Cuando pasen estos días coronavíricos



Cuando pasen estos días coronavíricos, volveremos poco a poco a la normalidad. Una normalidad que habrá pasado de una desaceleración suave a una recesión intensa sin que haya detrás una motivación económica. En esta ocasión ha sido un virus quién ha puesto en jaque al conjunto de la economía mundial.

Probablemente, urgidos por las necesidades del momento, olvidaremos deprisa algunas de las enseñanzas que este confinamiento nos está dejando. Olvidaremos el coste emocional de no poder cuidar a nuestros enfermos o de despedirnos de nuestros muertos; olvidaremos que, por una vez en mucho tiempo, toda la humanidad se ha tenido que enfrentar a un desafío que supera nuestras artificiales nacionalidades y fronteras, y olvidaremos el excelso trabajo de todas esas personas que han contribuido a mantenernos vivos a despecho de su propia salud, una vez que dejemos de aplaudir cada tarde a las ocho.

Pero antes de que eso suceda quiero hacer notar una cuestión, cuanto menos curiosa. Casi todos los estudiantes de economía o ramas afines deben recordar de sus primeros días de clase la paradoja de los diamantes. La explico: todos estaremos de acuerdo que el precio de un diamante es superior al de un vaso de agua, y que puestos a elegir todos preferiremos los diamantes al agua. Siempre que no estemos en medio del desierto y llevemos dos días sin beber una gota de agua, porque entonces nuestra decisión será radicalmente opuesta. Todos elegiremos el agua, porque se puede vivir sin diamantes, pero no sin agua. De esta manera se ilustra a los alumnos sobre la diferencia entre precio y valor. El primero lo pone el mercado –que no siempre existe y que cuando existe no siempre acierta–, y el segundo es intrínseco.

Pues bien, en estos días, estamos viendo como muchos empleos que tienen salarios bajos y que a priori podrían parecernos de bajo valor, se nos han desvelado como trabajos cruciales para nuestro bienestar. Por ejemplo, aquellas personas que nos atienden en la caja del supermercado, en el puesto de la plaza, o aquellas a las que no vemos pero que hacen que los alimentos lleguen del campo y las industrias transformadoras a las ciudades o, más lejanas aún, las que día a día atienden sus explotaciones agrarias y ganaderas o salen a pescar en sus barcos. Todas esas personas, que ganan individualmente mucho menos que el director general de Google, son necesarias para nuestra vida; mientras que el director general de Google es accesorio. Sin los primeros no podemos vivir, sin el segundo nos aburriríamos más, pero no nos moriríamos.

Con los empleos nos tiende a suceder lo mismo que pasa con la paradoja de los diamantes, confundimos valor con precio. Y a esas diferencias valorativas le asociamos normalmente otra serie de características asimiladas. Por ejemplo, contaba Galbraith en su delicioso “Breve historia de la euforia financiera”, que solemos asociar inteligencia con riqueza aunque, obviamente, no tienen por qué ir correlacionadas. En este sentido, imagino que muchos padres preferirán que sus vástagos sean empleados de una eléctrica o de una tecnológica antes que cajeros de supermercado o agricultores. Esta terrible crisis nos está dejando claro que tal vez deberíamos reajustar nuestra escala de valores y separarla un poco, o un mucho, de la escala salarial.

Me gustaría que cuando podamos volver a llenar las calles con nuestra actividad, con nuestras prisas y nuestros sonidos, mantengamos en la memoria la importancia de algunas profesiones. Por supuesto la de los médicos y demás sanitarios, pero también la de los hombres y mujeres que forman pate del sistema agroalimentario, ese que pone a nuestra disposición alimentos seguros y sanos a precios razonables y los acerca de nuestros hogares. Me gustaría que cuando volvamos al supermercado o al puesto de la plaza en el que nos surtimos de verduras, de carne o de pescado, pensemos en las personas que han posibilitado nuestro momento de compra, y que nos demos cuenta de que su remuneración puede que esté relacionada con el precio que estamos pagando por esos productos. Que descubramos lo absurdo que es que andemos ajustando unos céntimos en un litro de leche, pero que luego nos lancemos a comprar el último modelo de teléfono móvil sin reflexionar sobre el margen que uno y otro tipo de producto deja para sus respectivas cadenas de valor. Banalizamos el alimento y endiosamos el trozo de tecnología.

Es posible que las apreturas que vendrán con la liberación, por el cierre forzado de muchas empresas y organizaciones, nos vuelvan a convertir en compradores low cost, como en a crisis de 2009. Pero, insisto, sería bonito que reflexionáramos sobre lo que es de verdad importante, sobre la enorme suerte que tenemos de disponer de un sector primario tan variado como el nuestro y de unas cadenas de suministro tan avanzadas (y posiblemente también algo desequilibradas, pero ese es otro tema) que nos han permitido seguir comiendo a pesar de estar encerrados en casa algo más de un mes.

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