Internet, populismo y democracia

Cuando Internet comenzó a popularizarse, muchos (entre ellos este que escribe) pensamos que el acceso libre a la información y al conocimiento terminaría por armar sociedades más informadas y democracias más perfectas (y directas). Sin embargo, la realidad es descorazonadora: la red se ha convertido en un altavoz de mentiras y medias verdades que aparentan ser verdades. Pecamos, pequé, de inocentes.

Pancarta esta verdad os hará libres

Había olvidado las veces que, en la puerta de mi casa, atendía a los evangelizadores de los testigos de Jehová y otras sectas y les intentaba hacer ver que lo impreso no es es sinónimo de lo verdadero; y que su biblia podía ser un gran libro sin necesidad de encerrar una verdad absoluta. Mis esfuerzos ateístas estoy seguro que nunca calaban. Lo mismo sucede con la verdad en la red.

Las claves del populismo
Hace años, un historiador argentino me explicó cómo era posible que en su país hubiera sindicatos de ultraizquierda apellidados peronistas y partidos conservadores con la misma etiqueta: “el populismo le dice a cada uno lo que quiere oír”. Su esquema de pensamiento se basa en supuestas verdades de fácil comprensión, en la imposición de las culpas sobre terceros y en una constante huída hacia delante para que la realidad no te alcance. O, al menos, tarde mucho en alcanzarte. Hoy Internet multiplica el eco de estos mensajes. Nuestro espíritu crítico se diluye ante el audio de WhatsApp que te ha mandado tu hermano en el que una supuesta enfermera habla de un trato de favor hacia los inmigrantes. Te lo ha mandado tu hermano, y lo cuenta una enfermera que lo está viviendo, doble refuerzo de veracidad. Y te indignas porque tú lo estás pasando mal y nadie te ayuda a pesar de haber pagado tus impuestos desde que comenzaste a cobrar tu primera nómina. Y lo redifundes para que los que están en tu círculo (y que opinan como tú que todo se está yendo a la mierda) sean partícipes de tu indignación. 

El populismo está avanzando por las sociedades democráticas supuestamente más avanzadas. Ha permitido que un irresponsable como Trump haya presidido Estados Unidos, ha llevado a Gran Bretaña pegarse el tiro en el pie con el brexit y, por doquier, ha promovido el surgimiento de movimientos cuya base es plantear un relato alternativo de la realidad: terraplanismo, Qanon, yijadismo. Y en España tenemos algunos ejemplos muy claros: los movimientos nacionalistas extremos como Vox o el Junts de Puigdemont, o los de izquierda poscomunistas como Podemos y sus confluencias. Todos ellos simplifican el problema y señalan un culpable al que asignan el papel del malvado: los inmigrantes y los nacionalismos periféricos, España y los españoles, los ricos y el IBEX 35. Y todos ellos tienen soluciones sencillas y “obvias”: España para los españoles; Cataluña para los catalanes, o que los ricos paguen la factura.

El mundo se enfrenta cada vez con más frecuencia a crisis globales, crisis que no solo son económicas, que son también sociales y medioambientales. Crisis con las que no estamos familiarizados y que generan el miedo al futuro en las sociedades. Y ese miedo, esa incertidumbre, es la que se convierte en caldo de cultivo ideal para el crecimiento de los movimientos populistas. No deberíamos menospreciarlos. Harari defiende que nuestra capacidad para inventar conceptos abstractos es la que nos ha permitido avanzar. Esos inventos van desde la organización social a las religiones, pasando por las propias naciones (un concepto relativamente moderno, por cierto, y no extrapolable a la Edad Media). No deberíamos menospreciar la influencia de las ideas, por falsas que sean. Pensemos que lo que hay detrás de un terrorista suicida es precisamente una idea: sencilla, peligrosa y mortal.

Una difícil defensa
La democracia debe poder defenderse de esos relatos falsos. Pero los propios principios de la misma chocan con esa defensa. ¿Hasta qué punto podemos restringir el derecho de alguien a creer en una idea, por falsa que nos parezca a los demás? No podemos coartar la libertad de expresión y mucho menos la de pensamiento. La única forma verdaderamente democrática de hacerlo es mediante el fortalecimiento de la capacidad crítica de los ciudadanos. Y eso solo se consigue a través de la educación, una educación lo menos sectaria posible. Hoy ni siquiera podemos contar con el cuarto poder para balancear la realidad porque los otrora poderosos medios de comunicación o bien se han pasado al pernicioso juego de las medias verdades para pagar las facturas de su propia crisis de modelo o bien se acercan peligrosamente al precipicio de la nanidad. 

La vacuna del coronavirus ha sembrado la semilla de la esperanza en nuestras sociedades, pero luego echas un vistazo a los informativos y ves turbas de imbéciles poniendo en juego su vida y la de sus familiares por un baile o una copa; o negando la propia existencia de la pandemia (debe ser que la gente se muere por gusto). O entras en twitter y otras redes sociales y te encuentras con mensajes llenos de insultos y expresiones de odio: ñordos, catalufos, fascistas, asesinos...

Llevo años manteniendo que estamos ante una crisis de modelo, como lo fue la revolución industrial en su momento; que el poder transformador de Internet está destruyendo sectores enteros y está haciendo surgir otros nuevos y que está poniendo en solfa los cimientos de nuestro contrato social. Antes pensaba que el cambio sería para bien. Hoy no lo tengo tan claro, porque en un mundo en el que la verdad es solo una mentira impostada, el populismo lo tiene muy fácil para campar a sus anchas. Y el populismo es el final de la democracia.

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