción o materia activa que tomemos no nos surta efecto. Así es como funciona la depresión, genera un bucle de pesimismo que impide que los afectados puedan encontrar el camino de salida, simplemente porque creen que no lo van a encontrar. El resultado económico de un país depende en gran medida de la suma de las decisiones de todos los agentes que intervienen en ella. Pero si la mayor parte de los agentes creen que el resultado esperado es negativo, tomaran decisiones en función de esas expectativas y tendremos un nuevo caso de profecía autocumplida.

Es verdad que la economía española está hoy hecha unos zorros: aumento incontrolado de la morosidad, dificultades de financiación, desarme del Estado de Bienestar, aumento del desempleo, etc. Hay pocas noticias que permitan comenzar a ser optimistas. Pero si todos los agentes vemos el futuro peor, no haremos nada en pos de la mejora de la situación. No se trata tampoco de engañarnos a nosotros mismos. Tampoco es cuestión de practicar el buenismo de Fofito y Campofrío. Hay algunas razones para el optimismo. Desde el punto de vista de los inversores, España se ha devaluado de forma importante en los últimos tiempos, un abaratamiento de nuestra mano de obra que puede atraer nuevas inversiones industriales. Incluso, en el ámbito inmobiliario puede haber alguna esperanza. Los precios han caído y mucha de la inversión ya está en niveles de liquidación, con la pérdida contabilizada. Es decir, que pueden resultar interesantes para los compradores europeos de segunda residencia (que ya está construida y amortizada). Incluso, en nuestro entorno cercano, el creciente empeoramiento de la situación en Alemania tal vez obligue a nuestra querida Ángela Merkel a tomar decisiones de expansión fiscal, mejorando nuestras posibilidades de exportación.

El futuro no es como lo imaginábamos en 2007, pero puede llegar a ser mejor. Es cuestión de que nos desembaracemos de la parálisis en la que nos tiene inmersos el efecto nocebo y que activemos los recursos que aún tenemos. No se trata sólo de fe. Se trata de realidades y de que comencemos a mirar lo que de positivo hay a nuestro alrededor. Sólo así comenzaremos a pinchar la burbuja de pesimismo que impide a nuestra economía volver a la senda del crecimiento.



PD: Cuando sea mayor estudiaré psicología... la verdadera microeconomía

viernes, diciembre 21, 2012

Feliz Fin del Mundo

Por si fuera ésta la última entrada que escribo,
que sepan mis lectores que les deseo un muy

FELIZ FIN DEL MUNDO.

Sepan que fue un placer compartir con ustedes
todos estos años y que es una pena no poder seguir...


No obstante, como cabe la posibilidad de que los mayas
fueran en realidad unos cachondos y sólo buscasen
ser Trending Topic en Twitter, les deseo también unas

FELICES SATURNALES Y PRÓSPERO 2013

lunes, diciembre 17, 2012

La locura de la leche


Os dejo aquí el arranque de mi última entrada en el Blog amigo de éste: La locura y la verdura, ubicado en la Red Chil.

Esta mañana hemos estado hablando con los amigos de la Red Chil (vamos, los señores que dan cabida a éste, su servidor escribiente, y a su blog).  Entre los temas que hemos  tratado (han sido muchos, sobre todo en el momento desparrame del café) ha estado el de la cadena agroalimentaria y, más concretamente, el de la láctea.
No es ese un tema que yo conozca, por eso este blog no se llama La Leche y la Locura, pero creo que puede resultar de interés que enumere alguna de las razones que han salido en la conversación para explicar el injustificable desfase entre los precios de la leche y los costes de elaboración de la misma en España.
  • Una de las primeras que han salido a la luz es la capacidad de presión de la Gran Distribución sobre los eslabones de la cadena situados aguas arriba. Según este argumento, el desequilibrio de la cadena es en este caso apabullante a favor de los grandes minoristas, obligando a los ganaderos a aceptar precios de pérdidas en sus liquidaciones.

