La tormenta que viene
Vuelvo al tono sombrío. Ustedes me perdonen. Esto de otear el horizonte en busca de tormentas es un TOC que me quedó de la crisis de 2008. Aún llevo en el alma la espina que me clavó hace años un empresario al acusar a la Cámara de Comercio (cuyo Servicio de Estudios yo había dirigido durante más de 10 años) de no haber avisado de la crisis que se estaba fraguando. Y eso que lo avisamos por tierra, mar y aire; tanto, que a punto estuvo de costarme el puesto de trabajo en un par de ocasiones. La primera, cuando cierto colectivo empresarial al que no le pareció ajustado que habláramos de burbuja en un informe económico de la provincia pidió mi cabeza. La segunda, cuando señalamos en un informe trimestral de coyuntura (el extinto BTC) que los indicadores se estaban desplomando y desde una subdelegación del Gobierno nos acusaron de utilizar información desfasada (esos informes se hacían siempre con los últimos datos publicados).
Así que, ahora, en cuanto que veo un nubarrón en el horizonte comienzo a preparar el chubasquero y me pongo a gritar a los cuatro vientos eso de que viene el lobo. En este caso la tormenta podría pasarnos de largo, o incluso desencadenarse y no afectarnos a nosotros (me refiero a España) de forma demasiado intensa. Pero las señales están ahí.
Así que, ahora, en cuanto que veo un nubarrón en el horizonte comienzo a preparar el chubasquero y me pongo a gritar a los cuatro vientos eso de que viene el lobo. En este caso la tormenta podría pasarnos de largo, o incluso desencadenarse y no afectarnos a nosotros (me refiero a España) de forma demasiado intensa. Pero las señales están ahí.
Esto de otear el horizonte en busca de tormentas es un TOC que me quedó de la crisis de 2008
La señal de los telediarios
La primera la tenemos en los informativos y en los medios de comunicación a diario. El conflicto en Oriente Próximo y, más concretamente, el bloqueo del estrecho de Ormuz está recortando drásticamente la oferta de petróleo y gas natural mundial, así como la de helio, fertilizantes y aluminio. La reducción de la cantidad petróleo disponible conlleva un rápido encarecimiento del que hay accesible. El pasado febrero, el precio del contrato de futuro a tres meses del Brent estaba por debajo de los 70 euros. Cuando escribo estas líneas, con los estadounidenses diciendo que el acuerdo ya está casi cerrado, el precio del contrato se mueve en torno a los 85 dólares por barril. Y entre ambas fechas ha estado la mayor parte de los días por encima de los 100. Ese es el precio del contrato, no el de las entregas en puerto, que no es sencillo de calcular y con seguridad, está siendo más elevado. Lo más grave es que el encarecimiento del petróleo suele trasladarse a gran velocidad a los precios de los bienes y servicios consumidos por los hogares. Y esto es así porque la base energética de nuestra civilización sigue siendo el oro negro.
En España, más de la mitad del consumo de crudo y de sus derivados se produce en el transporte por carretera. Y la inmensa mayoría de los bienes son transportados antes de llegar a nuestras manos. La inflación, de hecho, ya se sitúa en nuestro país por encima del 3 % –el objetivo de estabilidad de precios que marca el Banco Central Europeo es el 2 %–. Y la inflación, si se encona, termina siendo muy pegajosa y difícil de vencer. No hay que irse muy lejos para hacerse una idea de lo que cuesta. Tras la invasión de Ucrania, el precio del gas natural se disparó, impulsando los precios en toda Europa. Nos costó más de 3 años volver a normalizar la situación.
Por otra parte, tanto el petróleo como el gas natural forman parte de muchos procesos productivos. Aparte de ser fuentes de energía primaria y final, son las materias primas utilizadas para la obtención de otros muchos productos, como los fertilizantes nitrogenados o la granza para los plásticos.
Y, aunque esta misma noche se decidiera la reapertura de Ormuz –es posible que haya sucedido en las horas que han transcurrido desde que yo he escrito estas líneas hasta que usted las esté leyendo–, no se recuperará la anterior normalidad a corto plazo, dado el gran número de buques bloqueados y los daños que los ataques han generado en infraestructuras.
