Consecuencias del aumento de los costes agrarios

Hace unos días me invitaron desde Syngenta a participar en una jornada para productores de melón y sandía en Torrepacheco, Murcia. La idea era que les contara un poco la situación actual de crecimiento de los costes de producción desde una perspectiva macroeconómica. Estructuré la charla contándoles qué había estado pasando en los últimos años, mostrándoles cómo poco a poco los ingresos de los agricultores han ido dependiendo más del mercado y menos de las subvenciones. También cómo los insumos intermedios y la inversión en recursos biológicos (variedades desarrolladas por las casas de semillas o de genética animal) han estado creciendo tendencialmente con el paso de los años. En suma, les conté cómo la agricultura y ganadería españolas han ido convirtiéndose en unos sectores más dependientes de las decisiones de los consumidores y más insertos en las cadenas de suministro global, a la par que han debido profesionalizarse más y más.

Tras el Gran Confinamiento

Luego les conté lo que ha venido pasando en los últimos meses, tras la salida del Gran Confinamiento –no me atrevo a hablar de pospandemia porque no creo que esta haya terminado aún–. Les mostré el fuerte crecimiento de los fletes del transporte marítimo –y no marítimo–, impulsados al alza por una combinación de factores que van desde el fuerte repunte de la demanda tras el encierro, la incapacidad de la oferta para hacer frente a ese crecimiento, la afectación en los puertos de las medidas anticovid, o de los brotes entre sus empleados, el colapso de las infraestructuras portuarias y un comportamiento especulativo de algunos de los agentes de la cadena logística mundial.

Índice del precio de los contenedores

Esta cuestión, a su vez, ha contribuido de forma directa al incremento del precio de las materias primas a nivel mundial, y especialmente al de las materias energéticas, con el gas natural a la cabeza. El caso del gas es especialmente sensible en Europa, ya que muchos de los países del continente han volcado sus sistemas de producción de electricidad en este combustible ya que genera menos emisiones de CO2 que el carbón, y se pensó que podía ser el elemento perfecto para realizar la transición energética hacia una Europa descarbonizada. El problema es que dependemos de proveedores que, desde el punto de vista geopolítico, son conflictivos. Por el este y norte nos llega el gas de Rusia, quién utiliza los gasoductos como herramienta de presión sobre Ucrania y la propia UE. Y por el sur quién nos suministra es Argelia, vía directa por Almería o vía indirecta por Marruecos y el estrecho de Gibraltar. Como resultado de su conflicto con este último país, Argelia ha dejado de bombear por el gasoducto del estrecho, reduciendo el suministro a España y encareciéndolo ya que el déficit de envíos solo se puede compensar a través de buques gasísticos.

Índice de precio de las materias primas totales y energéticas
Fuente: FMI

Entre las materias primas que se encarecen, por supuesto, están también las utilizadas por la agricultura, y muy concretamente los fertilizantes, que se han situado solo un poco por debajo de los incrementos de las materias energéticas, impulsando indirectamente también los precios internacionales de los alimentos, aunque en menor medida que en el caso de los costes. Es muy llamativa la simple comparación de la marcha de los índices general, de los fertilizantes y de los alimentos.


Índice de precios de las materias primas totales y de los fertilizantes
Fuente: FMI


Índice de precios de las materias primas totales y de los alimentos
Fuente: FMI

En el caso español, con los datos disponibles sobre los últimos meses, se ve que los precios percibidos por los agricultores también han comenzado a crecer, pero como en el caso internacional, lo están haciendo sistemáticamente por debajo de los costes corrientes de las explotaciones, al menos desde el mes de noviembre de 2020. 



Fuente: MAPA

Los precios percibidos por los agricultores también han comenzado a crecer pero lo están haciendo sistemáticamente por debajo de los costes corrientes de las explotaciones.

Consecuencias a largo plazo

Lo que no pude desarrollar por tiempo fue cuáles pueden ser las consecuencias a largo plazo de esta situación. Lo que sigue es un modesto intento de ello, siendo consciente de que el grado de certeza no es demasiado alto, al entrar en juego numerosas variables, siendo la más relevante las propias decisiones de política que se tomen en los próximos meses, y que podrían transformar sustancialmente las reglas del juego.

La primera de las consecuencias es el aumento de los precios de consumo. Creo que es inevitable, el fuerte crecimiento de los costes a lo largo y ancho de la cadena de valor de los alimentos va a terminar repercutiendo en el bolsillo de los consumidores. Otra cosa es en qué medida se va a trasladar la totalidad del coste. Y, casi tan relevante como lo anterior, es el cómo se va a distribuir la remuneración adicional a lo largo de los diferentes eslabones.

Evolución del IPC general y de los alimentos
Fuente: INE

No es una novedad que el poder en la cadena está bastante desequilibrado en favor del último eslabón, el que se relaciona directamente con el consumidor final. Así que presumo que, por desgracia para los agricultores, ganaderos y pescadores, sus incrementos de costes no se van a ver compensados al 100 %, y las subidas de precios percibidos serán diferidos en el tiempo todo lo que sea posible por parte de las cadenas minoristas, que se encuentran sumidas en una intensa competencia por el favor del consumidor. Y en esa «batalla», el precio es la principal arma.

Derivada de esta consecuencia, llega otra directamente relacionada. Las explotaciones sin pulmón financiero o que se encuentren muy al límite de su rentabilidad van a sufrir mucho, y algunas terminarán desapareciendo. Más, cuanto más dure la situación de costes desbordados. Es este un proceso que lleva años sucediendo ya en la agricultura europea y española, por el que se alimenta el crecimiento de la dimensión media de las explotaciones que sobreviven y con ella también la concentración. La contrapartida de una agricultura más ligada al mercado, es una agricultura sometida a las presiones competitivas de esos mercados que, tal y como están configurados, incentivan el aumento de dimensión y la mayor intensidad de capital para mantenerse (a este respecto y a lo que esquizofrénico que esto supone entre la agricultura que decimos desear y la que estamos creando, escribí esto aquí).

¿Hay alguna otra solución posible a este dilema? Claro que sí. Podría producirse, por ejemplo, un aumento de la coordinación de los agentes a lo largo de una determinada cadena de valor, fomentando lo que se ha denominado competencia entre cadenas, más que entre empresas. Pero eso implicaría una cesión voluntaria de su poder de mercado por parte de las cadenas minoristas y desde el punto de vista del resto de los agentes un compromiso de venta a largo plazo con reglas estables y predecibles a lo largo de la campaña. Tal vez las presiones actuales puedan servir para alumbrar alguna relación de esta naturaleza.

En algunos lugares he leído referencias a la escasez en los mercados. Sinceramente, no creo que lleguemos a esto, al menos no en la Europa continental. El encarecimiento de los alimentos obviamente va a impactar más en las capas de menores ingresos de nuestras sociedades avanzadas, agravando unas diferencias que ya la pandemia está contribuyendo a crear.

En otros lugares del mundo no es descartable que se produzcan situaciones como las que se vivieron en 2007 y 2008 cuando el encarecimiento de los precios de los alimentos generó tensión social, aumento del hambre y de las desigualdades extremas en las sociedades más vulnerables. Y esta es una consecuencia muy peligrosa, no solo porque es esencialmente injusta y puede alimentar conflictos que deriven en guerras, sino porque pueden incentivar los desplazamientos de personas hacia los países más desarrollados, agravando una situación ya de por sí muy tensa en las fronteras del mundo rico, donde los discursos populistas triunfan hoy casi al mismo nivel que lo hicieron en los años 30 del pasado siglo.

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