Seguir leyendo en La locura y la verdura

Necesitamos un rescate moral

Hablamos tanto de crisis que comienzo a pensar que la crisis también está en crisis. Pero no es cierto, antes al contrario, a pesar de que uno se empeña en querer ver la luz al final del túnel, rápidamente surge algún dato agorero que te contradice.
Hace unos días llegó el esperado rescate bancario, que se dirigirá casi al completo a Bankia, una de las entidades consideradas sistémicas. Rápidamente, la prima se relajó (no mucho) y la Bolsa subió. No digo yo que no fuera necesario ese rescate, y alguno más que estará por llegar, pero comienza a cabrearme considerablemente que no estemos realizando al mismo tiempo un “rescate moral” de este país. Bankia es una entidad sistémica, pero también es el resultado de un apresurado proceso de fusiones y de la liquidación del sistema centenario de cajas de ahorros. Dicho en un tono más directo: Bankia es tan grande porque, como parte de la estrategia de supervivencia del sistema financiero que se diseñó estuvo dirigida a obtener entidades más grandes, poniendo el acento en lo de grandes, y no en la eficiencia o en la rentabilidad. Hicimos a Bankia más sistémica aún, y eso se suponía que era parte de la hoja de ruta para salir del problema. La primera conclusión es evidente: el plan original no era bueno. No lo era en términos económicos, puesto que creamos una entidad con un agujero enorme y sobredotada y con redundancias en su red comercial y en sus recursos humanos. Finalmente, socializamos sus pérdidas, y volvimos a demostrar que aquello del too big to fall (demasiado grande para caer) es jodidamente cierto.
Y, mientras inyectamos unos millones de euros que no tenemos y que no sabemos muy bien cómo pagaremos, el paro se extiende por la sociedad, aportando su pátina de pobreza y castigando a los elementos más débiles de la misma. La pesadilla económica nos muestra ahora una nueva oleada. Ya hay 1,2 millones de familias con todos sus miembros en el paro, la pobreza se ha triplicado y se han detectado problemas de alimentación infantil que creíamos olvidados desde los 70. Los subsidios a los desempleados, que se diseñan como un colchón entre situaciones de trabajo, se agotan porque no hay una oferta de empleo que pueda absorber la enorme cantidad de parados que tenemos. Y, como muchas de esas familias adquirieron sus viviendas a precios inflados de la burbuja mediante el recurso a las hipotecas, se añaden poco a poco a la lista de los que dejan de pagar, porque no pueden. Y ellos terminan en la calle y sus viviendas siendo consideradas activos tóxicos destinados al Banco Malo.
Desde la perspectiva moral la cosa es tal que así, premiamos a los gestores que tomaron decisiones demasiado arriesgadas, hasta el punto de hacer quebrar sus entidades, salvando esas mismas entidades con dinero público (de todos) y dejamos a una enorme cantidad de familias al pairo, con la doble tenaza de sus deudas, por un lado, y de los recortes sociales, por el otro (ahora que necesitan esas prestaciones y servicios más que nunca). Algo no estamos haciendo bien. Es más, creo que lo estamos haciendo rematadamente mal.
Fuente: Fundación Cajamar

Porque, además, es muy posible que una parte importante de esas viviendas que se quedan vacías lo sigan estando por muchos años. Es un efecto perverso, pero cada nueva vivienda que queda vacía se convierte en una nueva oferta al mercado inmobiliario, ya de por sí aquejado de una enorme sobreoferta. Esto sólo contribuye a que los precios no encuentren suelo y a que los precios sigan cayendo, con lo que las garantías colaterales de los créditos hipotecarios se reducen, agravando los problemas de solvencia de la banca.
No estoy diciendo que no se apoye a la banca. Estoy diciendo que no nos olvidemos de los ciudadanos. ¿No podemos arbitrar una solución de compromiso en la que las familias puedan permanecer en sus casas abonando un porcentaje razonable de sus ingresos? Así, aunque pierdan la propiedad, no perderían el techo, ni la posibilidad de recomprarla en un momento más favorable del ciclo.
Por otro lado, y sigo con la necesidad de rescate moral, no es normal que en un país con los problemas del nuestro nos dediquemos a organizar amnistías fiscales o a desmontar unidades de lucha contra el gran fraude fiscal. Entiendo que las necesidades del corto plazo exigían una fuente de ingresos rápida, pero al mismo tiempo debería haber ido acompañada la medida de una oleada de inspecciones. El mensaje que se lanza con este tipo de medidas es “tranquilo, tú defrauda, que en unos años pagando una quinta parte de lo que estás dejando de pagar ahora dispondrás de tu dinero limpito como una patena”.
El resumen es que cualquiera que lea los diarios o simplemente preste atención a las charlas de café, se percata de que la gente piensa que en este país “siempre pagan los mismos”, “los ricos nunca pagan”, “el listo vive del tonto, y el tonto de su trabajo”, etc. O sea, que de la misma forma que los beneficios de la bonanza se repartieron de forma asimétrica, los costes de la misma también lo están haciendo, pero con una correlación inversa (véase esta entrada en Nada es gratis para ampliar).