¿Hablamos de urbanización o de desruralización?

Desde antiguo hemos usado como indicador del desarrollo de una civilización el número y tamaño de sus ciudades. Posiblemente esto se deba a que es más sencillo encontrar y analizar los restos antiguos de grandes aglomeraciones de personas (en los que hay más probabilidades de hallar edificios de grandes proporciones y de materiales más duraderos: palacios, templos, etc.); o a que entendemos el proceso civilizador como el tránsito de las sociedades tribales de cazadores-recolectores desde su vida móvil y, por fuerza, ligera de equipaje, hasta nuestra realidad de grandes urbes concentradoras de consumo, personas y riquezas. 

Por tanto, hemos considerado intrínsecamente bueno y hasta natural el proceso de urbanización de nuestras sociedades. Aunque, para ser completamente honestos, hay que reconocer que al menos desde los años 70 del pasado siglo hemos comenzado a ser plenamente conscientes de los problemas medioambientales y hasta psicológicos que la vida en torno a las grandes ciudades provoca.

Pero no queremos poner el foco en el destino, algunos le llaman sumidero, de los flujos de consumo, personas y riqueza. Queremos ponerlo en el punto de partida de esos flujos: las zonas rurales. Debió ser en torno a 2015 cuando por primera vez en la historia de la humanidad los habitantes de las zonas rurales comenzaron a ser minoría con respecto a los de las ciudades. También fue a finales del siglo XX cuando los europeos en general, y los españoles en particular, comenzamos a preocuparnos por el despoblamiento de amplias zonas de nuestros territorios. En el caso español, las migraciones de los 50 y 60 se habían producido no solo desde el mundo rural a las ciudades, sino también desde el interior hacia la capital del país y el litoral, los puntos en los que se desarrollaban la mayor parte de la industria y el turismo.

Estos procesos, en algunos casos, han llevado a algunas comunidades rurales hasta el extremo de su desaparición y han puesto en el borde del precipicio a otras muchas. El fenómeno relatado en trazos gruesos es el de unas primeras migraciones en busca de oportunidades en las ciudades y de una mejor calidad de vida. Los que tienen éxito hacen de “faro” y de agentes de recepción para los que no son tan atrevidos y parten después. En la medida que las ciudades crecen en población, lo hace también su economía y se “fabrican” nuevas oportunidades. Y comienzan a activarse las economías de aglomeración. Por el contrario, en las zonas de origen, una menor población reduce el atractivo de la permanencia. No solo es que las diferencias de renta sean muy elevadas, o que los servicios públicos en las ciudades sean más numerosos y de mejor calidad, sino es que la salida de los jóvenes (que tienden a ser los primeros en irse) reduce también las opciones de encontrar pareja de los que se quedan. Entramos aquí en un círculo vicioso que vacía de población, se reducen servicios y opciones, se vuelve a reducir la población y terminamos con muy pocos habitantes de mucha edad que bien no son capaces de emigrar o ya no lo desean.

Islas y miniciudades

A pesar de eso, la modernización del campo, obligada en parte por la reducción de la mano de obra disponible, aumenta los rendimientos y permite obtener excedentes de renta que, a corto plazo, posibilita que algunos núcleos rurales sobrevivan y que incluso aumenten sus habitantes. Actúan como miniciudades en sus comarcas, concentrando poco a poco los servicios de esta (colegios, centros de salud, comercio, etc.). Pero a largo plazo, si no se logra arrancar un mínimo dinamismo económico, el gran efecto gravitacional de las ciudades termina por mermar poco a poco los efectivos de estas zonas, llevándose normalmente primero a los mejor preparados, los que han tenido la oportunidad de formarse hasta los niveles superiores(normalmente en las ciudades).

El resultado es que la sociedad en su conjunto se desruraliza, perdiéndose por el camino las funciones tradicionales que este mundo aportaba a la sociedad. Obviamente, la provisión de alimentos no es una de ellas. El proceso de abandono va parejo con el de la mecanización del campo, el aumento de la dimensión media de las explotaciones y, por tanto, a la selección de los “más competitivos” para permanecer cumpliendo esa función tan necesaria –aunque la globalización podría llevarnos a reducir aún más la demanda de alimentos a nuestras zonas rurales, trasladándola hacia lugares en los que los costes de producción reducidos permitan compensar los costes de transporte–. Incluso sin que esto llegue a suceder, hay otra serie de funciones rurales que tienden a desaparecer.

Mucho de nuestro territorio (en Europa) está fuertemente antropizado desde tiempo inmemorial, de forma que las labores efectuadas por las comunidades rurales sobre el entorno forman parte de su funcionamiento “natural”. El abandono provoca la desaparición de esas labores, lo que puede conllevar desde la aceleración de fenómenos erosivos hasta cambios en el comportamiento de las lluvias a escala local, o mayores probabilidades de incendios o la desaparición de paisajes tradicionales agrarios.

Algo más que folklore

Por supuesto, con la desaparición de las zonas rurales, o con su transformación en zonas miniurbanas, se pierde también su cultura. No solo el folklore, sino el conjunto de valores, tradiciones y conocimientos que sustentaban dicho mundo y que formaban parte de la caja de herramientas para la supervivencia de dichas sociedades. Algunos de esos conocimientos o valores a lo mejor no son útiles, pero otros pueden resultar vitales para, por ejemplo, manejar los bosques antropizados de nuestra Europa.

En España el proceso puede rastrearse desde finales de los 50, sobre todo, aunque si nos centramos en lo que llevamos de siglo XXI nos percatamos cómo el proceso continúa y cada vez son más los municipios que se asoman al abismo de la desaparición.

Fuente: INE


Continuará...

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