El trilema agrario de la Unión Europea

Es posible que a estas alturas ya habrán oído hablar o leído sobre el «trilema» de Dani Rodrik en torno a las sociedades y la globalización o, más recientemente, sobre el de Israel. Un «trilema», término inventado por el propio Rodrik, es un conjunto de tres factores que solo se pueden dar en parejas, siendo imposible que los tres se presenten a la vez. Por ejemplo, el que Rodrik plantea en su libro La paradoja de la globalización que es imposible que las sociedades logren ser a la vez democráticas, mantener su soberanía nacional y estar sujetas a una globalización extrema. Solo pueden lograr dos de esos objetivos a la vez.

Un «trilema» es un conjunto de tres factores que solo se pueden dar en parejas


El de Israel plantea que el país no puede ser a la vez una democracia liberal, un estado judío y tener soberanía sobre el conjunto de Palestina. Si elige ser un estado judío y una democracia, estará dejando fuera a la mayoría árabe de Palestina por lo que no podrá tener la soberanía completa del territorio. Si opta por la dupla democracia y soberanía territorial, no podrá ser un estado judío, ya que una mayoría de sus habitantes no profesarán esa religión. Y la alternativa estado judío y control del territorio supone sojuzgar a los palestinos, lo que es incompatible con ser una democracia completa.

La PAC y las señales

En el ámbito de la PAC y a tenor de las señales que se emiten desde Bruselas, me da la impresión de que la Unión Europea ha dado origen a su propio «trilema» agrario. Entre los objetivos originarios de la política agraria común (PAC), cuando la Unión aún solo era el Mercado Común Europeo, estaban el de lograr una renta justa para los agricultores y el de mantener unos precios asequibles para los consumidores. La PAC se organizó para establecer un mecanismo de interfase entre los precios pagados por los consumidores y las rentas obtenidas por los agricultores. Los precios de referencia y retirada actuaban garantizando unos ingresos dignos a los agricultores, pero independientes en gran medida de los movimientos del mercado. Los efectos perniciosos generados por este sistema en forma de gigantescos excedentes y de un presupuesto creciente, provocaron un primer cambio en el signo de la política. En paralelo, los compromisos multilaterales alcanzados en materia de liberalización de mercados agrarios, obligaron a desmontar esa interfase de forma que, actualmente, las rentas de los agricultores europeos están mucho más vinculados al mercado que en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado. El gran perdedor de esta fase fue el principio de la «preferencia comunitaria», que quedó orillado en un cajón de la historia.

El gran perdedor de esta fase fue el principio de la «preferencia comunitaria», que quedó orillado en un cajón de la historia

Con el cambio de siglo, además, se ha sumado un nuevo objetivo, el de lograr una agricultura mucho más sostenible, en línea con las políticas generales de la Unión, decididas a culminar la descarbonización de nuestras economías para 2050 promoviendo toda una cultura de la sostenibilidad, que en agricultura y ganadería se materializa en reducciones continuas de las materias activas, objetivos de reducción de uso de los fitosanitarios y abonos de síntesis, de restauración de los suelos y de mejora y respeto del bienestar animal. De ahí el Pacto Verde, la estrategia de la granja a la mesa, la preocupación por la renaturalización de los espacios rurales y las normativas de bienestar animal.

La desruralización de la sociedad europea y una sensibilidad medioambiental muy acentuada de las estas mismas sociedades, junto con las consecuencias cada vez más evidentes del cambio climático, nos abocan a ello.

Pero, en cierta forma, con esta tendencia, la Unión se ha creado un «trilema agrario», definido por la imposibilidad de lograr a la vez un salto importante en la sostenibilidad y renaturalización agraria, el mantenimiento de una apertura comercial que garantice precios asequibles a los consumidores y la garantía de unas rentas dignas para los agricultores.



Si optamos por el salto en sostenibilidad y la apertura de mercados para garantizar los precios asequibles, estaremos no ya limitando la renta de los agricultores, sino el número mismo de ellos, ya que muchas explotaciones sucumbirían frente a competidores externos no sometidos a las mismas reglas que las de los mercados europeos. Si la opción es precios asequibles y rentas suficientes para los productores tendrá que ser a costa de perder velocidad en el proceso hacia una mayor sostenibilidad, acompasándola a la del conjunto del mundo, para evitar que los agricultores europeos pierdan competitividad por esta vía. Finalmente, si optamos por el salto en la sostenibilidad y garantizar una renta suficiente a los agricultores, probablemente tengamos que reedificar las barreras comerciales (en tiempos de desglobalización aumentan las probabilidades de esta solución), generando unos precios para los consumidores europeos superiores a los de los mercados internacionales.

El lector ya habrá elegido su combinación favorita e intuyo que muchos de ustedes se habrán inclinado por la última; no en vano uno de los vectores que impulsa esta nueva fase de desglobalización es la seguridad de los suministros (herencia directa de la pandemia de covid-19). Además, teniendo en cuenta el crecimiento de las opciones políticas ultranacionalistas en el conjunto de la Unión, la solución del «trilema» parece decantarse por esta vía.

Otros escenarios

Sin embargo, no les voy a mentir, habría otros escenarios posibles, aunque menos probables en el corto plazo, para obtener los tres resultados a la vez. Por ejemplo, un avance radical en los métodos de producción agraria a todos los niveles que permitiera a los agricultores europeos dar el salto verde sin perder competitividad con respecto a los sistemas menos respetosos con el medioambiente de sus competidores. O que el mundo en su conjunto se pusiera de acuerdo en asumir un mismo o similar calendario de descarbonización y renaturalización de los sistemas agrarios.

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