¿Provocará la inteligencia artificial una crisis de demanda?

Hace cosa de un mes ocasión de leer en los medios diversas reflexiones en torno a un ensayo sobre la inteligencia artificial que se ha viralizado extraordinariamente. El ensayo en cuestión se titula «Something Big Is Happening» (Algo grande está pasando) y no resultaría tan llamativo si su autor no fuera (dicen) un reputado programador de la industria de la IA: Matt Shumer.


Esta vez es distinto

El argumento de base es algo así como: «esta vez es distinto», la IA tiene el poder de destruir millones de empleos en algunos de los sectores que hasta ahora habían permanecido protegidos de las revoluciones tecnológicas o que, incluso, se habían visto favorecidas por ellas. Su punto de referencia es el de la propia industria de la IA en la que los programadores que diseñaron y alimentaron los modelos están siendo masivamente sustituidos por esos mismos modelos que ayudaron a construir. Los motivos por los que esto sucede es que la IA ha comenzado a autoprogramarse de forma cada vez más autónoma. Hemos creado un sistema que aprende, que se autorregenera y que localiza y corrige sus errores de una forma mucho más rápida y eficiente que un humano. Desde la perspectiva de Shumer, la IA es un «sustituto general del trabajo cognitivo», lo que supone que puede destruir masivamente empleos de cuello blanco, desde los propios programadores hasta los consultores, pasando por banqueros y financieros, diseñadores, guionistas y un larguísimo etcétera.
No suelo alinearme con argumentos neoluditas. Hasta el momento, las revoluciones económicas (y la IA tiene el poder de desencadenar una), han propiciado el desarrollo de nuestras economías y sociedades a largo plazo, aunque por el camino han provocado nuevos perdedores y vencedores. Los primeros, se extinguieron o adaptaron y los segundos, acumularon riquezas y poder. Sin embargo, al leer los sombríos presagios de Shumer no he podido evitar acordarme de Emmanuel Todd y su libro, La ilusión económica, en el que pronosticaba –si no recuerdo mal– una crisis del modelo capitalista derivado de la pérdida de peso de las rentas del trabajo. A la inversa de la máxima clásica de «toda oferta genera su propia demanda», Todd vislumbraba que el sistema terminaría empobreciendo a la demanda agregada poco a poco.
Los argumentos de Shumer nos conducen a un escenario en el que la IA acelera la pérdida de peso de las rentas del trabajo en la economía mundial, por lo que nos enfrentaríamos antes y de forma más intensa a esa pérdida de demanda y, por tanto, a la quiebra del sistema capitalista tal y como lo conocemos –aunque una de las ventajas destacadas de este sistema es que es capaz de mutar para adaptarse a las nuevas condiciones y evitar su colapso–.
Al calor de la conversación provocada por el ensayo, algunos analistas de mercado han señalado que los argumentos de Shumer también pueden servir para demostrar la capacidad revolucionaria de la IA y lo acertado de la inversión en su desarrollo, puesto que generará más valor añadido. Ergo no estaríamps asistiendo al crecimiento de ninguna burbuja. Pero si, como hemos mencionado, existe el riesgo de que la IA termine destruyento la demanda que pretende satisfacer. ¿Quién comprará, por ejemplo, viajes y servicios turísticos cuando los ingresos del trabajo se reduzcan drásticamente? Ergo, sí que estaríamos sobredimensionando la inversión y la cantidad de recursos que se le están dedicando a esta industria.
Shumer está condicionado por los recortes de personal que se están viviendo en el sector. Él, mejor que muchos de nosotros, es consciente de las capacidades disruptivas de la IA, que van mucho más allá de crear imágenes o videos virales –piensen en una robótica avanzada vitaminada con IA para realizar su actividad y con capacidad para tomar decisiones de rediseño propio o de producción–. Como bien señala, muchos empleos de base intelectual van a verse sacudidos por esta incipiente revolución. Incluido, por supuesto, el mío –cruzo los dedos para llegar a la edad de jubilación «vivo»–.


El factor humano

Sin embargo, mis crecientes interacciones con diversos modelos me han enseñado que, de momento, hay capacidades de las que estos sistemas adolecen. Hay un rescoldo de aptitudes netamente orgánicas –no me atrevo a llamarlas humanas, por los últimos descubrimientos en primates–, relacionadas con el pensamiento abstracto y simbólico que, a día de hoy, una máquina no es capaz de alcanzar.

Además, hay que considerar los niveles de inversión en los que está incurriendo el desarrollo de la IA. No se trata solo de las sumas gastadas en el proceso de aprendizaje de los modelos, ni lo que se precisa en términos de capacidad de computación: semiconductores y ordenadores cada vez más potentes. Hay una vertiente física indispensable: los centros de datos necesitan espacio e ingentes cantidades de energía y agua para su buen funcionamiento. Todos esos recursos generan costes de estructura muy elevados que solo se justificarían si la demanda de estos servicios crece lo suficiente y, sobre todo, si es capaz de pagar tanto los costes de funcionamiento como los dividendos e intereses que el capital invertido espera recibir. Y esto no está tan claro.

Imagino que el futuro tendrá mucha IA, mucha robotización, pero también mucho factor humano. Hay un rescoldo de aptitudes netamente orgánicas –no me atrevo a llamarlas humanas, por los últimos descubrimientos en primates–, relacionadas con el pensamiento abstracto y simbólico que, de momento, una máquina no es capaz de alcanzar. Además, hay que considerar los niveles de inversión en los que está incurriendo el desarrollo de la IA. Pero, en el caso de que esto último no fuera así, déjenme lanzarles un par de preguntas capciosas: ¿cómo podría la extrema derecha estadounidense mantener su alianza con las tecnológicas? ¿Cómo cambiará su mensaje cuando el empobrecimiento de los trabajadores no provenga ni de las importaciones ni de los inmigrantes que compiten por los empleos?

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