En España, más de la mitad del consumo de crudo y de sus derivados se produce en el transporte por carretera. Y la inmensa mayoría de los bienes son transportados antes de llegar a nuestras manos. La inflación, de hecho, ya se sitúa en nuestro país por encima del 3 % –el objetivo de estabilidad de precios que marca el Banco Central Europeo es el 2 %–. Y la inflación, si se encona, termina siendo muy pegajosa y difícil de vencer. No hay que irse muy lejos para hacerse una idea de lo que cuesta. Tras la invasión de Ucrania, el precio del gas natural se disparó, impulsando los precios en toda Europa. Nos costó más de 3 años volver a normalizar la situación.
Por otra parte, tanto el petróleo como el gas natural forman parte de muchos procesos productivos. Aparte de ser fuentes de energía primaria y final, son las materias primas utilizadas para la obtención de otros muchos productos, como los fertilizantes nitrogenados o la granza para los plásticos.
Y, aunque esta misma noche se decidiera la reapertura de Ormuz –es posible que haya sucedido en las horas que han transcurrido desde que yo he escrito estas líneas hasta que usted las esté leyendo–, no se recuperará la anterior normalidad a corto plazo, dado el gran número de buques bloqueados y los daños que los ataques han generado en infraestructuras.
Inversiones sin retorno (de momento)
El helio, otro de los gases que esperan en los barcos, se usa para la fabricación de semiconductores, el corazón de la industria con la mayor tasa de crecimiento de la historia reciente: la inteligencia artificial. Y aquí está el segundo de los nubarrones. Ingentes cantidades de dinero se han canalizado hacia el desarrollo de la IA y de sus necesidades de funcionamiento: ordenadores, memorias, centros de datos, energía, y un largo etcétera. Estas inversiones aún no han comenzado a obtener rentabilidad, pero para su movilización se ha recurrido a herramientas de financiación cada vez más sofisticadas, generando una especie de «banca en la sombra» que podría estar minusvalorando los riesgos. Esta es una nube que podría no jarrear si, efectivamente, los beneficios de la IA comenzasen a llegar y se pudieran devolver los créditos. Pero si algo o alguien demasiado relevante en el mercado cayera antes, el pánico podría cundir, provocando un tsunami de retiradas de efectivo que podría arrastrar al sistema financiero a una nueva espiral de impagos.
Sin margen de maniobra
Como no hay dos sin tres, si esto sucediera, la capacidad de los Estados para comenzar la situación estaría seriamente limitada. La sucesión de problemas acaecidos desde la Gran Recesión ha expandido la deuda pública de muchos países, que ahora tendrían enormes dificultades para movilizar los fondos que harían falta para contrarrestar o limitar los efectos negativos de un nuevo crash.
Éramos pocos, y la abuela parió a El Niño
Y, ahora, el bonus track: ¿recuerdan que ya he mencionado dos veces a los fertilizantes? Su escasez y su encarecimiento afectan de manera más importante a los países de menos recursos y que, por tanto, tienen menor capacidad para afrontar el aumento de los insumos agrarios. Para abril, según el Banco Mundial, el precio medio de los fertilizantes se había disparado un 44 % en solo dos meses. Esto implica que los cultivos obtendrán rendimientos inferiores, por lo que los avisos que se hacen desde la ONU sobre la posibilidad de hambrunas no son ni exageraciones ni extravagancias. Y mientras yo escribo y ustedes leen, en el Pacífico se está formando un nuevo El Niño que amenaza con ser uno de los más graves de la historia. Y las consecuencias de este fenómeno suelen ser catastróficas para las cosechas y para las poblaciones de amplias zonas de América Central y del Sur.
Si todas estas nubes de tormenta se juntasen o formaran un tren como el que asoló la península durante la pasada primavera, creo que todos terminaríamos calados hasta los huesos.
Si todas estas nubes de tormenta se juntasen o formaran un tren como el que asoló la península durante la pasada primavera, creo que todos terminaríamos calados hasta los huesos.
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